La exhumación

Subo este post de posición para poner de realce un hecho que no he podido entender hasta que no regresé hace poco a la basílica de San Pedro: había entendido mal las cosas. La capilla de San Sebastiano era el lugar donde se encontraba la momia de Inocencio XI, la bellua insatiabilis, en el mismo lateral en el que se encuentra la Pietà de Michelangelo y, ahora, se ubica de facto la tumba de Wojtyla. El lugar donde yo pensaba que iban a colocar ésta -a la izquierda del baldaquino mirando de frente- es donde ahora se expone, a vista cercana, el cadáver embalsamado del papa Inocencio XI.

Las querencias son las querencias. Así, no he podido dejar de prestar atención y curiosidad a lo que la curia vaticana hacía finalmente con el cuerpo del beatificado papa Wojtyla. Y este interés estaba alimentado por la oportunidad que tuve de contemplar, en mi última visita a Roma, el lugar reservado para su emplazamiento, en la capilla de San Sebastiano, ubicada en el flanco izquierdo del baldaquino -según la perspectiva del que entra-, un poco hacia delante en la nave. Es raro, pero son muchas las personas que pasan por el mayor templo del cristianismo sin reparar en el curiosísimo fenómeno de la exposición de los cuerpos “incorruptos” de -al menos que yo sepa- tres papas, el conciliar Juan XXIII, Inocencio XI y Pio X -beatificados los dos primeros, santificado el tercero. Y más raro se hace que pase desapercibido el féretro transparente del llamado “papa bueno”, dispuesto en lugar bien visible a la derecha del baldaquino -según se ve desde la puerta, otra vez. Lo digo porque hay gente que me lo ha dicho, que no lo ha visto, y a mí mismo se me escapó la segunda vez que anduve por allí -la primera todavía no estaba. Quien se da cuenta se ve atraído por una curiosa mezcla a medio camino entre el morbo y la devoción, cuando ésta existe, si no, sólo por el morbo, claro, al margen de los que también se acercan por la oportuna curiosidad de contemplar la carcasa de una persona de indudable trascendencia en el devenir cultural del siglo XX. A sabiendas de ello, no podía dejar de preguntarme si la santidad súbita de Juan Pablo II no iría acompañada, en efecto, de la exhibición pública de sus despojos. Pero parece que no. El lugar de culto se traslada desde las grutas vaticanas a la propia basílica, pero los devotos no podrán ver la efigie “incorrupta” del papa viajero. Evidentemente porque no estaba incorrupto. Y es que parece que existía conciencia temprana de que el trabajo de embalsamamiento debió de ser en su día bastante chapucero. A diferencia de lo que sucedió con Juan XXIII, habría sido un atentado para la icónica imagen de Wojtyla, asimilado en la cultura cristiana a la categoría de sui generis “pop star”, mostrar sus desvencijadas reliquias. Pero me extraña, insisto, ¿por qué no fueron más cuidadosos con el proceso de embalsamamiento si sabían que el de beatificación iba a ser tan raudo?

Y esto me lleva, claro, a pensar e indagar en el misterio de los cuerpos “incorruptos” de papas y otros santos. Evidentemente, es la iglesia católica en gran medida fetichista, adoradora de reliquias que, falsas o verdaderas, inundan la cristiandad. Empezando con el papa Juan XXIII, uno se queda atónito al ver de cerca la máscara de cera que adorna el soporte material, tan inmundo en el caso del beato como en el del vagabundo -aunque hay que advertir que la propia curia, en su momento, avisó de que el cuerpo estaba efectivamente embalsamado. Los méritos del “papa bueno” obedecen a otra naturaleza muy distinta de la carnal, pero su cuerpo se adora exactamente igual que el de dos adalides del materialismo como son Mao o Lenin. Pero en estos casos se habla de momias, no de cuerpos incorruptos. Son cuerpos preservados, como lo es el de Inocencio XI que sí que es perturbador. A Pio X apenas se le divisa, pero la tez cerúlea y verdosa de la “Bellua Insatiabilis” produce cualquier cosa menos reconcomio piadoso. Si echáis un vistazo a los enlaces que pongo aquí debajo, os quedaréis sorprendidos al ver cómo se ha llamado “cuerpos incorruptos” a los de algunas momias verdaderamente terroríficas -como la de San Francisco Javier. Es como si el pío contemplara el deporable despojo a través de un cristal transmutador de esencias. Otras veces, lo que vemos es, simplemente, un muñeco. Fijaos, nada más y nada menos, que en los restos de San Dominguito Savio, una persona de amplia difusión en las comunidades salesianas y, por ende, en mi devoto pueblo de origen. No pretendo ser irreverente, lo digo desde el mayor respeto, pero el cuerpo incorrupto del tal Dominguito parece un muñecote de feria, como el del propio Don Bosco un personaje de una película de George A. Romero. Son momias, son cuerpos embalsamados. Y a mí me extraña que la fe católica siga adorando estos milagros de plástico, convertidos al final en enfermizas atracciones para el morboso y el historicista, mientras que el buen o mal ejemplo de lo que animó su vida, fuera beata de verdad o por decreto, es olvidado una y otra vez por esa descarriada criatura llamada ser humano.

Los santos cuerpos incorruptos I

Los santos cuerpos incorruptos II

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~ por Antonio en abril 8, 2012.

2 comentarios to “La exhumación”

  1. Excelente. Lo de los Salesianos tiene tela, porque hacen “giras” de sus cadáveres fundacionales. No hace muchos años estuvo por aquí San Dominguito, y en otoño viene San Juan Bosco. Cuando me enteré mejor del tema, lo que viene es, atención, una reproducción de su momia con un brazo del muerto en su interior. No sé en qué mente retorcida puede fomentar la devoción semejante casquería.

  2. Sí, ja, ja, el otro día pasó San Juan Bosco de gira por Guadalajara, qué asco tío.

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