La duda

26 06 2008

-How far are you goin’? -Ruby asked us with a sigh -We’re goin’ all the way, ’til the wheels fall off and burn [...] -Ruby just smiled and said: -You know, some babies never learn.

-”¿Cómo de lejos pensáis ir? -preguntó Ruby supirando -Iremos sin destino, hasta que las ruedas se caigan a cachos y ardan [...] - Ruby sonrió y dijo: -Ya sabéis, algunas criaturas nunca aprenden.”

Bob Dylan, ‘New Danville Girl’ (Empire Burlesque outtake, 1985)

Las cosas han dejado de tener sentido. No hay absolutamente nada que pueda desviarnos de nuestro objetivo. Bobby toca cerca de tu ciudad. Suena el clamor de las hordas dylanianas dispuestas a invadir la carretera. Los coches están jodidos. Faros rotos, radios rotas, ruedas rotas, aires rotos, everything is broken, pero da igual. El gasoleo por las nubes, they say low wages are reality, y el asfalto echa humo negro. Dicen que peligra el ecosistema de Gredos porque el autobús de Dylan no funciona con energías alternativas. Tengo que aprender a disfrutar de las cosas: voy a tres conciertos y ya estoy ansioso porque no voy a más, es decir, coloco mi cabeza en un futurible en el que tres sesiones de arte imperecedero han quedado ya exhaustas, y no percibo que lo que tengo ante mi son tres gestas. Ya hemos escuchado los bolos que han quedado detrás, ¡oh, Bergamo! No sé si es el show que más me gusta o es el que suena mejor. Ya no distingo si la calidad de una actuación de Dylan conviene a un sonido ajustado y malicioso o a la inspiración de Bob aunque el bajo suene cavernoso y los matices de la bola se pierdan en las profundidades de un polideportivo. Tenemos mucha suerte, estamos de nuevo en la carretera, con un agujero en el estómago, pero lo malo es que una carretera tan asequible le quita erótica al asunto: no se disfruta un show de Dylan igual en Cuenca que en Roma; te traes a tu contexto a Dylan y no es lo mismo que si tú te metes en un contexto ajeno, donde brilla el carruaje de la NET en pleno apogeo de un viaje iniciático. Pero con Dylan, Cuenca se transforma en el Monument Valley, Gredos es Innisfree, Jerez es la dulce California, helada bajo el sol. La duda, la gran duda, es si con tres shows me quedaré satisfecho. Una duda retórica, porque tú y yo sabemos que la respuesta es negativa. Amigos de la carretera vienen desde el norte, o desde Gratianopolis, o desde lejanos promontorios, o desde San Blas, o siguen las huellas que siempre señalan al sur, nos topamos con todos los guiris que siempre están, intrépidos tapers, cartelones pidiendo tickets para el próximo show, borrachos, groupies en celo; hay que estar a lo que se está, a la NET, como dice Otto Von Sodom, y nos topamos con la gente del lugar que no sabe que su ciudad ha cambiado porque la NET ha llegado hasta allí, y así esa urbe empieza a ser patrimonio de una forma de entender la vida que reside en una razonable irracionalidad. Absurdas pero necesarias carreras por llegar a la valla el primero, abrazos de camaradas que sólo ves de gira en gira, apuestas por avanzar puestos en The Never Ending Pool. Nada más importa. No hay mundo alrededor. Ya puede explotar el corazón, my body is tense, tengo una gran duda. ¿Tendré bastante con tres shows? Sabes que no, pero la NET nunca se detiene, sigue caminando, dándote dulce y amargor, como el amor de Afrodita. Al fin y al cabo, lo único que sabemos seguro sobre Henry Porter, es que su nombre no era Henry Porter.

