Episodios

Los que entráis a menudo en esta página, os habréis percatado de que en la columna de la derecha -vuestra derecha-, entre “nubes de tags” y “posts más vistos”, he puesto una lista de reproducción que me costó sangre, sudor y lágrimas colocar ahí y cuyo fin es compartir mensualmente las canciones que en ese momento son más significativas para mí, por una u otra razón. Espero que sea de vuestro agrado. Por otra parte, durante estos días, tan calurosos y pesados, particularmente extraños durante este curso para un servidor, tenía ideas para varias entradas que, al fin y al cabo, la función que tienen es la misma de esa lista de reproducción: compartir preocupaciones, aunque sean episódicas y se desvanezcan con el tiempo, a veces con muy poco tiempo. Como resulta que estoy muy vago y poco inspirado -y espero que mi atribución de responsabilidad a la canícula no sea errónea-, he decidido hacer una entrada de múltiples formas para contaros lo que durante estos días ocupa mi cabeza.

Por empezar, y abundando en  el post que dedicamos no hace mucho a House M. D. (Todo el mundo miente), he estado leyendo a golpe de mata un librito muy curioso, House Unauthorized: Vasculitis, Clinic Duty and Bad Bedside Manner, una recopilación de ensayos breves muy agradables de leerse, incluso al azar. Se trata de un volumen incluido en la serie Smart Pop (Benbella Books, Dallas, TX) que aborda, desde una perspectiva muy rigurosa y analítica, algunos de los iconos culturales más recientes, fundamentalmente del cine, la televisión y el cómic. Hay entre los ensayos uno que me ha sorprendido profundamente. Se trata de “The little doctor who wasn’t really there” de Bradley H. Sinor. En él, el autor observa muy agudamente el papel de Wilson en muchos de los episodios como único amigo y confidente de Gregory House, arguyendo que, en realidad, esas conversaciones no son reales casi nunca, es decir, que el personaje existe y está allí, y es amigo de House, sí, pero que, cuando éste conversa con él, no está allí en realidad, lo cual parece confirmarse cuando se examina la actitud de Foreman, Chase o Cameron que ignoran casi sistemáticamente su presencia. Es -como oportunamente recuerda Sinor- como el maravilloso Harvey que acompañaba a un alienado James Stewart en la inolvidable película de Henry Koster. Bueno, si tenemos en cuenta que el libro está publicado en el 2007 con tan sólo tres temporadas en el aire, sólo podemos convenir dos cosas, o que Bradley H. Sinor es un genio visionario o que David Shore ha leído este artículo porque, evidentemente, aquí se prefigura el papel de Amber durante la quinta temporada y la psicosis de House. Ésta, por lo tanto, tendría raíces más profundas en su origen y es probable que la Vicodina haya contribuido mucho antes de lo que pensamos a acabar con nuestro querido doctor en el sanatorio -véase a continuación la promo de la sexta temporada: el primer capítulo durará dos horas y será una especie de remake de Alguien voló sobre el nido del cuco.

Otro psicótico maravilloso que he conocido estos días, en mi creciente afición por los seriales televisivos, responde al nombre de Dexter Morgan. Gracias a las recomendaciones de Alejandro, me hice con la primera temporada, la que narra la obsesiva búsqueda del asesino del camión de hielo y, literalmente, la he devorado. A decir verdad, dediqué un día a esa exclusiva tarea: vi de una sentada ocho capítulos. A excepción de un giro final del guión que me dejó un poco indiferente y decepcionado, el curso de los acontecimientos en Dexter es un modelo de narrativa exquisito, una perfecta muestra de cómo es posible expandir una trama mediante la superposición de capas y la definición periódica de los personajes, sobre todo del protagonista, un ser aparentemente afable con un terrible secreto que esconder y privado de los sentimientos más comunes en virtud de una traumática infancia -que lo relaciona con el psycho killer que persigue. Su trabajo es la sangre, examinar en la escena del crimen el recorrido de la sangre. Muy recomendable de verdad, y Michael C. Hall, el protagonista, un hallazgo -clavadito a José Tomás, por cierto. Los títulos de crédito son una pasada, a la altura del mejor Saul Bass (vease aquí una parodia muy curiosa que me descubrió m hermano Guillermo).

En el extremo opuesto a los desarrollos maratonianos se encuentra la última obra maestra de Sam Raimi, Arrástrame hasta el infierno, una película que demuestra lo que sucede cuando los grandes creadores se dejan llevar por la naturalidad y su propio arte en lugar de por dictados ajenos. Qué maravilla, una obra que hacía falta para recuperar la credibilidad de un género en franca decadencia, una obra que parece apelar y llamar a voz en grito a los talentos extraviados de Brian De Palma, de Peter Jackson, de Tobe Hopper. Drag Me To Hell es un retorno al terror oscuro de Evil Dead y al diálogo infernal entre vivos y muertos. Lo previsible se hace grande por previsible y lo exagerado se hace más presente por irreal. Raimi ha mezclado elementos que existían ya en su legendaria trilogía en un argumento que recuerda en último extremo al Tourneur de Night of the Demon (1957) para alegría del aficionado. Sam, menos arácnido o, por lo menos, con la pasta que te sacas sigue haciendo esto.

