El sabio profesor

Gracias a un mensaje de mi padre, he sabido hoy que la Universidad Complutense ha nombrado Doctor Honoris Causa a D. Juan Gil, catedrático de Latín de la Universidad de Sevilla. Por lo normal, este tipo de honores no suelen captar mi atención, ni siquiera aunque vayan destinados a profesores que yo haya conocido personalmente o, incluso y como es el caso, me hayan dado clase. Pero en esta ocasión, la cosa es distinta. Tuve de profesor a D. Juan Gil en tercero de carrera, una asignatura optativa y cuatrimestral llamada Poesía Latina I. La cosa consistía en que leíamos la Farsalia de Lucano, bueno, él leía y comentaba a Lucano, mientras los cuatro alumnos (¡!) que estábamos en clase lo escuchabamos atónitos y se nos caía la baba ante el derroche de erudición con que día a día nos deleitaba.

Resulta que, durante un mes, el hombre tenía que ir a no se qué congreso, y para que no perdiéramos clase nos citó en su despacho durante tres mañanas a la semana, a eso de las ocho, cuando sabía que no teníamos ninguna otra hora lectiva. Era crudo invierno. Yo cruzaba el parque de María Luisa en bicicleta o me cogía el TUSSAM desde Reina Mercedes hasta la Fábrica de Tabaco, muerto de sueño y de frío, y me metía en el despacho de D. Juan Gil, con una estufilla, libros, libros y papeles. Y mientras nosotros nos debatíamos por no pegar ojo con legaña, el ahora honrado catedrático traducía al joven y exuberante poeta cordobés, nos comentaba las elucubraciones de Housman o nos lo hacía comparar con El laberinto de la fortuna. Catón de Utica, pensábamos, era el gran héroe de Lucano, el último de una vieja estirpe deshecha por las mismas ambiciones de siempre, mientras César preparaba la caída de Pompeyo, que buscaba respuestas en los bosques de Tesalia y en la maga Ericto. Era el último romano.

A menudo he vuelto a mirar viejos pasajes de Lucano, siempre con la lección de D. Juan Gil en la cabeza, pues es tanto así que difícilmente podré sustraer la lectura del poeta de aquella lección. Eso no me ocurre con casi ningún otro autor antiguo. Pero la mayor lección que D. Juan Gil nos dio aquel año fue una que me permitió entender entonces, y ahora me deja comprender en perspectiva que él es el único sabio a quien he conocido tan de cerca: durante una de esas frías mañanas, llegó un cerrajero para arreglar la puerta de su despacho. Nuestro profesor lo atendió con la cordialidad campechana que, ya de por sí, lo caracteriza (es entrañable verle caminar por Sevilla con su sombrero de paja y su descomunal personalidad). El técnico dedicó dos minutos a poner en marcha esa llave que llevaba atormentando las mañanas de D. Juan Gil día tras día. Él, ni corto ni perezoso, se puso a celebrarle la gran fiesta, diciendo entre otras palabras unas que se nos quedaron grabadas a fuego: “Yo no hubiera podido hacerlo”. Él, el hombre que más latín sabe de España, no sé, del mundo, el no-va-más, el hombre al que mirábamos con una mezcla de estupor y reverencia, se inclinaba ante un pobre cerrajero, más atónito aun que nosotros mismos.