P.S. Aunque el texto que encabeza esta pequeña reflexión es idéntico a la de la posterior y oficial ‘Brownsville Girl’, mi cabeza estaba en New Danville…

‘New Danville Girl’





El señor “Poqué”

20 06 2008

Alberto Savinio (1891-1952) era el seudónimo bajo el que se escondía el verdadero nombre de Andrea Francesco Alberto de Chirico, hermano del famoso pintor italiano Giorgio di Chirico (aunque nacidos ambos en Grecia, en Volos). Fue un hombre intrépido intelectualmente, comprometido con la vanguardia, pintor como su hermano, músico y escritor. Gracias a un buen amigo, Pepe Ruiz, he tenido la oportunidad de conocer en la pluma de Savinio uno de los textos más hermosos que he leido en los últimos tiempos, Tragedia dell’infanzia, una semblanza de recuerdos articulados por la memoria trágica de un autor poco conocido en España, muy poco traducido, pero digno de ser reivindicado. Para animaros a buscar por ahí el cálamo de Chirico, me he decidido a hacer una tentativa de traducción de uno de los capítulos más cautivadores, “Il Signor <<Peché>>”, de la edición que manejo (Einaudi 1991).

“Felizmente los obstaculos se apartaron del camino de mi destino. Por esta vez, la terrible Vieja [la Muerte, N. del T.] no se detuvo. El ruido de sus pasos se alejó en la noche.

Una mañana el sol dió de lleno sobre mi catrecillo, en su rayo millares de personajillos venían a darme los buenos días. Relucía la pulpa del limón cortado por la mitad, brillaban los frasquitos ordenados sobre la mesita de noche. En la cuchara de plata, las gotas que habían quedado del jarabe se habían vuelto rubí.

¿Así se hacen los milagros?

Yo sabía lo que ningún otro podía saber, veía aquello que ningún otro conseguía ver. La luz que de mis ojos y de mi corazón había deshecho la oscuridad, no venía del sol sino del rostro de mi buena mamá, donde la sonrisa, al igual que la estrella emerge de la nube, había vuelto a brillar.

Aquella sonrisa yo la acogía con gratitud, pero de buscar la secreta causa que la había hecho volver a florecer, me cuidaba bien. Las dolorosas pruebas soportadas poco antes me habían enseñado que el más dulce bien de la existencia debe ser aceptado incondicionalmente y sin examen, y que desvelando las causas recónditas de mi reconquistada felicidad, me arriesgaba a estropearla de cualquier forma y a precipitarla nuevamente en los terroríficos peligros de los que me había librado de milagro.

Mamá me suministraba la limonada, el vino tónico, las bebidas comúnmente de fácil ingesta, pero era incapaz de vencer la resistencia que yo oponía al calomenano [cloruro de mercurio utilizado como laxante y antiséptico, N. del T.]. La hora del calomelano, la más fea del día, era la única huella del pasado oscuro que el retorno de la luz no había conseguido disipar.

Al acercarse la detestable cucharilla de hueso rompía en chillidos estridentes, me arrojaba hacia la pared, y en un desesperado intento de salvación me metía en el fondo de la cama “haciéndome el buzo”.

Como para reducirme por la fuerza hacía falta una mano de hierro, mamá deponía las armas y dejaba su lugar a papá.

Éste entraba desfilando desde el fondo de la habitación, con el lento avance solemne de una fuerza segura de sí y que nada puede detener. Metido en fragua con aquel poderoso hombre, cada intento de resistir resultaba vano.

Aunque las operaciones que cumplíamos a despecho no merecían premio, la ingesta del calomelano me era compensada con un gajo de naranja, y en la fragancia del fruto divino mi rabia se deshacía.

El aroma del fruto dorado -aquel mismo que las Hespérides guardaban en el mágico jardín que florecía en los confines de Occidente, y de donde ha quedado entre algunas gentes mediterráneas el nombrar la naranja con el nombre de Portugal [las Hespérides guardaban manzanas de oro, es decir, ese es el mítico origen de la naranja, que sería esa manzana dorada, y así Savinio utiliza el mito para explicar el nombre griego de la naranja, portokali, porque muchos ubicaban el jardín de las Hespérides en Madeira, N. del T.]- suscitaba imágenes de jardines en forma de corona alrededor de golfos tranquilos, donde el disco del mar, parecido al ojo de una diosa, resplandece a la luz del mediodía.

