El señor “Poqué”

Alberto Savinio (1891-1952) era el seudónimo bajo el que se escondía el verdadero nombre de Andrea Francesco Alberto de Chirico, hermano del famoso pintor italiano Giorgio di Chirico (aunque nacidos ambos en Grecia, en Volos). Fue un hombre intrépido intelectualmente, comprometido con la vanguardia, pintor como su hermano, músico y escritor. Gracias a un buen amigo, Pepe Ruiz, he tenido la oportunidad de conocer en la pluma de Savinio uno de los textos más hermosos que he leido en los últimos tiempos, Tragedia dell’infanzia, una semblanza de recuerdos articulados por la memoria trágica de un autor poco conocido en España, muy poco traducido, pero digno de ser reivindicado. Para animaros a buscar por ahí el cálamo de Chirico, me he decidido a hacer una tentativa de traducción de uno de los capítulos más cautivadores, “Il Signor <<Peché>>”, de la edición que manejo (Einaudi 1991).

“Felizmente los obstaculos se apartaron del camino de mi destino. Por esta vez, la terrible Vieja [la Muerte, N. del T.] no se detuvo. El ruido de sus pasos se alejó en la noche.

Una mañana el sol dió de lleno sobre mi catrecillo, en su rayo millares de personajillos venían a darme los buenos días. Relucía la pulpa del limón cortado por la mitad, brillaban los frasquitos ordenados sobre la mesita de noche. En la cuchara de plata, las gotas que habían quedado del jarabe se habían vuelto rubí.

¿Así se hacen los milagros?

Yo sabía lo que ningún otro podía saber, veía aquello que ningún otro conseguía ver. La luz que de mis ojos y de mi corazón había deshecho la oscuridad, no venía del sol sino del rostro de mi buena mamá, donde la sonrisa, al igual que la estrella emerge de la nube, había vuelto a brillar.

Aquella sonrisa yo la acogía con gratitud, pero de buscar la secreta causa que la había hecho volver a florecer, me cuidaba bien. Las dolorosas pruebas soportadas poco antes me habían enseñado que el más dulce bien de la existencia debe ser aceptado incondicionalmente y sin examen, y que desvelando las causas recónditas de mi reconquistada felicidad, me arriesgaba a estropearla de cualquier forma y a precipitarla nuevamente en los terroríficos peligros de los que me había librado de milagro.

Mamá me suministraba la limonada, el vino tónico, las bebidas comúnmente de fácil ingesta, pero era incapaz de vencer la resistencia que yo oponía al calomenano [cloruro de mercurio utilizado como laxante y antiséptico, N. del T.]. La hora del calomelano, la más fea del día, era la única huella del pasado oscuro que el retorno de la luz no había conseguido disipar.

Al acercarse la detestable cucharilla de hueso rompía en chillidos estridentes, me arrojaba hacia la pared, y en un desesperado intento de salvación me metía en el fondo de la cama “haciéndome el buzo”.

Como para reducirme por la fuerza hacía falta una mano de hierro, mamá deponía las armas y dejaba su lugar a papá.

Éste entraba desfilando desde el fondo de la habitación, con el lento avance solemne de una fuerza segura de sí y que nada puede detener. Metido en fragua con aquel poderoso hombre, cada intento de resistir resultaba vano.

Aunque las operaciones que cumplíamos a despecho no merecían premio, la ingesta del calomelano me era compensada con un gajo de naranja, y en la fragancia del fruto divino mi rabia se deshacía.

El aroma del fruto dorado -aquel mismo que las Hespérides guardaban en el mágico jardín que florecía en los confines de Occidente, y de donde ha quedado entre algunas gentes mediterráneas el nombrar la naranja con el nombre de Portugal [las Hespérides guardaban manzanas de oro, es decir, ese es el mítico origen de la naranja, que sería esa manzana dorada, y así Savinio utiliza el mito para explicar el nombre griego de la naranja, portokali, porque muchos ubicaban el jardín de las Hespérides en Madeira, N. del T.]- suscitaba imágenes de jardines en forma de corona alrededor de golfos tranquilos, donde el disco del mar, parecido al ojo de una diosa, resplandece a la luz del mediodía.

El olor de las naranjas hoy no consigo disociarlo de horrendas visiones de tumbas destapadas, de humeantes amasijos de muertos, de cadáveres putrefactos. Pero que la prudente naturaleza, compadeciéndose de nosotros y el trágico destino de nuestra vida, oculta bajo aromas el acre hedor que emanan sus poros, ésta es una verdad que en aquel tiempo no sospechaba de ninguna manera.

De todas formas el gajo de naranja no era un remedio para calmar mis dudas.

Cuando todo había cambiado, ¿por qué tenían que obligarme todavía a tragar aquel brebaje amarguísimo?