Hoy he recibido una carta que ha enviado Francisco Rodríguez Adrados a todos los socios de la Sociedad Española de Estudios Clásicos. Ha sido el colmo de una soterrada guerra que está teniendo lugar ahora mismo en el seno de la sociedad que se supone representante de los estudios sobre Grecia y Roma que hay en este país. No es la carta en sí, muy correcta y lógica, racional, como acostumbra a ocurrir con cuanto escribe el venerable profesor Adrados. Pero es la prueba patente de una guerra absurda por el poder, en este caso dentro de la propia SEEC, donde ahora se disputan dos candidaturas su presidencia. Poder, poder y apariencia, hablar y hablar, quedar bien y llenarse la boca con discursos lejanos de la realidad de la situación de los Estudios Clásicos en este país hoy día, como se pudo contemplar patéticamente en el pasado congreso celebrado en Valencia en octubre (especialmente en la mesa redonda dedicada a lo que llaman “Didáctica de las Lenguas Clásicas”). Y es sólo un crudo reflejo de la cainita realidad de este país. Una sociedad que debería asumir sin más la función de enarbolar la antorcha del fuego sagrado de Vesta por encima de sus propias rencillas internas, se desintegra en la basura de sus vergüenzas íntimas. Supuestos sabios acuden a exponer su poderío ante un público que aplaudirá sus gracias y su erudición, mientras individuos sensatos como el saliente presidente de la SEEC, Antonio Alvar, tienen que tragar carros y carretas contra la ridícula pose de estos very well read, you know. Una pena que produce tristeza y hastío.

El profesor D. Juan Gil no vive ahí. Vive en un lugar reservado, lleno de humildad y paciencia, junto a Lucano, junto a Manilio. Dicen que la prensa lo buscaba para entrevistarlo y que él escurría el bulto. Seguramente estaría echándole de comer a las palomas del parque de María Luisa, bueno, del Retiro, ensimismándose con el recuerdo de un viejo poema mientras las alimañas de turno se preparan a salir en la foto. ¡Hala venga, que ya sale el flash!

Imagen: Teatro de Dodona, Epiro, Grecia

Homenaje al latín

~ por Antonio en enero 30, 2008.

7 comentarios to “El sabio profesor”

  1. Gracias por tu semblanza del profesor Juan Gil, que me dio Textos Latinos en quinto, creo que algo antes que a ti, en una clase bastante más llena que la tuya, pero con el mismo ambiente de asombrosa erudición, junto con una actitud humana sencilla y cercana. Recuerdo que en el último examen de la carrera – oral, sobre la Eneida -, ante mi alarmante estado de nervios, se sentía más incómodo que yo misma, pero su actitud logró que sacara de mí una traducción digna del pasaje que me había tocado en suerte. Lo admiramos todos, profesores y alumnos. Fernando Gascó, que me daba Instituciones Griegas y Romanas, decía con razón que lo sabía todo hasta el siglo XVI.

    Y sí, yo también he recibido carta de Adrados, carta a la que no puedo responder, porque él conoce mi dirección, pero no pone ninguna en el remite, y porque la verdad, parece poco interesante para responder. Yo también estuve en el congreso de Valencia, escuché notables fruslerías y salí, eso sí, bastante frustrada de la mesa de Didáctica, como comenté en mi blog.

    ¿Qué pasa en Estudios Clásicos? No sé, pero debo ser de esos que al no haber participado [en ninguna directiva, se entiende] no puede aspirar a presentarse a cargo, por una ley no escrita de la que nos informa el sr. Adrados y que garantiza el continuismo ahora cuestionado por . Pero en Canarias también se presenta una candidatura alternativa a la tradicional, integrada por profesores de secundaria.
    Desde luego, algo está pasando en este mundo nuestro donde los dioses a veces salen del Olimpo.

    Me alegra que en medio de tanto ruido, el espléndido magisterio de Juan Gil, sin estridencias, sea reconocido.