El olor de las naranjas hoy no consigo disociarlo de horrendas visiones de tumbas destapadas, de humeantes amasijos de muertos, de cadáveres putrefactos. Pero que la prudente naturaleza, compadeciéndose de nosotros y el trágico destino de nuestra vida, oculta bajo aromas el acre hedor que emanan sus poros, ésta es una verdad que en aquel tiempo no sospechaba de ninguna manera.

De todas formas el gajo de naranja no era un remedio para calmar mis dudas.

Cuando todo había cambiado, ¿por qué tenían que obligarme todavía a tragar aquel brebaje amarguísimo?

-Porque el calomelano-respodía mi padre- limpia las tripas de los niños.

-¿Po qué?

-Porque en el calomelano no hay erre ni ese.

-¿Po qué?

-Porque el farmacéutico no las ha puesto.

-¿Po qué?

-Para que los niños lo puedan beber sin revolverse.

-¿Po qué?

Papá hinchaba los carrillos, arqueaba el sobrecejo, echaba fuera todo el aire que tenía en el cuerpo.

-¡Acabemos! Demasiadas cosas quiere saber el senor Poqué.

Las maneras bruscas son una treta demasiado evidente. Si seguía insistiendo: -¿Poqué?¿Poqué?- mi padre quedándose claramente sin argumentos, intentaba salirse con la suya haciéndome cosquillas en los sobaquillos.

¡Escapatorias!

Mientras mi padre aparentaba no pensar en los feroces sentimientos que me daban brincos dentro, bien porque los consideraba indignos de atención, bien porque también él, como tantos padres, no sospechaba qué clase de impacable juez tenía él dentro de su propio hijo, yo, apretando la mandíbula contra el pecho para aliviar las tormentosas convulsiones de la risa, masticaba veneno pasándolas canutas siendo además motivo de diversión de aquel poderoso hombre, pero forzado por sus manos a una hilaridad obligada y humillante.

Así fue como me gané el sobrenombre de Señor Poqué. El cual tal vez me conviene aún. Pero mientras en aquellos lejanos y crédulos tiempos yo me enfadaba, pataleaba, y me consideraba víctima de la fiera injusticia de los mayores si a una pregunta no le seguía presta y persuasiva la respuesta, hoy, estoy acostumbrado a la injusticia no ya de los hombres sino de los mismos dioses que inefablemente nos gobiernan, me he resignado al inviolable silencio en el que están varados mis “por qué”.

Mientras revisito en compañía de la pia Mnemosine las huellas de aquello que fui, y rotos los anclajes del presente navego los fabulosos mares de la infancia, un cruel geniecillo tal vez se complace rompiendo mi conmovedora ilusión.

Huye el pasado atemorizado por la luz.

¿Soy yo todavía aquel mismo Señor Poqué?

Resurjo de un sueño sobrehumano: un sueño vergonzante.

Mi desesperada curiosidad pide socorro al espejo.

Junto a mi imagen me topo con aquel pequeño fantasma de mí mismo y le grito:

-Tus apariciones son vanas, señor Poqué. Ya no nos parecemos en nada. Debemos separarnos.

Entonces, asustado y de mala gana, desciende lentamente no sé si en el oscuro fondo de mí o en los brillantes abismos del espejo, y deja libre de él mi imagen, en la desolada realidad del presente.

Hoy, padre, no te agobiaría más con mis “por qué”. Tranquilos y en silencio, gozaríamos la paz de la calma curiosidad, de los deseos apagados.

¿Por qué no vuelves entonces?”

Alberto Savinio, Tragedia dell’infanzia, Einaudi pp.10-14

Para los padres que soportan impacientes las preguntas, para Juan Oliván y para Rafael Curado… y para Julio Megía después de una larga sesión de “¿Po qué?”





Leonard Cohen está en Europa

14 06 2008

¿Y qué más nos importa? El reloj juega a nuestro favor, día tras día vamos descontando las horas. Dublin primera parada. Residencia de tres días. ¡Pero si a los dublineses sólo les gusta la Guinness!

