House rules, no exceptions

El amigo Víctor me animaba hace poco a escribir una reseña de Car Wheels On Gravel Road de mi adorada Lucinda. Cuando me lo dijo, no pensé que eso fuera factible, porque no se puede reseñar lo que ya se ha reseñado un millón de veces. El disco de marras es, en todo caso, un hito en la historia de la música popular más reciente, glosado hasta la saciedad, aunque, sin duda, presos en la vorágine otra vez, será desconocido para los más. En lo que a mí concierne, Car Wheels ocupa un lugar de mi imaginario particular que sólo es patrimonio de un escaso puñado de discos que me han acompañado y me siguen acompañando, en la memoria o en lo cotidiano, en lo extraordinario y en lo físico. No sé, de Songs of Love and Hate, de Tomorrow the Green Grass, de Horses, incluso de Oh Mercy. Y hablar ahora sin anestesia de ello no se me hace nada fácil, al revés, es como enfrentarme a un fantasma rutilante que pasea desnudo por esta habitación desde la que escribo. Pero lo intentaré, qué remedio, partiendo de la premisa de que lo que logró Lucinda Williams con ese disco no es de este mundo. No fue un parto fácil, no, no se anda con chiquitas pero tampoco es que se lo pusieran sencillo. La historia de esas canciones es un poco como la historia de un reconocimiento, y visto hoy en perspectiva, es muy difícil comprender dónde radica su encanto y su potencia, al margen de su intrínseca fuerza, lejos y fuera de toda lógica humana.

Entre la creciente maraña de bootlegs que voy atesorando en virtud del poderío de Hunger City, Dime a Dozen and co. -gracias, de paso, a todos los implicados en esa labor de amor-, escuchaba el otro día un show que dio Lucinda el 19 de marzo de 1994 en La Zona Rosa, una sala de Austin, TX, a la sazón cuna de una persona que luego tuvo mucho que ver con el sonido de Car Wheels, Mr. Charlie Sexton. 1994 quiere decir cuatro años antes de que el disco viera la luz, y por eso es una experiencia muy gratificante, sorprendente e iluminatoria, si se quiere indagar en los procesos creativos de Lucinda, escuchar versiones primerizas y desnudas de hasta cinco canciones del aclamado y triunfal LP del 98, a saber, ‘Metal Firecracker’, ‘Still I Long For Your Kiss’, ‘Car Wheels On Gravel Road’, ‘Joy’ y ‘Drunken Angel’ -para la ocasión un esbozo llamado ‘Blaze’, como el  músico a quien está dedicado, por eso más interesante todavía, porque todavía no han entrado en juego la sutileza y el simbolismo- todas ellas piezas centrales de este trabajo y del repertorio de Lu. Con este material sí que podemos, tal vez, intentar decir algo, arañar en la pantanosa superficie de Car Wheels On Gravel Road e intentar sacar jugo a la experiencia irrepetible que es, al fin y al cabo, volver una y otra vez a escucharlo.

Para disfrutar de la audición de Car Wheels en toda su plenitud, es obligatorio, por lo pronto, hacerse con la edición “deluxe” que salió en el 2006. Además del disco remasterizado, incluye tres outtakes, ‘Down The Big Road Blues’, una desnuda versión de ‘Out Of Touch’, obra maestra que saldría después en Essence, y la toma de ‘Still I Long For Your Kiss’ que aparece en la banda sonora de la peli de Robert Redford, The Horse Whisperer, más lenta, más cruda si cabe. A ello hay que añadir un concierto en Philadelphia en julio del 98 que te dice a las claras cómo sonaba Lucinda en plena eclosión. Es muy curioso, por lo demás, observar cómo hasta Car Wheels, en un periodo de casi veinte años, Lucinda Williams tan sólo había publicado cuatro discos: el primigenio Ramblin’ de 1979, el admirable Happy Woman Blues de 198o, el homónimo Lucinda Williams de 1988, el LP que la consolida como una de las más importantes compositoras y que incluye las fundamentales ‘Crescent City’ y ‘Side of the Road’ -además de ese pedazo de hit que es ‘Passionate Kisses’– y, finalmente, en 1992 Sweet Old World, amargo en su aparente felicidad cristalina, con una obra maestra de la elegía funeraria dentro, ‘Pineola’, marca de la casa, junto a otra burrada para derretirte el corazón, ‘Something About What Happened Us When We Talk’. Esos enormes periodos de tiempo entre un disco y otro indican el carácter perfeccionista de Lucinda, en especial la agonía que transcurre entre Sweet Old World y el que nos ocupa, porque si de algo adolece el primero es de una producción algo artificial que oscurece la brillantez de las canciones. De forma paralela a lo que sucedió a otro iluminado, salvando distancias, contexto y popularidad, Bruce Springsteen -que en quince años sólo sacó tres discos-, la actividad discográfica de Lucinda Williams comienza a partir de entonces a aumentar -aunque no demasiado-, de manera que en sólo una década nos ha dejado idéntico número de discos, más un directo y a la espera de otro que graba ahora. Es como si con el logro de Car Wheels On Gravel Road, la conciencia de haber creado una obra imperecedera le hubiera dejado aire para seguir creciendo sin tapujos.