-Porque el calomelano-respodía mi padre- limpia las tripas de los niños.

-¿Po qué?

-Porque en el calomelano no hay erre ni ese.

-¿Po qué?

-Porque el farmacéutico no las ha puesto.

-¿Po qué?

-Para que los niños lo puedan beber sin revolverse.

-¿Po qué?

Papá hinchaba los carrillos, arqueaba el sobrecejo, echaba fuera todo el aire que tenía en el cuerpo.

-¡Acabemos! Demasiadas cosas quiere saber el senor Poqué.

Las maneras bruscas son una treta demasiado evidente. Si seguía insistiendo: -¿Poqué?¿Poqué?- mi padre quedándose claramente sin argumentos, intentaba salirse con la suya haciéndome cosquillas en los sobaquillos.

¡Escapatorias!

Mientras mi padre aparentaba no pensar en los feroces sentimientos que me daban brincos dentro, bien porque los consideraba indignos de atención, bien porque también él, como tantos padres, no sospechaba qué clase de impacable juez tenía él dentro de su propio hijo, yo, apretando la mandíbula contra el pecho para aliviar las tormentosas convulsiones de la risa, masticaba veneno pasándolas canutas siendo además motivo de diversión de aquel poderoso hombre, pero forzado por sus manos a una hilaridad obligada y humillante.

Así fue como me gané el sobrenombre de Señor Poqué. El cual tal vez me conviene aún. Pero mientras en aquellos lejanos y crédulos tiempos yo me enfadaba, pataleaba, y me consideraba víctima de la fiera injusticia de los mayores si a una pregunta no le seguía presta y persuasiva la respuesta, hoy, estoy acostumbrado a la injusticia no ya de los hombres sino de los mismos dioses que inefablemente nos gobiernan, me he resignado al inviolable silencio en el que están varados mis “por qué”.

Mientras revisito en compañía de la pia Mnemosine las huellas de aquello que fui, y rotos los anclajes del presente navego los fabulosos mares de la infancia, un cruel geniecillo tal vez se complace rompiendo mi conmovedora ilusión.

Huye el pasado atemorizado por la luz.

¿Soy yo todavía aquel mismo Señor Poqué?

Resurjo de un sueño sobrehumano: un sueño vergonzante.

Mi desesperada curiosidad pide socorro al espejo.

Junto a mi imagen me topo con aquel pequeño fantasma de mí mismo y le grito:

-Tus apariciones son vanas, señor Poqué. Ya no nos parecemos en nada. Debemos separarnos.

Entonces, asustado y de mala gana, desciende lentamente no sé si en el oscuro fondo de mí o en los brillantes abismos del espejo, y deja libre de él mi imagen, en la desolada realidad del presente.

Hoy, padre, no te agobiaría más con mis “por qué”. Tranquilos y en silencio, gozaríamos la paz de la calma curiosidad, de los deseos apagados.

¿Por qué no vuelves entonces?”

Alberto Savinio, Tragedia dell’infanzia, Einaudi pp.10-14

Para los padres que soportan impacientes las preguntas, para Juan Oliván y para Rafael Curado… y para Julio Megía después de una larga sesión de “¿Po qué?”

~ por Antonio en junio 20, 2008.

4 comentarios to “El señor “Poqué””

  1. Maravilloso texto. Maravilloso.
    Consigue que echemos la vista atrás, a nuestros años de infancia (¿quién no se ha tenido que tomar algún brebaje asqueroso? ¿quién no ha intentado poner a prueba al adulto, especialmente al adulto por excelencia, tu propio padre?), pero al mismo tiempo, parece compadecerse de quienes ahora criamos hijos, y capeamos como podemos las avalanchas de “Poqués”. De todos modos, en el fondo de todo, cuando tu niño te pregunta “Po qué el fuego quema”, “Po qué las plazas de toros son redondas” o “¿Las hormigas cagan?”, aparte del fastidio de dar una respuesta más o menos coherente y que el enano la entienda (y, sobre todo, que no dé lugar a una nueva pregunta), está la enorme satisfacción de ver cómo le trabaja el coco al niño. Y no puedes evitar sentirte proyectado en él.

  2. Hey, Kuratti!

    De Savinio publicó algo en los años 80 la benemérita (entonces) editorial Siruela. Buscad en http://www.iberlibros.com los que estéis interesados.

    Pero ahora hay que estar al NET!

  3. ¡¡Ya estamos al NET, my Dear Otto!! Hope to see ya soon!!!

  4. Efectivamente ante las sucesivas preguntas de los niños hay veces que nos mostramos impacientes. Deberíamos ser más comprensivos y satisfacer su insaciable curiosidad, ya que ésta es una muestra de sus deseos de aprender y de comprender.

    Un abrazo, amigo.

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