Holy Heart, Newfoundland, Canada





Viejas corrientes escondidas

8 06 2008

Durante toda mi vida cinéfila, muchos amigos me han reprochado a menudo mi preferencia esquiva por el cine, digamos, “clásico”, en detrimento de las recientes novedades de aporte contemporáneo. Obviamente, eso no es exacto, pero sí es cada vez más cierto que las mayores aportaciones que mis placeres cotidianos me brindan suelen venir de allende los tiempos, si no en la edad, sí en la propia escritura o manera de formular las propuestas. Así, la película que más me ha conmovido de edad reciente, es de factura clásica dentro de su aparentemente intrincado curso narrativo: Antes que el diablo sepa que has muerto, de Sidney Lumet, que no por casualidad es el director de Doce hombres sin piedad (1957), una aparente antítesis de ésta en la forma, pero de esencia completamente equivalente: hombres abocados a una lucha infernal entre la rectitud moral y la naturaleza perversa del ser humano, teñida siempre de los mismos elementos: ombliguismo, crueldad, avaricia y afán de inmortalidad.

Porque el cine de “corte clásico” todavía es capaz de ofrecerte recompensas. Existen muchas películas que visitar, no menos que revisitar. En una relectura de El hombre de Laramie (Mann, 1955), por ejemplo, es posible encontrar nuevos caminos, todavía escondidos antes y tal vez luego. El cine actual, igual que la música, igual que la literatura, sufre la propia enfermedad de una modernidad agazapada en la inmediatez. El triunfo de una película es ser vista. La revisión es un concepto que no entra en los canones del consumo audiovisual actual. Así está la cosa.

El pasado sábado decidí dedicar el ocaso a ver una película de la que jamás había oído hablar. De 1946 y reparto de canónico star system: Katharine Hepburn, Robert Taylor y Robert Mitchum. Dirige Mr. Vincent Minnelli. Me la topé en una visita a la biblioteca del Alcázar de Toledo, ese extraño reducto de estímulo al por mayor (por cierto, aproveché para ofrecer a sus fondos un montón de películas en VHS originales que tengo muertas de risa, duplicadas en DVD y ocupándome espacio en casa y, lo que son las cosas, me dijeron que no estaban interesados en el viejo y deteriorado VHS. Sic transit…). El caso es que me atrajo la carátula, con su advertencia de que no revelara el sorprendente final de la película que, a todo esto, se llama Corrientes ocultas, Undercurrent en original. Se trata de un melodrama pero con ribetes psicológicos, al final más un film noir de pura cepa que lo otro. Es como tener a la Hepburn haciendo Luz que agoniza (Cukor, 1944) -película que es referente de ésta, evidentemente, al igual que Sospecha de Hitchcock (1941): para muchos no pasará Undercurrent de ser un pastiche de ellas, porque en cierto sentido, exlota un filón exitoso, obviamente sin la misma fortuna. He intentado hacer memoria, y no recuerdo a Kate Hepburn en un papel semejante. Nunca hizo, claro, de femme fatale, à la Stanwyck de Perdición (Wilder, 1944) pero, más aún, creo que nunca sufrió tormentos hitchcocknianos como a los que aquí se ve abocada (si alguno cae en la cuenta, que me lo haga saber en los comentarios, por favor Carlitos). Si a eso le añadimos un Taylor que arranca haciendo de galán prototípico como de costumbre, pero que después termina con más sombras que el tío Charlie de La sombra de una duda (Hitchcock, 1943), y un Mitchum que hace todo lo contrario de lo que esperas que haga Robert Mitchum, te encuentras con un atípico cocktail de perturbación del canon. Nada es en esta película lo que parece. Su arranque podría ser el principio de cualquier película típica de Katharine Hepburn, de alegre comedia burguesa, al estilo de las obras maestras de LaCava, Stevens o Cukor, pero rapidamente, Minnelli te conduce a caminos inéditos en su concepción del cine, consiguiendo una violencia estremecedora que no es posible, ni de lejos, encontrar en una sola secuencia del cine “de hoy”. El tema recuerda un poco al de ese engendro que hizo Zemeckis con el Doctor Jones y la Pfeiffer, Lo que la verdad esconde (2000), y es precisamente en ese contraste entre dos tiempos rotos e incapaces de generar sentido de continuidad, de donde uno concluye que prefiere volver la mirada, seguir ahondando en el baul del acervo de largo tiempo y recorrido, y no querer sacar oro de un sitio donde no puede haberlo, porque las minas de las Medulas hace tiempo que se quedaron secas.

