El rey Leónidas

Durante los cálidos días del verano pude, por fin, leer un libro al que tenía muchas ganas de hincar el diente: Termópilas, de Paul Cartledge. Mr. Cartledge es profesor en Cambridge, especialista en la historia antigua de Grecia y -como sucede a una gran mayoría de eruditos británicos- su prosa tiene la virtud de, sin perder un solo ápice de rigor científico, hacer que la lectura de su obra te atrape sin aspavientos, no eludiendo la fina ironía si procede -Cartledge argumenta muy efectivamente a favor de Heródoto, por quien siente predilección ante Tucídides, subrayando que el historiador ateniense, tan presuntamente científico y riguroso, no dudaba de la existencia de un personaje como Minos, tratado expresamente en Heródoto como una máscara mítica- y sabiendo siempre arañar la coraza de la superficie para revelarte los recovecos más ocultos del tema que está tratando. En este caso un episodio histórico muy de moda últimamente por la película de Zack Snyder basada en el cómic de Frank Miller, 300: la pírrica victoria de los Persas ante la resistencia griega comandada por un selecto grupo de trescientos espartiatas homoioi a las órdenes de su rey Leónidas. El sacrificio espartano permitió a las fuerzas griegas comandadas por el ateniense Temístocles infligir a Jerjes y los persas la decisiva derrota de Salamina y, posteriormente, Platea (480-479 a. Ch.), por las que se garantizó la libertad de las poleis griegas y, en lectura profunda, la historia occidental se escribió de un modo muy distinto al que hubiera podido ser de no acontecer la gesta de Leónidas y los trescientos -quienes, por cierto, no estaban solos como la película parece retratar: el papel de los de Tespias, fue muy relevante en la lucha.

La primera edición española del libro era de tapa dura, y aunque el separador de portada intentaba vender el volumen apelando a la conexión con la película de Snyder, no llegaba a los extremos de la edición de bolsillo que, directamente, está ilustrada con un afiche de la misma. La cosa tiene su miga, pues la estrategia de la editorial (Ariel) no es excesivamente pulcra: los potenciales fans de bulto de la película, que eventualmente podrán, desde luego, disfrutar de la excelente prosa de Cartledge, no tienen por qué estar necesariamente acostumbrados a la lectura de este tipo de género, es decir, el ensayo histórico más riguroso que puede existir. Por ejemplo, Cartledge defiende la posición de Heródoto como antídoto contra el fundamentalismo, teoría indiscutible que difícilmente será aprovechada en toda su extensión por los eventuales lectores de librería de Termópilas. Discúlpenme, tengo mis reservas cotidianas acerca de la genuina divulgación del conocimiento del mundo antiguo que produce best sellers como los de Lane Fox o los del propio Cartledge, igual que las tengo respecto a la ambigua simplificación de los saberes clásicos en el actual sistema educativo español. Pero menos es nada: el acercamiento del público en general a ese mundo, a través de productos de tan excelente factura como la magnífica serie Roma, de HBO, o de pestiños tan insufribles como la película de Oliver Stone sobre Alejandro Magno -con asesoría de Lane Fox, por cierto-, son una prueba patente de que la antigüedad clásica es capaz de atraer y seducir ahora tal vez más que nunca.

Sin embargo, lo que más me ha satisfecho de la lectura de Termópilas ha sido el descubrimiento casi inefable de la razón de un detalle que siempre me había resultado hermético y ajeno: ¿cómo es posible que un rey espartano como Leónidas luchara en cabeza de batalla con ese denuedo lacónico y descarnado, propio del carácter y la bélica formación espartiata? Pues así resulta que los únicos espartanos que estaban exentos de la infrahumana formación militar -y educativa en un sentido pleno, no lo olvidemos, agogé– eran los herederos al trono doble de la polis más poderosa del Peloponeso, miembros de las familias tradicionales de los Europóntidas y Agíadas. La razón de ello es que Leónidas, Agíada, no era heredero natural del trono, sino que lo obtuvo tras la dramática muerte de Cleomenes sin descendencia masculina. Leónidas era su yerno, y como cualquier espartiata había recibido la educación que forjaba el carácter infranqueable de los espartanos. Sólo así se explica el arrojo de un rey. En la página 146, de la edición de bolsillo, Cartledge se molesta para nuestra iluminación en reproducir a pie de página un texto de Thomas Paine, quien en Sentido común, opúsculo contra la tiranía y en pro de la libertad del yugo hereditario publicado en 1776, argumentó contra la estupidez de la realeza:

“Los hombres que se consideran nacidos para reinar, y que se persuaden de que otros viven para obedecerlos, no tardan en volverse insolentes. Al tenerse por escogidos de entre el resto de la humanidad, ven temprano cómo sus mentes se inficionan de altivez. El mundo en el que desarrollan sus actividades se diferencia tanto del mundo en general que apenas tienen oportunidad de conocer cuáles son sus verdaderos intereses, y cuando acceden al gobierno demuestran ser, con frecuencia, los más ignorantes de cuantos habitan sus dominios“.

No se pueden decir las cosas con más claridad. Leónidas no estaba infectado de ese virus de la realeza. Su lucha en nombre de las leyes de la ciudad es la lucha de un hombre que no ordena, que no ve una realidad distorsionada, sino que sabe anteponer la libertad de su pueblo al absurdo predominio de la prosapia. La realeza que genera hombres estúpidos como la saga de los Borbones sólo se justifica, en sí, por las acciones accidentales de reyes al mando de una lucha inmortal: en realidad, Leónidas es el único rey que merece la pena.

~ por Antonio en septiembre 4, 2008.

10 comentarios to “El rey Leónidas”

  1. Aunque no soy nada amigo de la novela histórica, me apunto la recomendación por venir de quien viene. Un fuerte abrazo, querido amigo (aunque estamos muy desconectados desde hace un tiempo).

  2. Dimidium mei, a pesar de tanto tiempo que no hablamos. Te llamaré de inmediato. Pero el libro en cuestión no es una novela histórica -por la que siento la misma poca afición que tú- sino un ensayo muy sesudo. Un abrazo!!!!

  3. gran anotación, kurato.

  4. Gracias, Antonio, me ha hecho muy feliz ese genitivo partitivo, o lo que sea. Un abrazo.

  5. Acabo de ver “300” y me he venido a tu blog. Voy a leer el libro que glosas.

  6. Oh, Valentín, ¿no la habías visto? Hazte con la antigua, ‘El León de Esparta’, y si no te la paso yo. Es mucho mejor, e inspiró además a Miller.

  7. Muy interesante post, Kuratti dilecto. ¿Pero cómo se os ocurre perder el tiempo con las tesis criptofascistas de Frank Miller y compañía? La historieta “300”, aunque gráficamente estimable, es de ideología más que dudosa, y la adaptación cinematográfica es un auténtico bodrio. Hay una peli de espartanos de la senectud de Jacques Tourneur, de esas pagadas por los italianos, que es harto más distraída.

  8. La de Tourneur creo que era La batalla de Maratón, no sobre las Termópilas: la buena antigua de las Puertas Calientes era la de El León de Esparta (The 300 Spartans) de R. Mate, con Richard Egan de Leónidas, y no te quepa duda de que también inspiró a más de un prócer. Ya sabes cómo le gustaba a Adolf Hitler equipararse a los antiguos espartanos.

  9. Cierto, Kuratti sapientísimo. La de Tourneur es “Maratón”. Pues hablábamos del mismo filme entonces, el de Maté. ¿Eso se encuentra en dvd?

  10. Sí que está editada, creo que en la serie esa de la Fox que iba dentro de una cajita en plan bonito pero luego ni extras ni na (Pasión de los fuertes, Laura, etc). Si no la encuentras yo te la paso, aunque creo que sólo la tengo en españió de Castilla por un míreme allá esas descargas. La de Tourneur la tengo en VHS (si no me deshice de ella en un espurgo de esos de vetusta cinta magnética). Esa estaba también fetén, porque el prota era Filípides.

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