De exposiciones

La atracción por las civilizaciones antiguas no parece tener fin. Aún y cuando los que nos dedicamos a la enseñanza de la antigüedad clásica nos tenemos que devanar los sesos para conseguir atraer alumnos a nuestras marginales asignaturas -diseñadas por el genio del currículo para que su percepción siga siendo la del hueso duro de roer y mascar-, las cada vez más habituales y comunes exposiciones que tienen como referente alguna milenaria y desaparecida gente recibe un sin número de visitas, codazos y reservas que desean tocar, aunque sea de refilón, algún mínimo rescoldo del exótico misterio que les ha vendido el sistemático procedimiento de venta ligera al público de la tele, internet o los grandes cartelones publicitarios. Persas, etruscos, egipcios, griegos, romanos, chinos, hetitas llamán sin cesar al interés genuino del domingo por la tarde, mientras que fundaciones y amasacuartos se regocijan de su éxito simpar.

Llamo la atención sobre lo que pasa en Madrid, foro de unión de tribus urbanícolas, etnias, pociones y seducciones a la carta. Ahora mismo es posible dedicar un día entero a exposiciones temporales de esta guisa. Puedes irte al Matadero de Legazpi a ver Tesoros sumergidos de Egipto, a Caixa Forum a por Príncipes Etruscos y, para rematar, a la muestra temporal del Prado, cedida por la Staatliche Kunstsammlungen de Dresde, Entre dioses y hombres. Hace no mucho, el extravagante espacio del Canal de Isabel II nos permitió echar un vistazo a un díscolo muestrario de las costumbres y los espacios de los romanos, y un tanto antes sobre los egipcios. Por supuesto, el Museo Arqueológico sigue ofreciendo interesantes muestras que escudriñan en lo viejo que es nuevo, y no hace mucho los etruscos tuvieron, como ahora en otra parte, su turno, con piezas verdaderamente impresionantes, como los restos del frontón del templo de Portonaccio en Veyes.

El asunto es el siguiente, ¿es fácil separar el engaño de aquello que funciona, efectivamente, como una muestra didáctica, estimulante y nueva? Llegados a este punto, he comenzado a pensar en un procedimiento muy simple: cuanto más te cobren por entrar más riesgo correrás por que te den gato por liebre. Así con la famosa exposición de los tesoros sumergidos de Egipto. Una estafa, simplemente. Si vas al British Museum no te cobrarán ni un penique en la puerta, sí, allí donde se encuentra la piedra Rosetta que tanto sirvió a Champolion, allí donde están los mármoles de Lord Elgin y los restos ínfimos del maravilloso Mausoleo de Halicarnaso. Creo que aquí iba la cosa por trece euritos de nada. Me parece que nunca había pagado tanto por entrar a una exposición, museo o lo que fuera. Un cuento chino, egipcio en este caso, mucho panel, que viste carencias, claro; piezas bellas por alí, es inevitable, pero dispuestas en medio de una oscuridad que pretende retrotraerte a las profundidades marinas de donde han salido esas enormes estatuas de no sé si Amenhotep, Ramses o quién sea. Porque sales y no te has enterado de nada. Ahora, souvenirs todos los que quieras. Y el espacio pues así modernito, de las reformas estas tan innovadoras que dan feeling a la ciudad. Y colas, como dicen en mi pueblo, “pa reventá”.

La contrapartida: los Príncipes Etruscos en Caixa Forum. Gratuita. Un espacio no muy extenso y una colección de piezas selectas, sin ninguna joya de relumbrón, no hay un Apolo de Veyes, no hay una Císta Ficoroni, esto no es Villa Giulia, ni el Louvre, ni siquiera la impresiva y reciente muestra del Arqueológico, pero allí están representados casi todos los aspectos relevantes del mundo de Etruria. Por supuesto se sigue insistiendo en la cosa del misterio etrusco, porque hay que vender la etiqueta que mejor conviene al eventual público que echará allí la tarde del domingo. Un tópico crucial que la etruscología en vano se esfuerza por borrar, inútilmente porque en él reside gran parte de la errática atracción de dioses y hombres por tan avanzada, sofisticada y fundamental civilización. Pero eso no eclipsa el gran mérito didáctico de la exposición, que es un modelo de cómo hay que hacer una exposición divulgativa, que pretende acercar algo a quien quiera saber aunque sea, o mejor, por echar el rato. Allí están Tages, las tumbas de Tarquinia, sarcófagos sedentes, simbología, textos “indescifrables”. Los príncipes llegan desde la remota Etruria para reivindicar su sentido último de ser, transmitido a través de la esencial enseñanza del pueblo romano que supo asimilar las instituciones primordiales de su disciplina.

