Praxinoscopio

Praxinoscopio” es un término que acuñó Èmile Reynaud para dar nombre al aparato, inventado por él, que conseguía generar imágenes de dibujos en movimiento. Reynaud es uno de los pioneros del cine. Antes incluso de que los hermanos Lumière hicieran sus primeras proyecciones públicas, sus Pantomimas Luminosas, en el teatro Grévin de Paris desde octubre de 1892, se habían convertido en una de las sensaciones del momento. En realidad, el Praxinoscopio era inicialmente una especie de juguete de uso individual: un tambor perforado cuyo interior giraba y permitía que el usuario contemplara las imágenes en movimiento por un agujero. El desarrollo posterior del invento, a través de un simple proceso de mecánica de espejos, le permitió proyectar pequeñas historias argumentales, con personajes sacados de la Comedia del Arte y música sincronizada, sobre una pantalla. Fue, en definitiva, el inventor de los Dibujos Animados, por lo que si tenemos en cuenta que, desde Disney, es éste un género plenamente consolidado como tal, no se hace muy complejo reivindicar para las proyecciones públicas del Grévin y para Reynaud, el acto fundacional de la historia del cine, en detrimento de la función del 28 de diciembre de 1895 del Salon Indien y de los Lumière (¡premonitorio nombre!), cuyo éxito, por cierto, acabó con la fortuna y suceso de Reynaud, muerto en 1918 en un manicomio en Ivry sur Seine.

“Praxinoscopio” quiere decir “Aparato que permite ver acciones”. En Paris, en el moderno barrio de Bercy, junto a la rutilante pasarela Simone de Beauvoir sobre el Sena, se encuentra hoy la nueva sede de la Cinemateca Francesa, fundada por Henri Langlois en 1936 (junto a George Franju y Jean Mitry). El edificio actual, diseñado por Frank Gehry, alberga la colección de películas más importante del mundo entero, en una ciudad que considera que el cine es una manifestación del alma humana tan elevada como la más alta literatura, que trata a Rosellini bajo el mismo prisma que a Flaubert, y que piensa que una edición de una película de Hitchcock no es un objeto de consumo, sino una cuestión moral. En 1968, Langlois fue objeto de una persecución política que acabó en una tumultuosa manifestación ante su eventual despido como director de la institución e, incluso, ante el cierre de la misma. Los apoyos internacionales a la gestión de Langlois subrayan la arbitrariedad del hecho, pero más aún la reunión de fuerza que los hombres que se habían hecho como cineastas en las salas de la Cinemateca: Truffaut, Chabrol, Godard, Rivette, Resnais, un grupo de hombres que habían hecho estallar los presupuestos condicionantes del cine y que habían dotado al deseo de hacerlo de una palabra que se le había escamoteado en las lides del cine de productoras: libertad.

La Cinemateca Francesa alberga una exposición permanente que reune los objetos que Henri Langlois recopiló durante años de pasión. La mitomanía se ve recompensada con la contemplación del rostro original de la madre de Norman Bates, legado por el mismísimo Sir Alfred Hitchcock; con una reproducción del robot Maria de Metrópolis, construida por el mismo Walter Schultze-Mittendorf, diseñador del original; con el vestido de Anne Baxter en Eva al Desnudo o con un retrato de la Gelsomina de La Strada dedicada por la mismísima Giulietta Massina. Es una colección hecha por el hombre que más amó el cine, un hombre que legó a la posteridad el más preciado don de esa historia hecha de luces y fracasos. Pero más impresionante todavía es la colección de objetos pioneros, el zootropo, los aparatos de Edison, Lumière y, por supuesto, Èmile Reynaud. En una emocionante esquina, la bailarina y polichinela te recuerdan que el éxito de unos hizo que los sueños de otros se hundieran en el Sena y en la demencia. La luz del Grèvin brilla desde el tiempo fantasmal de aquel acto fundacional.

En el cementerio de Montparnasse, un barrio hoy ajado y que ha perdido toda su bohemia y espíritu literario, cerca de las tumbas de Sartre y Beauvoir, Cortazar, Baudelaire, Gainsbourg, Philippe Noiret o Cioran, se encuentra el sepulcro más peculiar que existe en el mundo. Es un sepulcro que no es una tumba, sino un monumento al cine. En lugar de una fría losa de mármol, un cristal protege un enorme collage: Antoine Doinel, Rhett Butler, Tom Joad, el Artaud de La pasión de Juana de Arco, los ojos del Doctor Mabuse, Keaton en The General, los reflejos de Orson Welles y Rita Hayworth, los niños del Paraíso, desde lejos, desde el silencio de la luz: Henry Langlois (1914-1977), “Ese dragón que vela por nuestros tesoros”.

Tumba de Henri Langlois (pulsa para descargar foto)

Autour d’une cabine, Èmile Reynaud (1894), Pantomima Luminosa

~ por Antonio en marzo 16, 2008.

Una respuesta to “Praxinoscopio”

  1. […] El Bloggie de Kuratti Vol 2. Deja un comentario […]

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