Live in a political world

Recientemente ha aparecido una nueva publicación periódica sobre Dylan. Editada por Nina Goss y Lucas Stendsland, se titula Montague Street -para los no avisados, es el lugar donde el narrador de ‘Tangled Up In Blue’ afirma vivir con otra gente, en un sotano al fondo de la escalera- y pretende editarse con periodicidad bimestral. Su apariencia está muy cuidada, con pasta de cartón semiduro y brillante, pero en el interior que nadie espere fotos ni virguerías estilísticas. Es un diseño estoico que prefiere dar paso a lo que aquí importa de verdad, la reflexión sobre el trabajo y la música de Bob Dylan. Su precio es muy asequible, 18 dolares con los gastos de envío desde USA, y reúne a un importante número de firmas conocidas  entre el mundillo dylaniano –Andrew Muir, Stephen Scobie– y no tanto. Merece la pena, de verdad, no hay crónicas de conciertos, ni reseñas de bootlegs ni nada parecido -como resalta Mrs. Goss-, sino ensayo puro y duro que, en su mayor parte se concentra en un tema escogido previamente, en esta ocasión el disco que supuso el “comeback” de nuestro hombre a la alabanza de público y crítica hace ya nada menos que veinte años, que se dice pronto, lo mismo que separa este mismo disco de Nashville Skyline, por decirlo: Oh Mercy.

Este primer número de Montague Street es una invitación, así, a volver a escuchar detenidamente esa obra fundamental de la reciente música “popular”. Más aún porque, con la perspectiva de los años, es posible hacerlo acompañándo la escucha con los outtakes publicados oficialmente en Tell Tale Signs, con los no oficiales que aparecen en bootlegs como el mítico The Deeds of Mercy (Razor’s Edge 002) y con la lectura del capítulo de Chronicles Vol. 1 titulado precisamente ‘Oh Mercy’, una narración, fabulada en gran parte, no sólo de la génesis de dicho disco, sino de la crisis creativa que atenazaba la musa de Dylan durante la segunda mitad de los ochenta y que pareció difuminarse con la aparición de una serie de personajes (Daniel Lanois, Bono, un misterioso vendedor de objetos estrafalarios de New Orleans llamado Sun Pie, un anónimo cantante de jazz en un club, The Grateful Dead, el fantasma de Blind Gary Davis, Tom Petty and the Heartbreakers) y elementos externos no humanos (un gin tonic, la lluvia de New Orleans, una caja de Guinness, una mano severamente lastimada, la Piazza Grande de Locarno). Algunos de los mejores artículos de este primer número de Montague Street lidian con esta narración. Me resultó especialmente estimulante el que firma Stephen H. Webb, ‘The Sound of One Voice Writing inside Your Head’, porque pone el dedo en la llaga al destacar la musicalidad de la prosa de Dylan, hecha en gran medida para escucharse o ser leída en voz alta: hazte un favor y consigue una copia del audio-libro narrado por Sean Penn. Obviamente, la penosa traducción española no atisba ni un ápice del solemne viaje a las entrañas de la prosa de otro tiempo que realiza Dylan, pero eso es otra historia –Chronicles es intraducible, como toda la gran literatura, de todas formas.

Por si eso fuera poca compañía, tenemos además las interpretaciones que Bob Dylan ha hecho de las canciones de Oh Mercy durante las distintas etapas de The Never Ending Tour. Curiosamente, a estas alturas poco nos queda en escena de ello. Tan sólo ‘Shooting Star’ y ‘Man In The Long Black Coat’ son  visitadas  en los set lists más recientes, y no mucho -y, si acaso, ‘Dignity’, outtake del disco, masacrado literalmente en escena en Hannover el 31 de marzo del año pasado. Cualquier otra canción de Oh Mercy sería celebrada con fuegos de artificio en un concierto a día de hoy, si bien en la memoria se atesoran como oro en paño las versiones de, v. gr., ‘Disease of Conceit’  en el Hammersmith londinense el 8 de febrero de 1990 (véase el video adjunto debajo), de ‘Ring Them Bells’ en los  shows del Supper Club neoyorquino en noviembre del 93 -publicada oficialmente una de ellas, del día 17, en Tell Tale Signs– o el ‘What Good Am I?’ del 22 de junio de 1995 en el Theatre of Living Arts de Philadelphia.