Y mientras, en el Prado se forman colas de no te menees para ver la muestra de Dresde. Todavía no he ido y estoy deseándolo, como deseo cuando voy al museo en cuestión bajar a darme una vuelta por la excelente colección de estatuaria clásica que alberga. Es un lugar al que me gusta ir porque no hay nunca nadie. Así disfruto de Antínoo, de la maravillosa copia que se conserva del Diadúmeno, mejor si cabe que la que sale en los libros de arte, la de Atenas. Me pregunto cómo no se les ocurrirá a los responsables del Prado hacer una exposición temporal con ese Diadúmeno en portada. Quiero decir, lo mismo que tienen pero vendiéndolo como una exposición única. Ya ha pasado a menudo cuando les da por hacer una super muestra de Velázquez con los mismos fondos del museo más la Venus del espejo u otra pieza cedida gentilmente por la National Gallery. Verías cuánto personal guardaba cola expectante por cinco, seis, siete horas para ver ese misterioso rostro de Antínoo en el que tanto me gusta refocilarme en mis tardes más nostálgicas, en soledad y en silencio.

Dioses y hombres, Museo del Prado, EFE

 

~ por Antonio en noviembre 28, 2008.

Una respuesta to “De exposiciones”

  1. Llamamé para ir a ver la escultura clasica y nos agarramos la no menos clasica cebolla.

    Esto lo escribi hace más de un año en mi cacharro. Tiene algo de relación con lo tuyo…

    Ante la vista de los objetos raptados que tiene mi amiga tita (Que quiere cambiar la configuración del urbanismo urbano porque a ella le sale de las narices, vamos) en el Palacio de Villahermosa, a veces me siento muy feliz. Otra veces por deformación profesional pienso en el devenir de los museos ahora que se abre el claustro que ha lucrado a los curas (lo que nos pone a la misma altura y grandeur que los franceses, creemos). A donde llevamos la concepción de un museo. ¿Hacia popularizar el Arte, o hacia la exclusividad de la cultura? La situación es en cierto modo caótica y esquizofrenica. Es el momento en que más éxito tienen, hay más museos que nunca y se suceden las exposiciones (hacen exposiciones con la mínima excusa, un día harán una sobre “el peinado español desde Berruguete a Saura”), que lucran tanto al museo que cede como al que recibe. Sin embargo ya no vamos al museo a descubrir como el Arte ha ido por delante de la historia, ahora vamos a un parque temático donde al mismo tiempo que podemos mirar de reojo entre 2oo personas un paisaje, podemos pedir hora para el restaurante del almacén de objetos raptados, que lo lleva el chef-rockero, Serji Arola. Después tendremos que pasar seguramente por narices (porque esta diseñado para que así sea) por el almacén de merchandising donde podremos llevarnos por 20 euros una alfombrilla para el ratón con El Guernica. Estamos en el postmodernismo del postmodernismo y la cultura se fabrica para las masas. ¿Para las masas? Se hace accesible a todo el mundo, y se convierte en una experiencia vital. Esto quiere decir que el Arte se transforma en un parque temático donde se puede pasar el dia, ya que están dando servicio para todo y todos. Ya solo me motivan los Románticos. Ir al parque de atracciones a codearse (de darse de codazos) con la peña es traumático. Nos han vuelto a levantar la cartera. La ampliación del museo es una vergüenza donde se ha vuelto a forrar la especulación y la santa madre.

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