El Canon, de adorno (Policleto nascosto)

Mi ansiada visita al Museo Archeologico Nazionale di Napoli fue todo lo emocionante que se podía esperar pero, al mismo tiempo, también desasosegante. Y lo digo porque, por primera y evidente vez en mi vida, tuve una extraña sensación de estar ajeno a la belleza y al coloquio con lo antiguo, como si me hubieran arrancado de allí y se me hiciera más forzoso entender que la sensación de pasmo y sorpresa empieza a estar lejos con el paso de los años. Qué redicho soy. Lo que quiero decir es que antes, no sé, la primera vez que entré en los Museos Capitolinos casi me muero del pasmo. Y ya no es lo mismo, se procede más analíticamente pero, en cierta forma, la familiaridad con lo que se ve, al mismo tiempo que la implicación emocional paradójicamente, disminuye la intensidad de la emoción. Mira tú que ahí estoy, ante el Toro Farnese, ante las pinturas pompeyanas, ante la lucha de los de Pompeya y Nuceria por los jaleos del anfiteatro, ante los Tiranicidas en toda su gloria, y soy un paseante centrado, un espectador riguroso que no me dejo llevar por impulsos. Veo las cosas y las disfruto, pero no me enajeno como antes. Y empiezo a pensar un poco como Fellini. Las estatuas nos devuelven una imagen de la antigüedad desvencijada, fría, congelada, muerta, mientras que en mi pensamiento la antigüedad sigue viva.

Pero no era de eso de lo que quería hablar, eso es como una reflexión que me acompañó aquella deliciosa tarde napolitana y que me sigue acompañando. Vamos mejor a una descripción de un hecho que, sorprendentemente, se relaciona muy directamente con esa aparición despreocupada de las cosas. Seguro que has oído hablar del famoso Canon de Policleto. Este ilustre escultor griego, uno de los más grandes, junto a Fidias o Praxiteles, escribió un tratado sobre la proporción de las formas y su equilibrio al que dio ese nombre, “kanon”, que en griego quiere decir, entre otras acepciones -y no la principal, por cierto- “regla, modelo, principio”. Desgraciadamente, el libro se ha perdido pero su fama e influencia tuvieron una enorme importancia en la antigüedad. ¿Y qué hizo Policleto para explicar sus teorías con la práctica? Pues una estatua, claro. Veamos lo que cuenta John Boardman en su libro sobre escultura griega:

[...] Fue un teórico, estudió lo que siempre había preocupado a los escultores griegos, aunque no siempre lo expresaron: las proporciones del cuerpo humano; es decir, del hombre desnudo de pie. Escribio un libro sobre el tema de la conmensurabilidad (symmetria) de las partes del cuerpo. El libro se llamó Canon y algunos aplican el mismo título a una estatua que, según se afirma, hizo para demostrar sus teorías. Esto se reconoce con facilidad en el Doríforo (portador de lanza) conocido a partir de varias copias [...] la pierna relajada se rezaga más, con el pie en ángulo y apenas apoyado en el suelo, el brazo recto pero flojo al lado de la pierna recta pero tensa. Hay una clara indicación de movimiento, aunque la figura está en equilibrio. La figura es más ancha y más gruesa y tiene la cabeza más larga que las de Fidias y pasó de moda con más rapidez. Las teorías de Policleto fueron influyentes en la antigüedad pero parece que sus discípulos no siempre siguieron sus reglas al pie de la letra.

Sea más o menos relevante la influencia concreta de Policleto, la sola idea de plasmar una teoría de las formas en un tratado es de una trascendencia tal en el devenir del arte occidental que no creo que merezca mucho la pena detenerse más en ello. Hablar del Canon de Policleto es hablar de algo que cualquier estudiante de bachillerato -bueno, los de letras al menos- conoce o recuerda como una cosa básica, de nombre siquiera aunque no se comprenda su esencia ni su alcance. La estatua en cuestión, el Doríforo, no se conserva en todo caso. Como casi todas las obras importantes hechas en bronce en época griega, se ha perdido, y tan sólo tenemos copias hechas en marmol en época romana. Sobre el Doríforo -no sobre el Diadumeno, la otra famosísima escultura de Policleto- hay cierto consenso en decir que la mejor copia es la que se conserva en el museo de Nápoles, ese que visite yo aquella maravillosa e inolvidable tarde.

El problema es que, ya a punto de marcharme, y con la desgracia de varias salas cerradas, todavía no había visto la famosa estatua del Doríforo. Había dado por hecho que se encontraría en alguna de esas salas. Así que enfile la salida, en dirección a la libreria del museo, a través de un bonito jardín, un poco desvencijado, lleno de estatuas agolpadas sin cuidado, como abandonadas a su suerte, puestas de adorno, no para ser vistas ni admiradas, ni con pasión ni sin ella, sólo para pasear a su lado, pensativo. Y entonces…

Allí estaba, más bajo que yo, allí como un trapo, en una peana que apenas lo levantaba diez centímetros del suelo, con un cartelito que explicaba que esa es la considerada mejor copia de un original de Policleto que el escultor utilizó para ejemplificar la teoría explicada en su Canon. Me quedé mirándolo con la superioridad que da la perspectiva del que mira por encima, a la vez que me quedaba privado de apreciar la presunta armonía de las formas del Doríforo, porque allí era imposible. No podía dar crédito. Más que un sublime todo orgánico, en virtud de aquella ubicación, la estatua parecía un mozalbete de paseo por aquel jardín desmesurado. Y no quiero decir con esto que los del museo de Nápoles sean unos chapuzas, que también, sino que lo que en otro tiempo importó, resulta que ya no parece importar lo más mínimo.

P.S. A fin de entender un poco mejor la absurda ubicación del Doríforo hoy, es de justicia saber que no siempre estuvo ahí, así como que el museo está siendo objeto hoy de una reorganización de las salas. Tal vez en breve la maravillosa copia de la estatua de Policleto retorne en su apogeo a un espacio adecuado. Lo cual no excusa el simbolismo de lo que yo vi, claro.

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~ por Antonio en mayo 1, 2010.

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