El faraón iluminado

El único personaje de la antigüedad egipcia comparable en fascinación, encanto y misterio a las grandes personalidades de las épocas griega y romana, como César, Alcibiades, Pericles, Safo o Calígula, fue el faraón de la XVIII Dinastía (circa 1351-1334 a. Ch.) Amenofis o Amenhotep IV, al que la historia conoce mejor por su nombre herético, Akhenaton, “El que le es útil a Atón”. Werner Jaeger observó muy agudamente en la introducción a su monumental Paideia cómo monstruosa es la impresión que produce la rigidez casi intemporal de la historia del antiguo Egipto a través de los milenios, impregnado sin duda de esa impermeable y categórica opinión decimonónica, duramente superada, de la supremacía de la cultura de los griegos, una cultura de progreso y ruptura constante, frente a otra cualquier civilización de la antigüedad. Sin embargo, una vista, aunque sea superficial, de la historia de la tierra del Nilo demuestra que esa inmovilidad no es ni constante ni mucho menos un síntoma de decadencia cultural. No olvidemos que cuando nos situamos en los tiempos míticos en los que la tradición ha querido ubicar el trasfondo histórico de la epopeya homérica, i.e., el siglo XII a. Ch., la revolución amarniense de Akhenaton ya había tenido lugar, por no referirnos a la casi sobrehumana exhibición de evolución intelectual que significan las más impresionantes muestras de la arquitectura egipcia, especialmente la Gran Pirámide de Giza, anterior en dos mil años a los grandes monumentos de la Acrópolis ateniense. Akhenaton es la prueba constatable de que también en el antiguo Egipto el razonamiento y la iluminación, no sólo el avance tecnológico, podían conducir a hallazgos culturales capaces de sobrevivir e influir sobre la herencia humana.

La revolución amarniense es una revolución religiosa. Es decir, su fundamento es más religioso que humano, al menos a simple vista. Akhenaton acabó con el predominio de Amón, el dios tebano, en el panteón egipcio en beneficio de un único dios, el Atón, una esfera solar sin más atributo humano que una serie de manos que remataban los rayos solares que emanaban de ella. Esta ruptura, sin paralelo en la historia antigua por radical y tajante, tuvo su expresión física en la erección de la ciudad de Aketatón, “El horizonte de Atón”, en los terrenos de la actual  Tell el-Amarna, y con la pérdida de privilegios del clero tebano, unos privilegios que, a la larga, reportarían a los responsables del culto de Amón el dominio sobre el Alto y el Bajo Egipto, una vez consumado el postrer fracaso de la revolución amarniense después de extinguida la dinastía de los Ramésidas. Por esa razón, es legítimo pensar racionalmente que la voluntad de Akhenaton no era sólo la de rendir culto a su luminosa deidad protectora, sino modificar profundamente las estructuras tradicionales de un Egipto anquilosado en su propio avance y en ancestrales costumbres inmovilistas. Sea como sea, se trata del primer y peligroso acercamiento del ser humano a un pensamiento monoteísta.

La memoria del faraón hereje fue borrada por Horemheb, a la postre fundador de la XIX Dinastía, la que nos ha legado los maravillosos hipogeos de Abu Simbel. Precisamente por este acto simbólico, la imaginación colectiva se ha visto si cabe más seducida por los misterios que rodean el cisma de Amarna, y en especial por la gran esposa real, Nefertiti, “La bella ha llegado”, cuyo rostro ha estado hasta hace poco contemplándonos hierático desde una urna del Museo Egipcio de Berlín -provisionalmente ahora en el Altes Museum, en espera de la apertura de un nuevo espacio. Las especulaciones que rodean la existencia de esta mujer son innumerables, como las que ponen en conexión al propio Akhenaton con la saga de Edipo o con el mismísimo trasfondo del éxodo bíblico -he llegado a leer últimamente extravagantes teorías que llegan a plantear la posibilidad que el Moisés histórico no fuera otro que el mismísimo Akhenaton o, en su defecto, Tutmosis, el escultor del famoso busto de Nefertiti. En un determinado momento, la Gran Reina desaparece de la escena del drama de Amarna: son muchos -así Nicholas Reeves en el libro que me ha acompañado últimamente y me invita a escribir este texto- quienes defienden que el misterioso sucesor de Akhenaton, Smenkhkare, no es otro que la propia Nefertiti, una nueva Hatshepsut víctima al final de los propios movimientos regeneracionistas de la camarilla del gran faraón hereje.

Pero es mucho más seductor dejarse llevar por la intensidad de las imágenes que nos ha legado el atrevido drama de Akhenaton. La modernidad y el naturalismo de las imágenes del arte amarniense no tienen parangón en la historia del arte. Culminadas y conservadas por fortuna en los mágicos tesoros del joven Tutankhamon, el heredero y probable hijo del faraón, especialmente en el precioso trono real que cautiva el entendimiento de cualquier visitante del Museo del Cairo -y que sin duda perteneció al propio Akhenaton-, la sensibilidad de las estampas cotidianas de las humanas divinidades de la XVIII Dinastía son el ejemplo más evidente de que el ser humano está en franca decadencia desde la Edad Dorada que vio el albor de estas maravillas del espíritu. Akhenaton fue un visionario, un diletante entregado a una misión que él entendía otorgada desde una instancia suprema, y aunque no fuera así, es mejor pensarlo.

Documental: Akhenaton y la primera religión monoteísta

~ por Antonio en septiembre 2, 2009.

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