Prefiero la mentira

Adquirí recientemente la flamante nueva edición de Fellini Ocho y Medio, publicada por fin en DVD en nuestro triste país (Cameo Media), emulando en su presentación y contenido la inmejorable versión publicada por Criterion hace algunos años, en su línea maestra de ediciones soberbias de títulosa fundamentales. La edición “de lujo” contiene, además de la película un breve ensayo de Horacio Vázquez Rial, titulado Mostrar y demostrar (que comienza apabullador con la frase “Uno de los grandes misterios del siglo XX es el de la desaparición del cine italiano”), y un DVD extra con un mágico documental de MK2 titulado Fellini, sono un grande bugiardo (Fellini, soy un gran mentiroso), ademas de entrevistas a Sandra Milo, Storaro y Lina Wertmüller, junto a una introducción del mismísimo Terry Gilliam. El documental es una de las más recomendables e iluminatorias filmaciones que he visto jamás. Recoge imágenes de rodaje (Satyricon, La cità delle donne, Casanova), filmaciones de los lugares fellinianos (Rimini, las calles de Roma, Cinecittà, el desolado paraje donde Guido se encuentra al fantasma de sus padres, el hotel donde se aloja el mismo Guido) y testimonios sorprendentes de quienes estuvieron cerca del Maestro (Tullio Pinelli, Sutherland, Terence Stamp, Italo Calvino, Benigni, de su amigo de la infancia “Titta” Benzi). El documental, realizado por Damian Pettigrew, dura 100 minutos, pese a que en la carcasa exterior se nos indica que no llega a 70, data del año 2002, y es un éxito soberano, sobre todo porque su curso está trazado a partir de un elemento fundamental: la exploración de su obra que hace el propio Fellini. Escuchar las palabras del gran Federico significa escuchar el devenir mental de un sabio, de un genio, de un hombre que es capaz de penetrar en su propio sinsentido a través de una gran mentira. El cine de Fellini siempre ha sido mentiroso, pero esa falsedad es más verdadera que la propia verdad. La obsesión del cineasta con los escenarios artificiales, por ejemplo, es el más claro paradigma de cómo a través del arte es posible romper el criterio de veracidad y hacer una realidad más verdadera que la propia realidad. En el documental, Fellini cuenta cómo al llegar al mar auténtico decía que ese era el mar, pero que no le gustaba; mas al ver los invernaderos de Fregene, el plástico extendido como un mar le hacía sentir la belleza de ese fraude impostado. Por eso, el mar de La città delle donne es un mar de plástico. Pensad en Roma, ese fresco diabólico sobre el modo de ser de la Ciudad Eterna: Fellini prefirió reconstruir el Trastevere en estudio, igual que la Via Veneto de La dolce vita. Esta elección por la falsedad como medio de expresión es, sin duda, una de las más irreconciliables actitudes artísticas de la obra de Federico Fellini, algo que lo separa de cualquier otro director y lo emparenta únicamente con el otro gran mentiroso de la historia del cine, Orson Welles.

Sin embargo, hay otro aspecto, del que también se habla aquí, que a mí siempre me había resultado muy llamativo del modus operandi de Fellini: nunca, o casi nunca, usó sonido directo, de manera que mientras los actores hacían su escena, él podía hacer indicaciones sobre la marcha, explicando lo que tenían que ir haciendo. Hasta tal extremo era esto una constante de su modo de dirigir, que nunca, por lo que parece, daba una indicación previa a los actores. “Ve hacia la puerta”, se cuenta en la película que ordena, y claro, un actor felliniano ni duda, pero uno británico tiene que preguntar “¿Por qué voy hacia esa puerta?”. Claro: “¿A ti qué te importa que por qué vas hacia esa puerta? Vas y punto”. Un uso de los actores completamente guiñolesco que llega a su máxima expresión con los diálogos que tenían que pronunciar: por lo normal, los actores de las películas de Fellini sólo tenían que contar, uno, due, tre, uno, due, tre, poniendo la expresión adecuada a lo que estaba sucediendo. Luego se les doblaba. Es famosa en este sentido la elección de Mario Romagnoli, dueño de la trattoria Il Moro (que era su apodo), sita en Vicolo delle Bollette, junto a la Galeria Colonna y la Fontana di Trevi, para hacer el papel de Trimalción en Fellini-Satyricon. El hombre no había actuado jamás, ni volvería a hacerlo, pero sólo se tenía que preocupar por poner caras y contar, uno, due, tre, uno, due, tre. Alejándose de cualquier perspectiva academicista del oficio de actor, Fellini era ajeno a cualquier implicación de escuela de la máscara con su personaje. La legendaria entente entre el Maestro y Mastroianni tiene su raíz, fundamentalmente, en que Marcello siempre comprendió esto, como bien se explica en el documental. Fellini siempre quiso utilizar su cine como una terapia, como una huída hacia delante de los propios condicionantes de su vida, fueran el miedo a la muerte, su equívoca relación con Giulietta y las mujeres, los sueños que retrataba con fidelidad en un cuaderno, su ciudad natal que él nunca pinto como era, sino como él quería que fuera o su romance infinito con la luz, según confiesa aquí, fundamento del arte cinematográfico. Federico Fellini, sí, fue un gran mentiroso, lo cual me hace desear no escuchar ya nunca más verdad alguna. Sólo sirve la mentira.

Lectura recomendada: Kezich, T. Fellini, Barcelona: Tusquets 2007

Fellini y Manara: dos heterodoxos en el mundo de la Novela Latina

~ por Antonio en abril 13, 2008.

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