  2. Hola Olga. Me alegro mucho de que este humilde recuerdo a Juan Gil haya sido motivo de alegría para ti. La verdad es que en las últimamente revueltas aguas del mundo clásico aquí, en este país berzotas, surge como una luz en la ventana el magisterio único e insustituible de este formidable ser humano. Conocía tu blog y tus observaciones sobre la famosa mesa redonda del congreso, igual que toda la polémica que ha rodeado al ilustre y fruslero vocablo. Lo que me parece es que habéis sido excesivamente cautos y respetuosos, porque como bien dices, la intervención de Mercedes Madrid fue muy estimulante, pero la de sus sucesores… en especial la intervención de esa señora de Salamanca, que no me acuerdo cómo se llama fue, al menos para mí, indignante. De hecho, tras la abortada mesa, porque era más importante el politiqueo, claro, que hablar de esta cuestión, me vi obligado a beberme unas pocas cervezas a ver si se me pasaba el cabreo. Pensé escribir una entrada en el blog, pero lo dejé pasar al final. ¿En qué planeta vive esa señora? ¿En qué planeta viven los organizadores a quienes se les ocurre invitar a hablar de “didáctica del Griego” a esta señora? En lo que a mi concierne, no existe ninguna diferencia entre hacer lo que ella dice hacer o someter a sus pobres alumnos (no dijo cuántos tiene) al tercer grado. ¿De qué se trata? ¿De que nuestros alumnos adquieran ciertas habilidades y amor, sobre todo amor, por el mundo antiguo, curiosidad, sorpresa, o de que sean todos unos Lasso de la Vega? Porque la cosa es que algunos profesores de Latín y Griego siguen pensando que TODOS sus alumnos van a estudiar Filología Clásica. Mira, llevo nueve años dando clase, y sólo una alumna ha decidido cursar nuestra carrera. Algunos han estudiado Latín en la facultad porque han hecho alguna otra filología, y, según me han ido contando, sin problemas para alcanzar el nivel que se les pedía y aún más. Eso sí, todos mis alumnos, sin excepción, hasta los más bandarras, me han dicho en perspectiva que yo les enseñé a mirar con otros ojos la antigüedad, a respetarla y a quererla. Ahora algunos dicen que menos motivación y más aoristo segundo (¿y a quién le importa el aoristo segundo como cuestión moral más que a ti o a mí?), menos teatro y más acusativo de relación. Por supuesto, nuestra amiga ponente daba clase en un Instituto de Salamanca y de pata negra (aunque conozco ese instituto y sé lo que le gusta hacer a los chicos a la hora del recreo, más todavía antes, cuando el barrio chino estaba en su apogeo). Yo llevo ocho años dando clases en un pueblito de tres mil habitantes, al lado del instituto hay una pocilga de cochinos, de verdad, todo muy bucólico. Es un centro comarcal, de una zona, los Montes de Toledo, que no se caracteriza en realidad por el alto nivel cultural de sus habitantes. Y mira que en estos años he tenido mis grupos de Latín y Griego bien nutridos, con una media de quince alumnos (incluso en segundo). Y me he peleado a muerte por hacerles AMAR a Roma, a Atenas, a Corinto, a Micenas, a la tierra de Lavinia…¡Cómo no indignarme al pensar que en otro planeta se sigue viviendo en el siglo XVIII! Muy bonito, pero irreal. Todo ha cambiado. Nuestros alumnos son otros, y es lo que hay. Por fortuna, gracias a estas nuevas redes comunicativas parece, en efecto, que los profesores de secundaria empezamos a tener voz clara y a hacernos oír como nunca antes. Tal vez nos gusta hablar más claro. Una última cosa: al salir de la mesa redonda famosa, me puse a discutir con unos estudiantes de Filología Clásica que habían admirado la rigurosa exposición germánica de la adalid de Willamowitz que había terminado recién de hablar. Como todo sea así, menuda la que se nos viene encima. En un sintagma: La muerte de la Filología Clásica. Añado tu blog a mis enlaces. Un fuerte abrazo.