Muy resumidamente, porque la historia se puede leer en muchos sitios, las sesiones de Car Wheels empezaron en 1995, después de haber puesto a prueba las canciones ante audiencias como las de La Zona Rosa. En compañía de su fiel Gurf Morlix hizo una primera y fallida intentona. Lucinda se ha referido a la escasa fuerza de aquellas grabaciones, y para comprobar la dirección, basta escuchar el tratamiento dado a esos temas en la actuación de La Zona Rosa en comparación con piezas consolidadas como ‘Pineola’. Luego llego el turno de la lucha de titanes, porque entró en escena Steve Earle en persona, recién salidito del trullo. Stevie es, a día de hoy, y sin perjuicio de comparación, el mayor outsider que existe en el rock, una contradicción andante capaz de darlo todo o de joderte bien la vida, un hombre hecho de una pasta especial y con una lengua compulsiva. En todo caso, aquello tampoco funcionó y la elección final del hombre que tenía que poner orden al desconcierto de intensidad pantanoso que se había creado alrededor de un cancionero tan potente como el de Rust Never Sleeps o Nebraska recayó nada menos que en Mr. Roy Bittan, camarada de la E-Street Band. Fue Bittan el que tras un largo proceso de dos años dio forma final al disco como hoy lo conocemos, aprovechando, por otra parte, el talento visionario de Earle. Así, Car Wheels vio la luz, por fin, en junio del 98, y ninguno de los músicos que habían tocado en él, salvo el bajista Richard “Hombre” Price, acompañarían a Lucinda en su puesta de largo en directo. No obstante, algunos de ellos, como Morlix o Sexton, volverían a trabajar con ella en el futuro.

Reitero: pocas colecciones de canciones pueden igualar en intensidad y unidad la que incluye Car Wheels On Gravel Road. Los textos alcanzan lo más profundo del alma en un despliegue de madurez irrepetible. Lucinda, nacida en Lake Charles (Louisiana) es hija de Miller Williams, poeta y profesor de literatura, de ahí, entre otras cosas que su sensibilidad innata, mezclada con los escenarios pantanosos de Louisiana, tuviera, necesariamente, que engendrar tarde o temprano el sonido más capaz de sintetizar el ambiente irrepetible que se masca en la mitología del Viejo Sur. En una entrevista conducida por David Byrne, emitida en el programa Sessions at West 54th (#201), Lucinda explica el ambiente poético de su casa y el desarrollo de ese gusto inigualable por el lirismo más desnudo, que alcanza su cima en esa imponente elegía que es ‘Lake Charles’: si ‘Pineola’ retrataba el impacto por el suicidio del poeta Frank Stanford, en ‘Lake Charles’, es la muerte en accidente de tráfico de alguien muy querido también, alguien que regresa a la ciudad siempre porque tiene una razón para hacerlo, porque aunque era de Nacogdoches le gustaba decir a la gente que era de Lake Charles. Es muy largo el recorrido de Lucinda Williams desde las instancias inmediatas de ‘Crescent City’ hasta el golpe en el corazón de esta canción: “Did an angel whisper in your ear? / And hold you close and take away your fear / In those long last moments”. ‘Lake Charles’ no es una canción, es una presencia, y de ello se dieron cuenta los creadores de True Blood al ponerla en escena como background de ese vampírico horizonte de Bon Temps llamado Merlotte’s.

