Viaje de dos sin ninguno

El cine, al igual que la literatura, la pintura o la música, tiende constantemente a regresar a lugares comunes, a problemas, digamos, universales que son desarrollados de una u otra forma, a veces como manera de contribuir a fortalecer el conocimiento del espectador, a veces como catarsis personal del autor, como expurgo personal de pasiones o preocupaciones, otras como ambas. No cabe duda de que el abanico de esos topoi o lugares comunes es amplio, pero en realidad el alma humana es más simple de lo que se puede suponer seráficamente, y los problemas que pueden plantearse en el arte, por ejemplo, en lo que concierne a las relaciones entre personas, son muy limitados.


A veces pienso, así, que cuando existe una interpretación definitiva de una determinada instancia del mundo personal, no hace falta seguir abundando mucho en ello, so pena de caer en la abusiva reiteración que tanto mal ha hecho a la expresión de las cosas en el arte. Entonces, me digo, a otra cosa mariposa. Existen muchos directores de filmografía canónica que se han dedicado con gran profundidad a escudriñar -y éste es el caso que nos interesa- en las crisis de pareja, matrimoniales o no. Vienen nombres inmediatamente: Bergman, Allen -estos dos seguramente se te figuran antes que nadie-, Cukor a su manera, Truffaut, quienes se te ocurran: seguro que esas relaciones son un tema recurrente en el cine, y más de un tiempo a esta parte. Y resulta que el otro día estuve revisitando Viaggio in Italia, de Roberto Rossellini, de 1954, protagonizada por Ingrid Bergman, a la sazón su esposa por aquel entonces, y el gran George Sanders. El título es de fácil comprensión, obviamente –Viaje a Italia, por si hay algún despistado-, pero en España la película se tituló Te querré siempre, infanda “traducción” entre otras cosas porque éste es el ejemplo más aberrante de eso que ahora llaman spoiler, es decir, “aguafiestas”, algo que te revela un detalle crucial del argumento de lo que sea, película en este caso -otro famoso ejemplo es la “traducción” de El bebé de Rosemary, que te cuenta qué es ese bebe. Habida cuenta de que el film de Rossellini narra la historia de un matrimonio en crisis que viaja a Napoles para hacerse cargo de una hacienda que han heredado, y que se tira toda la película porfiando y mostrando sus agudas desavenencias, ya me diréis qué os permite suponer el optimista y tan romántico título español.

Pero eso es otra historia. Lo que quería proponer al reflexionar sobre Viaggio in Italia es que no ha existido ninguna necesidad para que ningún otro autor haya realizado jamás ninguna exploración sobre las crisis de pareja, porque ya llevaba las de perder desde el supuesto puntual de que Rossellini había realizado ya esta película. Tan diáfana y tan profunda es la exposición del maestro. Jamás he visto una película que haga un uso de la simbología tan poderoso. Nunca he visto a ningún actor o actriz expresar la angustia y la insana impaciencia como a Bergman o a Sanders aquí. Revisad la escena en la que él regresa de sus andanzas nocturnas y ella finge haberse despertado, contemplad el rostro de Ingrid Bergman aquí. Toda la película está estructurada en la articulación de dos comportamientos que convergen y divergen todo el rato, en el choque entre deseada armonía y dulce aburrimiento, en la necesidad y en lo inalcanzable. George Sanders, como Mr. Joyce, da palos de ciego por un festivo Capri buscando echar una cana al aire, ya sea con una mujer sola que resulta no estar sola, o con una prostituta callejera. La escena en la que Sanders dubita sobre si subir a esta última a su coche o no, dando vueltas en redondo, es el retrato más descarnado de la voluble moral perversa masculina, simbolizada aquí por esos giros indecisos que pueden concluir en el éxtasis de la carne y en el horror vacui del espíritu.

Por su parte, Mrs. Joyce, encarnada por una Ingrid Bergman en la plenitud de su arte interpretativo y de su otoñal belleza, distrae su ansiedad visitando los lugares más evocadores de la ciudad de Napoles y sus alrededores. En cada parada descubre con pavor cómo en todo lo que ve hay signos de la historia que le hablan de su propio sufrimiento: así el conjunto escultorico del Toro Farnesio, mostrado con el habitual afán didáctico de Rossellini, golpea sin compasión la conciencia de una mujer que no tiene hijos porque su matrimonio decidió eso -la impresionante escultura muestra cómo Anfión y Zeto vengan a su madre Antíope; la gruta de la Sibila de Cumas le muestra los rincones donde los enamorados acudían a preguntar a la anciana sacerdotisa sobre su porvenir como amantes; incluso el fenómeno químico de la ionización de las fumarolas de los Campos Flegreos habla a su conciencia: hay que añadir fuego al fuego para que arda. Y sin embargo, no es sino en la confusión definitiva de su status como pareja, en Pompeya, donde se muestra con más concisión cómo el terror de una mujer y un hombre a la soledad de la separación puede mezclarse con lo liviano de la extrema fugacidad de la vida biológica (puedes verlo en el video adjunto). Hay algo que ata en esos lugares. La bahia napolitana sirve para que Rossellini, empeñado en desnudar el alma de sus personajes con actores como ya es imposible que vuelva a haber, exprese la finura de su comprensión de las cosas hasta un límite inexplorado por entonces, inútilmente perseguido después.

Actual, vigente, poderosa, Viaggio in Italia permanece como un hallazgo definitivo de la historia del cine y hace que todas las tentativas posteriores por comprender lo que mueve a las relaciones de pareja -al menos las duraderas- sea, en el mejor de los casos, una redundancia, y en el peor, una cosa absurda.

~ por Antonio en octubre 6, 2008.

3 comentarios to “Viaje de dos sin ninguno”

  1. Qué tal es la edición de Suevia de la peli? Sé que no tiene extras, pero me pregunto si la imagen y el sonido están a la altura…

  2. No es gran cosa, la verdad. Luego se me plantea una cuestión: la copia que tengo tenía banda de sonido en italiano y en español. Pero el video adjunto está en inglés, que me da que es el idioma de la V.O. (junto al italiano claro). Suevia son unos chapuzas, tú ya lo sabes, pero menos da una piedra.

  3. Pues sí, unos chapuzas del copón. No recuerdo ya la cantidad de cabreos que me he cogido a cuenta de estos tipos… Lo malo es que tienen un catálogo interesante, y o pasas por el aro o no las ves…

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