  3. No estuve en el polémico Congreso. Tengo la certeza de que la Ponente criticada, con bastantes años de dedicación absoluta a la enseñanza del Griego en el Bachillerato (desde antes de los tiempos del BUP), haría , como es habitual en ella, una exposición bien preparada, meditada, documentada y fundada en la experiencia. Si todavía enseñamos esta materia en Secundaria, en buena medida es por sus esfuerzos en defensa del Griego y la Cultura Clásica desde los primeros tiempos de las Reformas, allá por el 1985 y siguientes, en las comisiones de expertos y al pie del cañón, en el aula del San Isidro, ( un Instituto normal, grande,céntrico al que acudían jóvenes de la periferia también…) de Madrid.
    Sé que despierta el interés por el mundo clásico en muchos alumnos ( de un Instituo normal, ahora en Salamanca, con estudiantes de variada condición como en cualquier Centro público) y que muchos de ellos han llegado a ser buenos profesores de Griego y de Latín, supongo que muchos más se habrán dedicado a otras profesiones y conservarán la afición por nuestro origen grecolatino.
    También tengo constatada la admiración hacia su rigor intelectual, por su entrega a la tarea del día a día o su disposición a escuchar y colaborar con quien le pida ayuda.
    ¿Por qué no es adecuada su presencia en una mesa de Didáctica? ¿No se trata de comunicar experiencias, enfoques, posibles modos de actuar…? ¿Cuando no funciona el ordenador, seguimos cautivando a nuestros chicos con las humildes herramientas de la palabra antigua, el folio , la reflexión y el boli, sabemos entendernos, nos damos cuenta de quién habla o de qué intenta decir … o no somos nadie sin la cacharrería electrónica ?
    Aclaro que a mi también me gusta aunque la consuma parcamente… Un saludo

  4. Estimada Síope,

    tal vez mi tono en el comentario hacia la exposición de la profesora en cuestión resulte un poco duro. Mi intención desde luego no es restar méritos a su trabajo como docente y a su lucha en pro de las lenguas clásicas, mucho más desde luego que el mío propio que es, además de corto, irrelevante dados sus exiguos y más bien patéticos logros (y no estoy haciendo ironía).

    Mi crítica va en un sentido que, más racionalmente, intentaré explicar: evidentemente se está produciendo en el mundo de la enseñanza de las lenguas clásicas una querelle, tal vez irresoluble, entre dos posturas bien definidas, la que hunde sus raíces en el tradicionalismo exacerbado de la docencia más tradicional (y deviene, para bien o para mal, elitista), y la que busca enfoques más estimulantes para el alumnado con la intención de, a la vez que se forma en el conocimiento de las lenguas clásicas y el mundo antiguo, se transmita interés, curiosidad y amor por la disciplina (hasta para el alumno más desinteresado, dicho sea de paso). Es obvio que yo, como Mercedes Madrid, me adhiero a esta segunda postura, que por otra parte, no debiéramos olvidar, es mucho más acorde con los preceptos legales (aunque para bien decir, en defensa de la primera postura, y por citar a mi querido B. Dylan “para vivir fuera de la ley tienes que ser honesto”).

    No sé por qué razón, al mismo tiempo, se ha establecido una curiosa dicotomía: el recio profesor tradicional es el que tira de tiza y texto, el “tipo moderno motivador” tira de cacharrería electrónica. Pues mira, la verdad es que yo utilizo bien poco estas nuevas tecnologías en clase. Me lo propongo, intento usarlas para ver cuestiones de morfología con algunas presentaciones que hay por ahí, para exponer realia, pero a lo más que llego es a dedicar un par de sesiones a informarles de los sitios más comunes, para que tengan conocimiento de la cosa, y poco más. Así que no sé, me parece que todo consiste en supuestos previos que condicionan, sí, el desarrollo de la asignatura y el resultado obtenido. Repito: no dudo de que con la preparación de la profesora en cuestión el que haya estudiado Filología Clásica se habrá bebido a Píndaro, pero el que hizo Derecho las tuvo que pasar canutas, y me parece que no hay tampoco derecho hoy a eso, dados los tiempos que corren.

