Dust upon our shelves

Llevo varios días organizando mi colección de discos. Mejor dicho, intentando organizarla. Los problemas de espacio son uno de los principales quebraderos de cabeza del obseso compilador de soporte, sea analógico o digital, en especial cuando el asunto se combina con otro ciclón de pelis y libros. Es un dato. La cosa es que este proceso me ha hecho darle muchas vueltas a la cabeza. Llevamos años envueltos en una orgía sónica que parece no tener fin, en la que entran en lucha y contradicción el hecho de acaparar material ad nauseam y el de tener cada vez menos tiempo para disfrutarlo. Desde luego, no todo el mundo comprenderá esto, pero sí algunos de los lectores más habituales de este invento. En ello tiene gran importancia la manera en la cual hemos ido escuchando all through the years la música de Bob Dylan, pero eso es sólo un leit motiv primario cuando lo que te importa es, de hecho, volar con la música en dirección a otro planeta. Veamos qué ha pasado.

Cuando andaba yo por mis años de construcción en el instituto, empecé a comprar discos. No muchos, pero cada vez que caía algo de pasta en mi bolsillo, compraba uno. En vinilo. El CD era una cosa de ciencia ficción, y estamos hablando del año 1988, por ahí, ese es el momento en el que todo empezó -para mí, claro, quiero decir. Los primeros que me pillé a conciencia fueron Sgt. Pepper y The Freewheelin’. También Desire en cinta de casete. Porque entonces había cintas. Esa era la otra vertiente del asunto: como no tenías pasta para discos, siempre había algún vinilo por ahí que alguien pasaba a cinta y, luego, de ella a otra, hasta copias de cuarta generación con un silbido insoportable -eran muy preciadas las cintas de cromo, que sonaban de la hostia. Pero te daba igual y las escuchabas hasta la extenuación. Con esas cintas de tapadillo ibas dando forma a una banda sonora que sonaba todo el tiempo en tu cabezota. Si te hacías con una copia, por ejemplo, del tercer disco de la Velvet conseguías la llave al séptimo cielo. Eran sensaciones indescriptibles: estabas en la tierra de Oz, estabas en una república en la que tú tenías el mando. Y te sentías poderoso, nadie podía hacerte daño ni joderte.

Luego llegó el CD. Todavía recuerdo cuando fui en 1993 a por el nuevo disco de Dylan, World Gone Wrong, a Sevilla Rock, y me dijeron que no estaba en vinilo. Fue como un mazazo. En ese instante fui consciente de que nos la habían jugado y que las reglas parecían cambiar para siempre. Te decían entonces que el CD no se rompía, que duraba eternamente. Todavía me acuerdo del viejo Iván tirando su copia de Menlove Avenue de Lennon por los suelos, echándole cerveza por lo alto y metiéndolo luego en el reproductor para demostrarnos que aquel brillante artefacto seguía sonando igual. La llegada del CD supuso de igual modo una eclosión de la industria del bootleg. Es cuando empecé a hacerme con algunas grabaciones de Dylan que no eran oficiales. El North Stage de Crystal Cat (Woodstock ’94) sigue siendo una referencia imprescindible, y debió de ser uno de los primeros siete u ocho CDs que me pillé, incluso antes de tener un reproductor. Lo comprabas y lo grababas en cinta en casa de algún amigo. Muchos bootlegs de Dylan te llegaban en forma de cinta todavía -no había pasta para más: The Deeds of Mercy, Warfield 92, esos shows que mi querido Jan me pasaba, los outtakes de Empire Burlesque -escucharía ‘New Danville Girl’ con un walkman cutre algo así como mil veces. Era el año 95, Internet ya estaba pero parecía ciencia ficción. Creo que ese año Bill Pagel empezó con Bob Links.

Cuando empecé a currar y a tener algo de dinero, me lo pulía a manta en las tiendas de discos. Me iba a Madrid Rock y me volvía loco comprando CDs de esos que ahora no entiendo por qué razón cogía. Por no hablar de los VHS originales que llenaban mi bolsa, acopio de caducidad que suplía las largas noches de insomnio de antaño con el fin de quitar los anuncios publicitarios de unas grabaciones que suponías eternas, hechas para ver una y otra vez sin que sospecharas siquiera lo que significaba la palabra “hartazgo”.

Y de pronto, aparecieron dos cosas: los grabadores de CD y un extraño formato llamado MP3. De repente, toda la discografía de la Creedence cabía en un pequeño disco. Era 1999. En 1989 eso parecía ciencia ficción. He aquí que me encuentro pasando mis grabaciones en cinta de Dylan a CD, tal cual. Enchufaba una pletina al ordenador -mi primer ordenador con sus flamantes ocho gigas de memoria…- y pasaba una grabación de las Supper Club de sonido infame a ese disco duro, luego a CD de audio, porque de pronto descubrimos que con el MP3 se podía hacer un CD de audio. Como la cosa parecía fea, para dar lustre a ese trabajo de horas, se remataba la cosa gastando un pastón en tinta para poner portaditas y visitando la tienda del chino para conseguir fundas. La locura se desataba.