Katharine Hepburn en la memoria (autor, aLyssamarieee24)





Las simplicidades del placer

24 05 2008

En el año 2001, Leonard Cohen publicó Ten New Songs, su primer disco de canciones nuevas desde The Future (1992). Al contrario que su decepcionante sucesor, el extravagante Dear Heather, el laconismo en las formas de Ten New Songs, apenas adornadas por las voces de Sharon Robinson (productor además, y coautor de las canciones del disco) y un exquisito uso de músicas programadas, escondía una colección de textos y canciones que todavía hoy son capaces de hacerte viajar a la estratosfera. Dos temas, sobre todo, sobresalían en el conjunto: el inicial ‘In My Secret Life’, que está interpretando Cohen como eje central en los conciertos iniciales de su ansiado retorno a los escenarios, y ‘Alexandra Leaving’. Esta canción es esa clase de canción que yo no llamaría “canción”. Es una epifanía. Cuando escuchas su melodía, la voz susurrante de un Cohen insertado en los canones de la nicotina más dulce, pronunciando cada palabra con clarividencia poética, entiendes que todo es superfluo, que el mundo se gesta de abandono, de dolor y pérdida, y que no merece la pena seguir hundiéndose en lo banal.

Sin embargo, el texto de esta canción, tan misterioso, no es genuina obra de Cohen. ¿Quién es Alexandra? ¿A quién abandona? La explicación se encuentra en las palabras de un poeta trascendental, reverenciado por el canadiense, reverenciado por la musa: Constantine P. Cavafis. Alexandra es su natal Alejandría, ciudad epicentro de un universo común, la koiné cultural de oriente y occidente. El lugar donde Alejandro el hijo de Filipo determinó que el mundo debía postrarse a la superioridad de la tradición griega, y el lugar donde los cuerpos de Marco Antonio y Cleopatra se solidificaron para alimento de los murmullos de la posteridad. Este es el poema en versión castellana:

El dios abandona a Antonio

Cuando de pronto, a medianoche, se oiga
un cortejo invisible que circula
con músicas excelsas, con clamores -
de tu destino que se entrega, de tus obras
que fracasaron, de los proyectos de tu vida
que tan mal te salieron, no te lamentes en vano.
Como dispuesto desde ha tiempo, como un valiente,
dile adiós a ella, a la Alejandría que se va.
Y sobre todo no te engañes, no digas
que fue un sueño, que fue error de tu oído;
nunca aceptes tan vanas esperanzas.
Como dispuesto desde ha tiempo, como un valiente,
como te va a ti que de una ciudad tal has sido digno,
acércate con entereza a la ventana
y oye con emoción, pero no
con súplicas y quejas de cobarde,
como un último goce los acordes,
los excelsos instrumentos del misterioso cortejo
y dile adiós a ella, a la Alejandría que tú pierdes.

Versión de Ramón Irigoyen

Cavafis habla a Antonio. Baco, Dioniso, Liber, Iaco, ¡Evohe!, ese dios rampante que identificó el vencedor de Filipos con su propia persona, era su guardián. Abandonado por su protección, mientras las naves victoriosas de Octaviano César y Marco Vipsanio Agripa enarbolan el estandarte del luminoso Apolo, mientras el mar de Accio se tiñe de roja sangre egipcia y romana. Cohen convirtió a Alejandría en mujer. El texto que pudo leer, en versión inglesa, pudo ser éste:

The god forsakes Antony

When suddenly, at midnight, you hear
an invisible procession going by
with exquisite music, voices,
don’t mourn your luck that’s failing now,
work gone wrong, your plans
all proving deceptive—don’t mourn them uselessly.
As one long prepared, and graced with courage,
say goodbye to her, the Alexandria that is leaving.
Above all, don’t fool yourself, don’t say
it was a dream, your ears deceived you:
don’t degrade yourself with empty hopes like these.
As one long prepared, and graced with courage,
as is right for you who were given this kind of city,
go firmly to the window
and listen with deep emotion, but not
with the whining, the pleas of a coward;
listen—your final delectation—to the voices,
to the exquisite music of that strange procession,
and say goodbye to her, to the Alexandria you are losing.