    E insisto: no pretendo deslucir los más que probados méritos de esta señora, pero creo que la realidad de la enseñanza de las clásicas en Bachillerato HOY no tiene nada que ver con eso, salvo que sólo se dé Latín y Griego en institutos de Madrid, Salamanca y Granada y los alumnos vayan en palmitas después a la Facultad. Mira, se da Latín en Landete, en Quintanar de la Orden, en El Coronil, en Jarandilla de la Vera, en Piedrahita, en Ribadeo, en los cuatro confines de España. Y la realidad en cada uno de esos sitios suele consistir en tener que atender a jovenes por lo general desmotivados , que han cogido Latín y Griego por escapar de las Matemáticas, que no saben si irán a la Universidad o cogerán un ciclo de Buena Alimentación. Nos puede gustar o no, pero esto está así. ¿Qué más querría yo que poder dar Latín como se daba en el antiguo Bachillerato? Ya me gustaría traducir en clase a Tácito, a Horacio, a Catulo. Pero, edepol, esto es irreal. Y no se puede confundir a quienes van a las aulas por primera vez. Uno tendrá suerte y dará Bachillerato Internacional en la crema de Barcelona, pero otro irá a un pueblo perdido en una sierra y tendrá que enseñar la lengua de César. Yo también pude llevar una vez a una alumna al C. Ciceronianum, y se apañó con un texto de la República del de Arpino, no corto, no, y pude leer con ella Cartas, y el De Senectute. Pero eso es un mirlo blanco.

    Ahí radica el error. La exposición de esta profesora NO ES REPRESENTATIVA DE LO QUE SUCEDE AHORA. Pido disculpas si he podido ofender por mis palabras previas. Desde luego, más indignante y sin perdón todavía es la planificación de la SEEC colocando esa Mesa Redonda antes de la inauguración. Eso sí que no tiene excusa. La exposición de la profesora fue impecable. Lamento sinceramente si alguna de mis palabras se ha tomado por una ofensa real. Está claro que cada uno hace lo que puede, lo mejor que puede, y así vamos avanzando. Se puede disentir, pero así de cruel es la vida amigos. Saludos.

  5. Hola! Estuve en el congreso y creo que fui uno de los que hable contigo a la salida de la charla y, puesto que no pudimos en ese momento intercambiar ideas, te agradecería que me escribieras un mail con tu correo, porque me gustaría retomar esa conversación que se quedó a medias. Un saludo

  6. Queridísimo amigo y “compare” Antonio:
    Mis felicitaciones más sinceras para el profesor D. Juan Gil y a ti estrenar casita virtual (ya te he puesto en mi blog). A mí me impartió la optativa Latín Medieval, tal vez su especialidad más querida. Además de la vastísima erudición que a diario desplegaba en sus clases D. Juan y el atisbo de un trato amable y sencillo (que no digo que no sea algo muy importante en un profesor), a mí no me aportó como docente nada. Sin lugar a dudas que es un grandísimo investigador, estudioso y erudito. Tiene mi consideración más alta, mi respeto más profundo y mi admiración por sus escritos. Pero a mí me hubiese gustado sentir alguna vez al Profesor, al enseñante, al docente. D. Juan está en otro mundo distinto al de algunos/as compañeros/as de la SEEC, a su vez, yo, como educador y amante de las Humanidades Clásicas, también estoy en un mundo muy diferente a él y a otros/as muchos/as (en la “Lamparolandia” o “Luminolandia” de los Relatos verídicos de Luciano de Samosata) Un abrazo muy fuerte y muy sentido, querido amigo.

  7. Llego tarde a esta entrada interesantísima especialmente por los comentarios. Recoges muy bien el sentimiento de muchos de los que acudimos al congreso y nos maravillamos con las palabras de Mercedes Madrid. Luego me contaba que su compañera de mesa había sido también compañera de estudio en Salamanca. Parece increible lo diferente que han evolucionado estas dos docentes, reflejo muy representativo de dos extremos en la enseñanza de las clásicas en nuestras aulas.
    No creo, como apunta Siopé, que la vertiente innovadora tenga que ir unida al alejamiento de la tiza, ni que el uso de medios tecnológicos comporte innovación necesariamente. Se trata de algo más, de mirar, escuchar y comprender a los estudiantes que tenemos delante o hablar solos (aunque sea con pizarra digital).
    Es una lástima que algunos profesores se aferren a los polirrizos como si en ello les fuera la vida. No saben lo que se pierden de disfrutar en sus clases con sus alumnos.

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