Por entonces me grabé la biblioteca del Alcázar de Toledo entera, creo. Iba a por discografías, The Rolling Stones, Frank Zappa, lo que no tenía de Neil Young. Y cosas raras que veías por allí o te sonaban porque algo habían dicho en el Ruta. Grababas y grababas pero más tonto te quedabas. Los discos se iban apilando esperando su portadita y su estuchito, mientras, por otra parte, no dejabas de comprar. Descubrimos Amazon y las compras por internet: resulta que, de pronto, sin moverte de casa podías hacerte con una entrada para un show de Dylan en Cardiff o con un ejemplar flamante de la biografía de Clinton Heylin. Al principio daba miedo, pero luego te olvidabas de que hubo un tiempo en el que Candem Town era la Meca. Por fin podías tener una bibliografía en condiciones, no la mierda que había aquí en el país; por fin podías pagar precios razonables por la música que tanto querías tener y que aquí no te quedaba otra que piratear vilmente.

La cosa es que, de todo lo que acumulabas, no te daba para escuchar ni la décima parte. A decir verdad, cuando te ponías a oír algo siempre era lo mismo, Bringing It All Back Home, el “Banana” álbum, Time Out Of Mind, Born To Run, discos todos que tenía y escuchaba, por cierto,  en vinilo -mi Time Out Of Mind por 600 lulus es tuyo. Lo que no quiere decir que esa sobredosis repentina no te permitiera vislumbrar nuevos horizontes, algunos procedente de Chicago, otros de la frontera de México y California. Durante tres años por lo menos me estuve intercambiando todos los meses grabaciones con el gran Nicolás que, desde Galicia, se empeñaba en que se me metiera en el córtex el gusto por Robert Pollard. Él me descubrió a Lambchop, a Guided By Voices, a Daniel Johnston. Gracias a él escuché por primera vez el Essence de Lucinda Williams.

Y entonces llegó la locura de las descargas, primero en MP3, luego en Flac; llegó el DVD y hubo que apilar los VHS a la vez que caían las Torres Gemelas y Dylan seguía en la carretera. Años de conciertos y de discos duros, de tarrinas y tarrinas de CDs y DVDs, del paso de creer que algo era inalcanzable a tenerlo con un chasquido, años de renunciar a pensar que tu tesoro más preciado se había ido de madre porque no ibas a tener una vida extra para disfrutarlo. Hasta que la industria se empezó a dar cuenta de que se había generado un monstruo imparable y que la única manera de que el consumidor de música volviera a la tienda era volver a sacar lo mismo con un envoltorio suculento. Las box set de los cojones estaban para que picaras; vuelve el vinilo, viene el Blue Ray, el soporte es el no soporte y ya no sabes dónde queda el norte cuando te descubres poniendo Blood On The Tracks en Spotify para no tener que levantarte del ordenata.

Y en estas, me he puesto a ver de qué podía prescindir para ahorrar espacio físico en mi casa. He ido cogiendo todos los CDs viejos, los que no eran originales, uno por uno, y metiéndolos en el reproductor. Unos ni sonaban, otros pegaban saltos, otros tenían una portada ridícula que en su día había hecho con todo el amor, como si fuera la recompensa guardada a una vida de creencia. He comprado cuatro archivadores para cuatrocientos CDs o DVDs. En uno he metido shows de Dylan a los que ya nunca pondré portada, en otro shows de Dylan en DVD, en otro CDs de otros a los que ya nunca pondré portada y en el último DVDs de otros músicos. Algunos son verdaderas joyas, shows de Lucinda o de Neil Young que, con suerte, veré una vez. A otro buen montón de CDs los he ido metiendo en plastiquitos con su correspondiente cover, pero otro se ha ido directamente a la basura. Ni sonaba ni jamás iba a sonar. Esa música que fui recopilando hace apenas diez años convencido de que iba a ser parte de mi mayor tesoro, se ha desvanecido en la nada.

Ahora seguiré descargando conciertos de Dylan y, eventualmente, alguno de Lou Reed, Cohen, Wilco o Lucinda Williams. Pero no creo que los pase a CD, sólo cuando quiera escucharlos en el coche, si es que no nos permite hacerlo dentro de nada un dispositivo que, por no existir, ni existe físicamente. Se quedarán en los discos duros que iré acumulando -y menos mal que ocupan poco. Y seguiré comprando música, sean costosas box set o ediciones remasterizadas de los discos que he oído una y mil veces. Sea como sea, en medio de todo el follón que he montado, siempre encontré tiempo para poner un disco: North Stage de Crystal Cat, Bringing It All Back Home e incluso un triple que me compré hace poco en Roma, de Equipe 84. Ya sabes, nel ristorante di Alice / ti penso e non sono felice…

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~ por Antonio en mayo 1, 2012.