Translated by Edmund Keeley and Philip Sherrard

Y ésta es la canción de Leonard Cohen:

Suddenly the night has grown colder.
The god of love preparing to depart.
Alexandra hoisted on his shoulder,
They slip between the sentries of the heart.

Upheld by the simplicities of pleasure,
They gain the light, they formlessly entwine;
And radiant beyond your widest measure
They fall among the voices and the wine.

It’s not a trick, your senses all deceiving,
A fitful dream, the morning will exhaust –
Say goodbye to Alexandra leaving.
Then say goodbye to Alexandra lost.

Even though she sleeps upon your satin;
Even though she wakes you with a kiss.
Do not say the moment was imagined;
Do not stoop to strategies like this.

As someone long prepared for this to happen,
Go firmly to the window. Drink it in.
Exquisite music. Alexandra laughing.
Your firm commitments tangible again.

And you who had the honor of her evening,
And by the honor had your own restored –
Say goodbye to Alexandra leaving;
Alexandra leaving with her lord.

Even though she sleeps upon your satin;
Even though she wakes you with a kiss.
Do not say the moment was imagined;
Do not stoop to strategies like this.

As someone long prepared for the occasion;
In full command of every plan you wrecked –
Do not choose a coward’s explanation
that hides behind the cause and the effect.

And you who were bewildered by a meaning;
Whose code was broken, crucifix uncrossed –
Say goodbye to Alexandra leaving.
Then say goodbye to Alexandra lost.

Say goodbye to Alexandra leaving.
Then say goodbye to Alexandra lost.

Tomando la musicalidad de los versos de Cavafis, así como elementos comunes (suddenly, exquisite music, dream, go firmly to the window), Cohen los despoja de su valor histórico (incluso introduce una anacronía: crucifix uncrossed, “un crucifijo sin cruz”, paradoja de un código roto), los desnuda de sus connotaciones sobre la decadencia de un hombre que ha podido ser el dueño del mundo pero que ahora no tiene más que la contemplación de una ciudad apoteósica que va a perder, y los lleva al mundo puramente sensorial del amor perdido.

De pronto la noche se vuelve más fría.
El dios del amor se prepara para partir.
Alexandra se encarama sobre sus hombros,
resbalan entre los centinelas del corazón.

[...]

No es un truco, todos tus sentidos te engañan,
un sueño inconstante, la mañana agotará -
Di adiós a Alexandra que se marcha.
Entonces di adiós a Alexandra ya perdida.

El amante ha perdido el susurro de esa voz que anhelaba, porque ella ha preferido marchar, no con el diós del vino, sino con el del amor. Sus estrategias son inútiles porque ella ha tomado una decisión. Es la ciudad-mujer, un concepto exquisito que Marco Antonio entendió, mientras que Cicerón y sus demás enemigos se rebelaban con repulsa por su traición a Roma. Cohen sabe que el dios se ha marchado porque Antonio ya no requiere su protección, al haber culminado sus proyectos en la pérdida de la ciudad que acogió su delirio. Para Cavafis sólo se necesita valentía, ser capaz de mirar a través de la ventana sin nostalgia de lo que pudo ocurrir y ya no es posible. La ciudad-mujer se convierte en patrimonio del dios y de los poetas:

Incluso aunque durmió entre tus sábanas de satén;
incluso aunque te despertó con un beso.
No digas que te imaginaste ese momento;
no hagas uso de estrategias como esa.

Y dile adiós, a Alexandra, a Alejandría, al diós, al poder, porque ya los perdiste.