Terminé de leer estos días, por otra parte, la biografía de Cicerón escrita por Francisco Pina Polo, un maravilloso trabajo de erudición que pone al Arpinate bajo el juicio del lector, nunca del autor, que prefiere mantener la distancia crítica con el objeto de su trabajo. Dudo que existan libros tan completos y bien escritos en toda la enorme bibliografía que ha generado a lo largo de siglos Marco Tulio Cicerón. Era un libro necesario, que alterna la narración cronológica de la vida del cónsul del año 63, fundamentada sobre todo en su abundante correspondencia, con los aspectos más sobresalientes de su personalidad como hombre público e intelectual -su papel como teórico de la retórica, como filósofo, como hombre de estado, sus negocios, etc. La lectura del libro va sacando poco a poco, con precisión, el contorno de la contradictoria figura de Cicerón, elaborando un perfil psicológico que, ante todo, destaca indirectamente el terrible complejo de inferioridad que sufrió durante toda su vida -debido a su condición de advenedizo-, compensado por una vanagloria y una insolente apología de sus propios méritos que resultó irritante ya a sus coetáneos, no sólo a nosotros. Porque -y esto es lo que más me ha hecho pensar- cuando uno se enfrenta al mundo antiguo observa comportamientos y conductas que en virtud de nuestra propia dinámica nos son ajenas, pero la soberbia de Cicerón, empeñado en destacar una y otra vez su papel durante la conjuración de Catilina como “salvador de la patria” -un episodio más en realidad, no el más importante ni decisivo en el dramático teatro de los años finales de la República de Roma-, es tan patética per se como lo eran los defectos de Clodio, Marco Antonio o Verres que él inmortalizó para siempre en su magistral prosa. Paradójicamente, él se encargo también de retratar su indecisión, su cerrazón, su egoísmo desmesurado y, sobre todo, su vergonzosa cobardía. A César no le llegaba a los talones como ser humano.

 Precisamente, de decisión y valentía es de lo que están hechos los conciertos de Bruce Springsteen & The E Street Band durante este verano. Siendo como es una prolongación esta gira de la del año pasado, de la que mantiene los tics más molestos -la pantalla de detrás del escenario, los numeritos cara a la galería-, no se puede negar que Bruce ha decidido darlo todo para que el coste del esfuerzo y el dinero merezca la pena. Ya hablábamos no hace mucho de que, en cierta manera, la hiperactividad de la última década es un poco preocupante, sí, tanto como que permite augurar un pronto parón que, casi seguro, hace trizas a la legendaria banda de la calle E. Pero es lo que hay. Por lo menos hemos tenido la suerte de verlo. Estuve en el bolo de Sevilla el día 28 de julio.  El molesto calor, tres horas de cola y cuatro de espera, hicieron que ‘Badlands’ casi hundiera mi salud. Bajas la intensidad de tu propio reloj biológico para garantizar llegar a la meta pero es en los días después cuando te das cuenta de que has visto algo grande. Hubo momentos gloriosos, pero yo me quedo con ‘American Skin’, ‘She’s The One’, con Bruce reventando la armónica, y ‘Bobby Jean’ mientras Little Stevie pone cara de poker. La temporada de conciertos se cerrará en septiembre con Cohen -ya lo han visto estos golfos en León, pero yo me reservo- y comenzará en octubre con Billy Bragg (¡¡¡). 

Bueno, pues no diré nada nuevo si digo que el último disco de Wilco es una maravilla y que ‘One Wing’ es la canción del año, pero sí te advertiré de que si pasa por cerca de tu casa un individuo llamado Jeremy Jay salgas corriendo, madre mía, qué cosa. Eso lo hicieron en una serie de conciertos nocturnos en Sevilla, en la Cartuja, que han llamado Nocturama, como el disco de Nick Cave, para el público así modernito del que se lleva ahora, y lo único bueno que me llevé -aparte de la compañía, claro- fue la reseña de Together Through Life que aparecía en una nueva publicación sevillana, también modernita pero que tiene mérito, llamada Discóbolo (#3). La firma Jesús Martín Camacho y espero que no le moleste que la transcriba aquí. Muy buena, de verdad. Os la dejo como cierre y como regalito veraniego.

“¿Hay alguien que no se haya enterado de la salida del último disco del de Minnesota? Pues pongan su título en google y aparecerán centenares de críticas. ¿A qué entonces esta tardía? Pues, primero, a que no es una reseña sino por alusión absolutamente subjetiva y, segundo, a que mi memoria es cinematográfica y recuerdo cosas que no he vivido, sino visto en las películas y, por tanto, escuchar Together Through Life y desfilar imágenes por mi cabeza han sido uno; así me he preguntado: ¿Qué tal si hacemos un repaso sugerente y de paso recordamos viejas y nuevas películas? Permítanme compartirlo con ustedes. Este disco es: la suciedad en los dedos de Henry Fonda en Las uvas de la ira; el tractor recorriendo las mieses de Un verano en Lousiana; la púber Jennifer Connelly bailando en Érase una vez en América; el cosquilleo cuando golpeas las puertas del Cotton Club; la tibia inspiración del aire cálido en la calma lentitud de la carretera de Una historia verdadera; el dolor y el secreto de los amigos Sean Penn y Tim Robbins en el porche de su suburbio en Mystic River; la radio en cualquier coche de American Graffiti; el café en blanco y negro con sabor a pedregosa tierra seca de Zorba el Griego; el sudor de los pantanos nihilistas de El salario del miedo; el callejeo nocturno de Round Midnight; los metros recorridos antes de enfrentarnos Doinel su rostro victorioso en Los 400 golpes; el cínico y oscuro vacío de los pasos alcantarillados de Welles al final de El tercer hombre o Sed de Mal. Esto y mucho más. Seguro que ustedes tienen los suyos. Hagan la lista mientras escuchan a Dylan”.

~ por Antonio en agosto 7, 2009.

Una respuesta to “Episodios”

  1. […] estoy en estado de shock. No sé si recordarás cuando allá por verano escribí un post titulado ‘Episodios’ donde hablaba de algunas cosas a las que había dedicado el tiempo por aquella época. Una era la […]

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