El carnicero de Plainfield

Plainfield es el nombre de muchas ciudades y pueblos de Estados Unidos. En Wisconsin, en el condado de Waushara, hay un diminuto pueblito llamado así que, según el censo del año 2000, tenía una población de apenas 533 personas. Sin embargo, el nombre de esta tranquila comunidad del noreste del país, cercana a los Grandes Lagos, irá asociada en la memoria de la historia de lo trágico, perverso y bizarro, al nombre de su vecino más conocido, Ed Gein. El tal Gein era un hombre de vida gris, un tipo que al parecer había sufrido en su infancia maltrato paterno y, al mismo tiempo, había desarrollado una fijación por su madre rayana en lo edípico. Mrs. Gein había muerto en 1945, y desde entonces Ed había vivido solo, haciendo chapucillas por el pueblo y trabajando en un aserradero. ¿Quién podía imaginarlo? Tras aquel hombrecillo apocado, poco sociable pero aficionado a dejarse llevar por cierta tendencia lenguaraz, se encontraba uno de los más perturbados psicópatas de la macabra historia de los asesinos en serie. La historia es conocida, y si no, podéis saber de ella en alguno de los enlaces que os dejo por aquí. Más llamativo resulta el fenómeno que nace de todo esto: la atracción morbosa y pueril que la figura del carnicero de Plainfield sigue despertando en la psique colectiva, igual que tantos psycho killers como Chikatilo o Charles Manson. Las historias de sordidez, carne, sangre, vísceras y putrefacción son capaces de seguir alimentando sueños enfermos y generar incluso seriales televisivos de opípara audiencia, à la versión castiza o en la noche de los mundos. Porque existe una extraña frontera entre la ficción y la realidad que los consumidores de este material a veces no son capaces de discernir.

Por lo pronto, Gein, él solito, ha inspirado tres de las mayores obras maestras de la historia del cine de terror (en realidad dos de ellas son adaptaciones de una novela): Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960, basada en un libro de Robert Bloch), La matanza de Texas (Tobe Hopper, 1974) y El silencio de los corderos (Jonatham Demme, 1991, basada en un libro de Thomas Harris). Aunque la semejanza entre los tres psicópatas, Norman Bates, Leatherface y Buffalo Bill, no parece evidente a primera vista, su denominador común es la siniestra persona de Gein: absorbido por su madre, su habitación estuvo intacta tras su muerte, y él mismo reconoció haberse comunicado con ella tras el deceso, al menos durante un año, como Bates; sus tendencias transexuales, como las del delicado Norman, iban más en la dirección de Buffalo Bill, porque Gein gustaba de hacerse trajes con la piel de los cadáveres conservados en su casa (debe decirse en descargo del carnicero, que sólo fue posible probar el asesinato de dos mujeres, Bernice Worden y Mary Hogan: Gein fue básicamente un profanador de tumbas, que le servían para elaborar un pecualir mobiliario); como Leatherface y su simpática familia, Gein hacía con los restos de cadáveres conservados en su casa todo tipo de enseres domésticos, ceniceros, candelabros, sillas, hasta una sartén hecha con un corazón disecado. Como no podía ser menos, el carnicero de Plainfield tuvo su propio biopic, una chapucerilla peli dirigida por un tal Chuck Parello (Ed Gein: In the Light of the Moon, 2000). En ella, se intentaba indagar en la psique y las motivaciones de Gein, sobre todo en la influencia de los recuerdos de su madre, que se presentaban al espectador como la clave del necrófilo comportamiento del psicópata. De hecho, algunas de las explicaciones psicoanalíticas que se dan en la película, recuerdan a las (erróneas) explicaciones del médico al final de Psicosis.

Dicen que la furgoneta en la que Gein llevaba los cadáveres (ya de sus víctimas, ya de los cuerpos desenterrados) fue puesta en venta y comprada por algún enfermizo coleccionista de objetos en la órbita del mito sanguinolento. No os quepa duda además de que si alguien se detiene hoy en Plainfield, Wisconsin, será para conocer la tumba de Gein (fallecido en 1984, después de largos años de ser un recluso modelo). Podéis echar un vistazo a estas fotos de su túmulo funerario. Como es fácil comprobar, sobre la lápida hay escritos. Uno parece que dice “guns don’t kill” (las pistolas no matan). También es curioso que en las fotos se ve una que es de una tumba distinta, acaso una que sustituyó la original (la foto es la añadida en Find A Grave hace menos tiempo). La casa que se ve era el peculiar museo de los horrores de Gein, y recuerda un poco a la de Psicosis: es una casa normal, pero las connotaciones grotescas que contiene, la convierten en un monstruo. Atraídos por el morbo enfermizo de la sangre y la putrefacción, de las moscas que revoloteaban por casa de Gein, los turistas, en la ruta hacia los Grandes Lagos, se detienen en Plainfield y visitan el horror. ¿Hace que el ser humano se sienta más seguro saber que el terror ha cesado? ¿El mito cinematográfico o literario busca la realidad, como cuando se persigue el fantasma de Vlad Dracul entre los páramos de Transilvania? ¿O es que acaso existe un oscuro recoveco de la mente humana que, en el fondo, envidia la osadía de un monstruo del calibre de Ed Gein, el carnicero de Plainfield? Al fin y al cabo, nadie tiene un mobiliario tan divertido.

Psycho Killer, Talking Heads, 1977

~ por Antonio en abril 29, 2008.

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