‘Alexandra Leaving’, Leonard Cohen, Ten New Songs (2001)





L’esame

22 05 2008

Estoy estudiando (es un decir) para mi próximo examen de italiano, a ver si me saco el grado elemental por fin. Tres años ya. Para festejarlo, me he partido de risa con esta escena de Alberto Sordi haciendo un examen de francés para el ingreso en el cuerpo de guardias. Un genio, vaya. De la película Guardia, guardia scelta, brigadiere e maresciallo (1956), de Mauro Bolognini, aquí llamada Guardias de Roma (la traducción correcta sería “Guardia, guardia selecta, brigada y mariscal”).

VIVA ALBERTONE!!!

PS: Me permito dejaros un enlace a un artículo que analiza muy finamente las últimas elecciones italianas. Su autor se llama José Luis López Bulla.

Las elecciones italianas y Alberto Sordi





The Guest

12 05 2008

Primero tomó Fredericton, luego más tarde, no mucho más tarde…¡tomará tu alma!

Leonard Cohen ha vuelto a la carretera: tal vez sea tu turno, tal vez el nuestro. La gitana te habla desde una esquina, los invitados entran uno a uno. Leonard Cohen ha vuelto a la carretera. Presuntamente no queda remedio para el amor, cuando el tiempo se ha desintegrado en un futuro indeciso, lleno de crack, de sexo anal. El marinero camina sobre el agua. La letra entra despacio. Leonard Cohen ha vuelto a la carretera. Te fulmina con el golpe de su guante, se mira al atardecer. El paseo marítimo se llena de luces, una avalancha inhóspita cubre tu alma. No sabes si es pronto o tarde. Leonard Cohen ha vuelto a la carretera. La sangre corre, los indecisos despiertan. Caminas, vuelves tras tus pasos. Alexandra tiene forma de busqueda de una vida secreta, oculta en un acorde secreto, en una mirada que sabe comparar mitologías. Las audiencias aguardan expectantes, el misterio esta dispuesto. Leonard Cohen ha vuelto a la carretera. El sueño de los recuerdos vuelve a disparar. Devuélveme el muro de Berlín. Despiértame hasta que el sueño comience. Hemos sudado. Intentando ser libres como pájaros en una alambrada. Lo hemos conseguido. Leonard Cohen ha vuelto a la carretera.

 





Kalendas Maias

1 05 2008

Llega mayo del 2801 desde la fundación de la ciudad. El mes de las Florales, el mes de la boda con Isis, la primavera en su efervescencia, el principio del fin de otro principio. Los días del año giran cada vez más rápido. Es el mes de la dualidad, el tiempo de la cábala, el tiempo de defender las murallas. Para refrescarnos, vámonos con Neil Sedaka y su ‘Calendar Girl’. Una bomba de relojería.

Per il mio cugino Dani e Lucia, chi da oggi sono genitori!!

 





El carnicero de Plainfield

29 04 2008

Plainfield es el nombre de muchas ciudades y pueblos de Estados Unidos. En Wisconsin, en el condado de Waushara, hay un diminuto pueblito llamado así que, según el censo del año 2000, tenía una población de apenas 533 personas. Sin embargo, el nombre de esta tranquila comunidad del noreste del país, cercana a los Grandes Lagos, irá asociada en la memoria de la historia de lo trágico, perverso y bizarro, al nombre de su vecino más conocido, Ed Gein. El tal Gein era un hombre de vida gris, un tipo que al parecer había sufrido en su infancia maltrato paterno y, al mismo tiempo, había desarrollado una fijación por su madre rayana en lo edípico. Mrs. Gein había muerto en 1945, y desde entonces Ed había vivido solo, haciendo chapucillas por el pueblo y trabajando en un aserradero. ¿Quién podía imaginarlo? Tras aquel hombrecillo apocado, poco sociable pero aficionado a dejarse llevar por cierta tendencia lenguaraz, se encontraba uno de los más perturbados psicópatas de la macabra historia de los asesinos en serie. La historia es conocida, y si no, podéis saber de ella en alguno de los enlaces que os dejo por aquí. Más llamativo resulta el fenómeno que nace de todo esto: la atracción morbosa y pueril que la figura del carnicero de Plainfield sigue despertando en la psique colectiva, igual que tantos psycho killers como Chikatilo o Charles Manson. Las historias de sordidez, carne, sangre, vísceras y putrefacción son capaces de seguir alimentando sueños enfermos y generar incluso seriales televisivos de opípara audiencia, à la versión castiza o en la noche de los mundos. Porque existe una extraña frontera entre la ficción y la realidad que los consumidores de este material a veces no son capaces de discernir.