Pero vuelvo a la motivación de esta entrada: leer este número de Montague Street te obliga a volver a Oh Mercy y a pensar sobre su pertinencia hoy día, no sólo como prefiguración de la decadencia moral y social que envuelve a la raza humana en pleno siglo XXI, tal y como se expresa en ‘Political World’, donde el adjetivo “político” se emplea con toda razón despectivamente (We’re livin’ in times when men commit crimes/and crime don’t have a face) o del aislamiento de la individualidad en un destrozado paraje de pertenencia al mundo, como en ‘Everything is Broken’ (Broken bodies, broken bones/Broken voices on broken phones). No. Oh Mercy es pertinente en lo musical y en lo lírico, como una voluntaria interiorización de interrogantes que jamás tendrán respuesta.

Hoy caminaba por Madrid. En el tren estaba leyendo Montague Street y bajé al andén pensando en lo que había leído. Cruzaba hacia el Paseo del Prado y de pronto me di cuenta de que, sin cascos ni pollas, estaba escuchando Oh Mercy. Es decir, se trata de un disco que puedo recrear en mi mente y escuchar realmente. En mi cabeza se reproducen nota por nota, no ya las palabras, sino cada pauta melódica, cada golpe de batería o cada efecto introducido por Lanois, en el tiempo exacto, con cada inflexión de la voz de Dylan, con cada toque de dobro, en orden irrevocable y sin dar pábulo a la improvisación. El piano de ‘Disease of Conceit’ no se salta una tecla. Claro que supondrás que para que eso suceda hay que haber escuchado muchas veces un disco: sí claro, llevo casi veinte años dándole vueltas a  ‘Oh Mercy’, pero hay otros que he escuchado tambien muchas veces, más acaso, y eso no me sucede, no puedo oírlos en mi cabeza con tanta claridad. Y escuchaba esta mañana Oh Mercy, decía, y me daba cuenta de su pertinencia.

En su día se consideró una especie de regreso de Dylan a su capacidad de crear canciones irrepetibles, marca de la casa, esas canciones que nadie más puede hacer ni imitar; pero hoy en perspectiva, las presuntas carencias de entonces han desaparecido. Se hablaba -así más o menos Michael Gray, para quien el disco no se juega el todo por el todo- de una especie de contención, una cierta inseguridad por que el material no fuera tan tremendo como es en realidad.  Nada.  Si acaso, la expansión estilística del posterior y aún más crucial Time Out Of Mind, está aquí en ciernes, porque Oh Mercy es un disco breve -como sólo lo será andando el tiempo el reciente Together Through Life. Pero está construido en su justa medida, en una armonía cuidada que jamás ha pretendido expresar Dylan en estudio -lugar que, recuérdese, es secundario para él. Oh Mercy no es, en fin, un disco, no lo es para mí al menos. Independientemente de lo que los logros del tándem Dylan-Lanois pudieran haber aportado a lo que aparenta ser un producto discográfico terminado, Oh Mercy sigue siendo un viaje ensordecedor que te recluye en un tiempo extraño del que no puedes huir.

Se escuchan los rumores de una tierra que no se ha podido prometer pero que mascamos y nos invita a mirar el ocaso con mucho temor y más respeto. Oh Mercy es una cosa muy seria, no es cualquier cosa. Cuando te enfrentas a este viaje no hay ticket de vuelta. Verdades como puños (What good am I if I say foolish things/And I laugh in the face of what sorrow brings/And I just turn my back while you silently die), imágenes en movimiento y envueltas en la bruma (Crickets are chirpin’, the water is high, mientras suenan los grillos en el único efecto de sonido que subraya el discurso del narrador en una canción de Dylan) y, sobre todo, palabras que expresan lo que tú sientes pero que nunca serás capaz de decir, con simpleza y rotundidad a la vez. Y así las cosas, ¿para qué vamos a cambiar de costumbres?:

Most of the time
I’m clear focused all around,
Most of the time
I can keep both feet on the ground,
I can follow the path, I can read the signs,
Stay right with it, when the road unwinds,
I can handle whatever I stumble upon,
I don’t even notice she’s gone,
Most of the time.

P.S. En el reproductor puedes escuchar durante un par de semanas Oh Mercy y algunas de las pistas que Dylan dejó fuera.

P.S. 2. Obsérvese, por cierto, un elemento textual que es común a Oh Mercy y Together Through Life: el sintagma “evil eye”, que aparece en ‘Disease of Conceit’  (and an evil eye) y ‘My Wife’s Home Town’ (with that evil eye), dos canciones muy distintas en apariencia. Se trata de una coincidencia con toda probabilidad pero el tempo, el ritmo, el fraseo de Dylan es casi idéntico… con veinte años de diferencia. Obviamente, la mujer del narrador en TTL tiene desde hace tiempo muy asumida la enfermedad del orgullo…

~ por Antonio en enero 27, 2010.

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