6 comentarios to “Dust upon our shelves”

  1. Yo, completísta donde los haya, me compraba TODO y todo no solo era Dylan, era también Serrat, Aute o Suzanne Vega de quien estaba enamorado, me compraba decía en cinta y en disco!! Para tener los dos formatos a mano o para el coche, ya que a los grandes en original, no los podías grabar en una cinta aunque fuera de Chromo. Había que tenerlos siempre en su formato sin traicionarles. Iriarte era mi dealer impagable de conciertos pirata que él compraba aún en cinta aun holandés. Yo solo le llevaba paquetes de cintas TDK de cintas de chromo para grabar. Así pude juntar más de cuatrocientas cintas, claro. Para no reiterar mucho, digamos que dos años después tenías exactamente lo mismo en cd-r. Y ahora yo también he acabado comprando los archivadores de cd. Varios días me tire metiéndolos en la bolsita blanca.

    El almacenamiento es una solución sin duda. Pero espero que no te pase lo que a mí y tengas la sensación de que has cosificado esos conciertos. Yo desde que están ahí, por no sacar una de las 6 fundas de 10 kilos con 500 cds cada una, pues no pongo casi nunca un concierto, me voy a la estantería donde tengo los piratas “oficiales” y cojo uno de ahí sacándolo con el dedito.
    Antes, cuando tenía todo este chocho a mano en estantería, aunque fuera en doble o en triple fila, si que tiraba de ellos y los escuchaba con regularidad, ahora ya te digo que son cadáveres, cosas, recuerdos metidos en una especie de maleta con una fecha y el nombre de una ciudad en el lomo.

    Creo que los voy a sacar todos una vez más uno a uno. Los voy a preseleccionar y voy a regrabar una vez más lo regrabado para poner los que más me gustan en una tercera estancia previamente vaciada de otros cds de tercera división que pasare a meter directamente debajo del sofá.

    Esto es una locura pare. Una locura a la que damos continuamente vueltas y vueltas para tenerla entre las manos y entre las orejas…
    Vamos a ver que empiezo. Ayúdame…

    – Vitoria 93… a la saca
    – Topeka 94… a la saca
    – Albany 97… a la saca

    Pdt: 600 el Time… que casualidad 600 el Devil firmado por el jefe…

  2. Jajajajjajajja, la saca esa es peligrosa Pareee!!!! A mí lo que me da miedo es eso, el proceso de cosificación de los cojones, no hay feeling, el exceso llevado a sus más excelsas cimas, con lo bonitas que son las cajitas del Gato, madre mía. Yo tengo que parar o no hago nada más, bajas, tuestas si tuestas y al archivador, a esperar una recomendación del mono porque si no acabas escuchando siempre lo mismo, Goteborg ’78, Red Bluff 2002, Mérida ’93… De lo de las cintas yo soy testigo: Valentín tiene hasta el “Love and Theft” en cinta. Pero por 300 lulus y el tourbook firmao del Devil te llevas mi Time Out Of Mind en vinilo, no se hable más.

  3. Querido Antonio, te dejaste llevar por la vorágine y los cantos de sirena. Por mi parte sabes que siempre preferí tener que esperar incluso años hasta poder oir mi ansiado LP en un majestuoso vinilo. Mientras me hago con él voy relamiéndome imaginando como será, como sonará. Hasta que por fin aparece y voy al nirvana o me deprimo por instantes. Pero así evitas escuchar la música como si te tomaras el café de la mañana a toda hostia para no llegar tarde al curro.

  4. El problema para mí no es el conflicto CD/LP, cuya pugna es irrelevante por la evidente mentira que supone afirmar que un CD suena mejor, ya no hay duda a estas alturas, aunque hay ediciones en CD, como las últimas en mono de Dylan o los Beatles, que no van a la zaga. El problema es la vorágine de descargas y música sin soporte, la locura de las grabaciones que, en efecto, desbordó y cosificó el asunto. Hoy me ha llegado mi flamante Mermaid Avenue Complete en CD y estoy contentísimo, no menos que si lo hubiera cogido en vinilo, que te cuesta un ojo de la cara. Tienes razón pero al mismo tiempo también hay que aprovechar lo bueno de todo este rollo. La dosis necesaria, se llama la pinícula. Un abrazo, Pareeeee.

  5. Primito, yo creo que nos cuentas todo esto porque sabes que, como dices en el primer párrafo, que cada vez tienes menos tiempo. Pues mucho menos vas a tener cuando te entregues a mi sobrina Berta. El síndrome del nido ha hecho aparición en tu vida.
    Yo algo sé de eso. La mayoría de mis libros y todos mis DVD’s y CD’s han pasado de tener un sitio relevante en mi casa (el cuarto de mis cosas), a estar en el garaje. Eso sí los he rescatado de las cajas y les he comprado unas estanterias baratas de Ikea y al menos lucen algo entre la mugre garajera y las arañas esquineras.
    Aún me da placer bajar a por una botella de vino y subirme una peli de las que me regalaste y un disquito que me ponga gorosito…

  6. Vaya vida más dura la tuya, pare, y ya verás cuando venga Berta empujando con sus músicas, esa es la pregunta que me hago yo: ¿seremos capaces de asimilar la música del futuro. Si el oído responde, y hay novedades que nos interesen, merecerá la pena mantener todo ese volumen que acumulamos, en mi caso más en vinilo que en otros formatos. Por cierto, ya tengo la estantería que me faltaba para las casetes, a ver si pasas a verla (y a Darío, y a Gema y a mí, por supuesto).

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