Por lo pronto, Gein, él solito, ha inspirado tres de las mayores obras maestras de la historia del cine de terror (en realidad dos de ellas son adaptaciones de una novela): Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960, basada en un libro de Robert Bloch), La matanza de Texas (Tobe Hopper, 1974) y El silencio de los corderos (Jonatham Demme, 1991, basada en un libro de Thomas Harris). Aunque la semejanza entre los tres psicópatas, Norman Bates, Leatherface y Buffalo Bill, no parece evidente a primera vista, su denominador común es la siniestra persona de Gein: absorbido por su madre, su habitación estuvo intacta tras su muerte, y él mismo reconoció haberse comunicado con ella tras el deceso, al menos durante un año, como Bates; sus tendencias transexuales, como las del delicado Norman, iban más en la dirección de Buffalo Bill, porque Gein gustaba de hacerse trajes con la piel de los cadáveres conservados en su casa (debe decirse en descargo del carnicero, que sólo fue posible probar el asesinato de dos mujeres, Bernice Worden y Mary Hogan: Gein fue básicamente un profanador de tumbas, que le servían para elaborar un pecualir mobiliario); como Leatherface y su simpática familia, Gein hacía con los restos de cadáveres conservados en su casa todo tipo de enseres domésticos, ceniceros, candelabros, sillas, hasta una sartén hecha con un corazón disecado. Como no podía ser menos, el carnicero de Plainfield tuvo su propio biopic, una chapucerilla peli dirigida por un tal Chuck Parello (Ed Gein: In the Light of the Moon, 2000). En ella, se intentaba indagar en la psique y las motivaciones de Gein, sobre todo en la influencia de los recuerdos de su madre, que se presentaban al espectador como la clave del necrófilo comportamiento del psicópata. De hecho, algunas de las explicaciones psicoanalíticas que se dan en la película, recuerdan a las (erróneas) explicaciones del médico al final de Psicosis.

Dicen que la furgoneta en la que Gein llevaba los cadáveres (ya de sus víctimas, ya de los cuerpos desenterrados) fue puesta en venta y comprada por algún enfermizo coleccionista de objetos en la órbita del mito sanguinolento. No os quepa duda además de que si alguien se detiene hoy en Plainfield, Wisconsin, será para conocer la tumba de Gein (fallecido en 1984, después de largos años de ser un recluso modelo). Podéis echar un vistazo a estas fotos de su túmulo funerario. Como es fácil comprobar, sobre la lápida hay escritos. Uno parece que dice “guns don’t kill” (las pistolas no matan). También es curioso que en las fotos se ve una que es de una tumba distinta, acaso una que sustituyó la original (la foto es la añadida en Find A Grave hace menos tiempo). La casa que se ve era el peculiar museo de los horrores de Gein, y recuerda un poco a la de Psicosis: es una casa normal, pero las connotaciones grotescas que contiene, la convierten en un monstruo. Atraídos por el morbo enfermizo de la sangre y la putrefacción, de las moscas que revoloteaban por casa de Gein, los turistas, en la ruta hacia los Grandes Lagos, se detienen en Plainfield y visitan el horror. ¿Hace que el ser humano se sienta más seguro saber que el terror ha cesado? ¿El mito cinematográfico o literario busca la realidad, como cuando se persigue el fantasma de Vlad Dracul entre los páramos de Transilvania? ¿O es que acaso existe un oscuro recoveco de la mente humana que, en el fondo, envidia la osadía de un monstruo del calibre de Ed Gein, el carnicero de Plainfield? Al fin y al cabo, nadie tiene un mobiliario tan divertido.

Psycho Killer, Talking Heads, 1977





Fresas con nata

26 04 2008

Dos nuevos videos conceptuales de Sebastián, directamente desde el Arte y Vida de Tarifa.

Fresas con nata

La marcha del duende