De rampantes y dimediados

Ayer fui a hacer la compra, como un vulgar españolito de a pie, ya sabes, cebollas, patatas, pizza y lasagna congelada; zumito, cerveza, judías, algo de carne, sin tocino, eso sí, y a ser posible, todo de marca genérica para no gastar mucho que la cosa esta muy mala y peor que se va a poner. Pues allí que está vuestro amigo Kuratti en la caja, después de meterlo todo en bolsitas de plástico ad hoc, pagando con la tarjeta de plástico y firmando con un boli virtual sobre una pantallita de plasma, cuando veo que a una señora, madre de familia, de clase media y respetabilidad supuesta, se le cae al suelo el carné de identidad. Salto y se lo digo, ya sabéis, “oiga, señora, que se le cayó el carné (o deneí)”. La mujer se agacha, sin duda ha captado mi mensaje; desciende lentamente, más rápido que lento, diantre, y con gracilidad sibilina prende del suelo el tarjetoncio que te tiene fichado. Oiga, que qué petardo es que se te pierda el deneí. Tienes que ir al cuartel de la pasma, que te llenen los dedos de tinta (ya me parece que no), esperar no sé cuánto, soltar la tasa de turno, etc. Si a mí se me cae el deneí y me llega alguien y me lo dice, le invito a una cervecita, cuando menos. Pues la fulana esta va y coge el carné, se lo mete en el bolsillo, y no es que no me dé las gracias, no, ¡es que ni me mira! Ante tal desaguisado empiezo a hacerme preguntas: ¿tendrá problemas intestinales?¿Acaso mi mirada, como la de Medusa, petrifica? Ya está: tiene afonía. Desgraciadamente, según enfilo la cuesta de tan inspirador templo de la cotidianeidad, mis respuestas empiezan a ser cada vez más deprimentes.

Vivimos en un país y en un tiempo que ha perdido absolutamente el norte. Se está produciendo una mutación genética que está convirtiendo a los seres humanos en cosas inútiles y, lo que es peor, en insultos andantes, con físico íntegro pero con el intelecto hecho puré. No hay quien lo arregle. Buena muestra hemos tenido estos días con el muestrario público de las bondades morales de nuestra clase política. Clarividente, Juan L. Cebrián hablaba hace poco en un artículo titulado “Demócratas, mediócratas, miedócratas” (El Pais, 3 de marzo) de la mediocridad rampante (esto es, que puja por hacerse más grande, como las garras del león) de dicha clase, y siguiendo con el símil heredado de Italo Calvino, de la detención del poder en manos de líderes demediados (él, que está condicionado ideológicamente, se refiere a líderes de derecha, pero a mí me da exactamente lo mismo: en su demediadura a mí se me ha perdido su nombre). ¡Qué asco! Políticos que dan saltitos y hacen signos propios de imbéciles, al tiempo que exhiben sus miserias oratorias por televisión. Cebrián decía: el hijo listo hace negocios, el tonto se mete a política. Es una forma de medrar, sin creer en nada, digo yo, nada más en lo que importa: cobrarla. Porque no me puedo creer que sean tan idiotas de verdad (y apelo al sentido griego, y al no tan griego). Mi nihilismo procaz no puede llegar tan lejos. ¡Qué asco! Pero claro, llego y me encuentro a la figura del supermercado, que seguramente llegará al instituto o colegio de su hijo exigiendo del guardanenes de turno (profesor quiero decir: para quien no esté en el ajo, hoy la escuela es básicamente una guardería de niños y adolescentes donde se fomenta que los nenes sean buenos ciudadanos, es decir, buenos consumidores y gastones) que le enseñe bien la tabla de multiplicar y que cuidadito que no se pase, y que para educarle ya está ella, y entonces a mí me entran las del Beri, deseo salir corriendo, esconderme en la vieja prosa y rezarle a Tucídides para que entre tanta mierda, salga la perla que un lejano día él se tragó. Un día en el que el hombre era hombre y los árboles daban su fruto.

“País bocazas” (Los DelTonos, en Ríen mejor)

~ por Antonio en marzo 11, 2008.

2 comentarios to “De rampantes y dimediados”

  1. Me parece bien el tono y la idea general del articulo, pero el apoyo en y la referencia a Cebrian son realmente desafortunados. Ese individuo es uno de los mayores incapaces e incompetentes que conozco. La idea que expresa es, como no, un aforismo argentino que en España popularizó hace algun tiempo, Mauricio Macri, a la sazón presidente de Boca Juniors. Y el daba ejemplo, pues su hermano era un alto cargo peronista y el era empresario de exito ( a la sombra del poder peronista, por cierto). Y la prueba de la inconsistencia de Cebrian esta en su escritura. ¿ Has leido alguna vez algun texto suyo que valga la pena ? No me digas que sí, que me deprimo.

  2. Bueno, para tu calma te diré que la cita de Cebrián se debe simplemente al hecho de que había estado leyendo hacía poco a Italo Calvino, no porque “lo apoye”, y la doble referencia a ‘El barón rampante’ y ‘El vizconde dimediado’ me hizo gracia, porque era muy pertinente. Esto es: la clase política de hoy se caracteriza por su ambición rampante y por su cortedad de neuronas. Claro que él lo llevaba a su terreno, pero la idea me servía mitológicamente. Y Cebrián me importa un comino (y sí, escribe como el culo). En realidad no recuerdo ningún otro texto, aunque seguramente lo haya leído de pasada en el periódico. Ni fu ni fa. Es que no me importa nada. A decir verdad, aquí quien no corre vuela, y mi nihilismo escéptico está llegando a límites obscenos. A veces hasta me preocupo. Oye, Remond está en mi librería. Ya hablamos.

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