Came so far for beauty

El paseo marítimo de Algés se encuentra yendo desde Belém, a una pequeña caminata andando por la ribera de la desembocadura del Tajo, hacia el suroeste de Lisboa, junto a una fea población en el límite de la ciudad blanca llamada Oeiras. Si estás al lado de los Jerónimos, hay un pequeño paseo, pero si eres vago puedes coger el tranvía, o hasta el tren, y te deja allí en un santiamén. Belém era un lugar sagrado para mí, pero ahora lo es más la fea curva de la industriosa Oeiras.

Para llegar a Lisboa desde Toledo tienes que buscar la carretera de Extremadura, la A-5, cogiéndola desde, por ejemplo, Valmojado, aunque también te puedes ir a Talavera o a cualquier otro punto de enlace. Para mí siempre ha sido más fácil Valmojado. Luego tiras directamente todo el tiempo por autovía, dejas atrás los campo extremeños, las leyendas sobre Proserpina, los pueblos de los conquistadores, el complejo hostelero de Juan Porro, y cuando entras en Portugal por Elvás empieza la carretera a pedirte euros. No importa. El templo de la supuesta Diana de Évora te llama desde el filo del camino, pero tú sabes que lejos, a unos kilómetros de distancia, hay una ciudad de tono blanco, olor a salitre viejo, llena de calles empinadas y de rotondas que te hablan de libertad y reformas, de incendios y de terremotos, de guitarras y de tristes lamentos nocturnos. Una ciudad a la que le cae como un guante el adjetivo “bello”, poseedora insigne de su abstracto “belleza”.

Lisboa es una ciudad con muchos alicientes para el viajante. La plaza del Rossio hace las veces de foro hundido en el valle que queda entre los promontorios de Alfama y los del Barrio Alto, Rua Garret, Chiado, los garitos que te ofrecen las mejores caipirinhas y pesados camellos que te susurran “hash” todo el rato al oído. Pero yo no había viajado en busca de esa belleza. Yo había viajado con un único objetivo: ver a Leonard Cohen en directo.

Si hace tres años me hubieras dicho que iba a ver a Leonard Cohen en directo, me hubiera reído en tu cara. Así son las cosas. Pero eso no importa ahora. Leonard Cohen está en la carretera otra vez, sea por lo que sea, pero está. En una entrevista, Javier Mas, el guitarrista aragonés que acompaña magistralmente las evoluciones de Cohen, ha afirmado que el plan es tocar durante un año y ya. Un tour mundial, que por ahora sólo es canadiense y europeo, un tour que lleva a Cohen a descifrar las claves de un repertorio bastante poco variable de fecha a fecha, pero ni falta que hace que lo varíe. Sí, lo habíamos estado escuchando, teníamos los shows, Manchester, Dublin, Moncton, Toronto; el tubo está lleno de videos, de día a día, de instante a eternidad. Cohen en teatros, Cohen al aire libre, Cohen cantando ‘I’m Your Man’, cantando ‘Everybody Knows’. Los foros arden, la prensa se deshace en elogios y aplaude generosa el esfuerzo titánico de comunicación y música. Estamos en la onda. Sabemos de qué va esto.

Pero si te pones en la familiar valla, aunque las cosas se estropeen un poco y parezca que se despega del suelo, y ves aparecer al hombre en escena, te das cuenta de que no sabes nada de nada. He estado en muchos conciertos. He escuchado muchas ovaciones. He visto cómo un estadio gigantesco grita al compás un nombre mientras se agita la ola de la grada. Pero nunca había visto recibir nunca a nadie con tanto amor. De ida y vuelta. Leonard Cohen entra corriendo, está feliz. Elegante, rápido y despacio. En los países de habla inglesa habla antes de empezar. Aquí no. Tal vez tema que no lo entendamos. No hay problema. La música comienza a bailar despacio. La potencia de los bafles está apagada, la música remite pausadamente, como un eco. Leonard Cohen se arrodilla junto a Javier Mas y comienza a cantar. Ni yo ni todos los que me acompañaban sabíamos nada en ese momento, quiero decir, no sabíamos nada de la vida, nuestra vida era fea, oscura, no sabíamos sumar, ni hacer restas, ni juntar dos palabras en una frase. Tartamudeamos. Miro a mi alrededor. Veo lágrimas, pero no son de emoción: son producto de algo mucho más inaccesible. Tal vez son fruto de la repentina convicción de que el deseo puede más que el dinero, de que el futuro ya no es cosa del pasado, que tal vez el futuro sea asesinato.

Leonard Cohen publicó su disco The Future en 1992. Las canciones de aquel disco lanzaban una mirada irónica y escéptica, casi apocalíptica, a los tiempos presentes y recién venideros. Pero su mensaje no sólo no ha quedado obsoleto sino que, más allá de las convenciones cronológicas, permanece recio y firme. En Algés ‘Closing Time’ sonó no como una canción de cierre de concierto, sino como un aviso, como lo que es. ‘Anthem’ masticó el horizonte de unas campanas que han dejado de sonar y ‘Democracy’ advirtió de los peligros esenciales que perviven hoy todavía dentro de esa perversa forma de gobierno. Cohen ha hecho bien en centrar su repertorio en las canciones de The Future y I’m Your Man, y no sólo porque esas canciones se adapten como un guante a su feroz voz de liturgia suspendida, sino porque esas canciones hablan de la verdad, en un tiempo en el que la verdad parece que se ha podrido definitivamente. Por eso necesitábamos su vuelta.

De pronto, cantó ‘Hallelujah’. Cohen estaba a cinco metros de nosotros. Se colocó al borde del escenario. No estaba interpretando. Fuimos testigos inmediatos de cómo su voz se rompía, de cómo la epidermis de la emoción colmaba cada poro de su cuerpo, rejuvenecido por el arte de no se sabe qué Euterpe dulcificadora. En cada climax, en cada bajada desde una nota mayor a una nota menor, desde el silencio de un acorde secreto, el público que me rodeaba quedaba absolutamente atrapado en el extraño proceso de ese ritual. En lo que a mí concierne, nunca había visto una interpretación tan embriagadora, tan de otro tiempo. Fue el momento definitivo de mi vida como espectador de conciertos de rock.

Los amantes del anecdotario que acompaña al star system se regocijaban en la prensa patria, un par de días después, de la lección magistral que dio Cohen en el negociete del FIB. Los cazaestampitas iban contentos con la foto de Cohen junto a Morente, e insistían en su provecta edad. ¿Por qué? La cuestión no es los años que tenga un músico, ni lo que hizo. Durante años, hemos disfrutado de lo que Leonard Cohen hizo. De pronto, tenemos la oportunidad de disfrutar de lo que está haciendo. Una sonrisa que es la otra moneda de una misma concepción de acercarse al mundo, desde lejos, desde muy lejos, para buscar siempre lo mismo: la belleza. De paso, nos la legan a nosotros, como una herencia que vale más que el dinero, que vale más que el oro y que las piedras preciosas.

‘Hallelujah’, 19 de Julio del 2008, Algés, Lisboa

~ por Antonio en julio 24, 2008.

3 comentarios to “Came so far for beauty”

  1. Lo que pasa es que Antonio… Es mucho Antonio…
    Y el padre de Antonio… Es mucho padre de Antonio…

  2. Compartimos al menos tres “aficiones”: Dylan, Cohen y Lisboa.
    En tu blog he averiguado de dónde viene “Alexandra Leaving”. Me ha hecho apreciar aún más lo que es mi “canción de la semana”. Saludos

  3. Casi vuelvo a llorar, leyéndote, Antoñito…

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