De la insistencia de Lucinda por reconstruirse tenemos un excelente ejemplo en la nueva versión de una canción muy antigua, ‘I Lost It’, que aparecía ya en Happy Woman BluesMary Gauthier, tan comparada con Lu, hizo lo mismo con su obra maestra, ‘I Drink’-, pero ahora con mayor densidad, cebándose en el muro de sonido que caracteriza la producción de Roy Bittan, un muro limpio y pristino pero contundente, musculoso. O de que Lucinda es una cantante de blues que te cagas tenemos otra prueba, la versión de ‘Can’t Let Go’ de Randy Weeks, tocada a toda velocidad, sin dejar respiro. Si la ves cantarla en el especial de Austin City Limits del 98 verás lo que quiero decir. El dominio de Miss Williams de todos los palos tradicionales es abrumador, la exime de cualquier eventual etiqueta -de hecho, en la misma entrevista con Byrne se burla un poco de toda la historia del alt-country, el americana o el rollo No Depression. Precisamente, hay una canción dentro de Car Wheels que es un compendio de mitología rockera, una canción que juega en la misma liga de ‘Thunder Road’, porque es capaz de evocar el escenario de un territorio inexplorado en su máxima extensión, al fin y al cabo el que tiene Robert Crumb en su casa o el que Greil Marcus se empeña una y otra vez en describir: ‘2 Kool 2 Be 4-gotten’ incluye la estrofa más inspirada de toda la carrera de Lucinda Williams: “No dope smoking, no beer sold after 12 o’clock / Rosedale, Mississippi, Magic City, Juke Joint / Mr. Johnson sings over in the corner by the bar / Sold his soul to the devil so he can play guitar”. Demasiado molón para olvidarlo. Fuerza la métrica para cantar en un pasaje que recuerda más que ningún otro a Dylan, y la sopesa con esa mágica metáfora que se repite como en un eco misterioso, “Junebug vs. Hurricane”, el escarabajo contra el huracán. Tú pones el sentido si quieres…

Y volvemos a Austin, al año 94, a La Zona Rosa. Esas canciones están en germen, creciendo, haciéndose delante de nosotros, construyéndose sin misericordia. No están en el tono adecuado a la voz de Lucinda. Mira ‘Joy’, tema central hoy de cualquier bolo que se precie. A nuestra rubia favorita le han dado demasiadas veces con la puerta en las narices y exije, “Me quitaste mi alegría, ¡devuélvemela!”. Aquí no tiene ímpetu, pero ya se huele, poco a poco, se va haciendo. ‘Metal Firecracker’ ya tiene todo su sex-appeal y su incomparable estribillo formado: “Sólo te pido que no le reveles a nadie los secretos que te conté”. ‘Car Wheels On Gravel Road’ trota a medias buscando también que brote la energía que está en esa letra que mezcla a Carver, a Faulkner, a Bessie Smith. ‘Still I Long For Your Kiss’ es ya la canción más impresionante de su autora, como un personaje desdoblado en busca de su propio actor. En ese tema la convención del blues se trasciende golpeando duro y entrando a saco, no con tanto éxito aquí como en sucesivas relecturas -como en el show alemán del 2007 del programa Rockpalast o en el propio Austin City Limits del 98. Y ‘Blaze’, su sentida oda a Blaze Foley, fallecido el año 89, se va transmutando en ‘Drunken Angel’, canción que tiene la virtud de que, pese a la concreción de su  tributo,  lo trasciende al agazaparse tras un simbolismo completamente inspirado.

Desde ese concierto de Austin hasta el que puede verse en preciosa edición en DVD del 98, nuestra cantante favorita ha recorrido un largo camino, no menos tortuoso. Si ves Austin City Limits 98 puedes ver a una intérprete en pleno dominio de sus facultades, sin monerías ni moñarracadas, al lío de las canciones que tiene entre manos y con una banda apabullante -con J.J. Jackson, por cierto, apenas recién abandonada la banda de Dylan. Si ves el Austin City Limits del 89, también editado recientemente en DVD, verás a una joven tímida pero segura de seguir hacia delante con un objetivo claro: crear una obra maestra irrepetible capaz de asegurarle la inmortalidad. Con Car Wheels On Gravel Road lo consiguió. Too Cool To Be Forgotten.

La Zona Rosa, Austin, TX, March 19 1994

‘Metal Firecracker’

‘Blaze’ (‘Drunken Angel’)

‘Still I Long For Your Kiss’

‘Car Wheels On Gravel Road’

‘Joy’

Austin City Limits ’98, ‘Can’t Let Go’


~ por Antonio en mayo 13, 2010.

Una respuesta to “House rules, no exceptions”

  1. Grande Lucinda. Hoy he estado escuchando West y me reafirmo en mi pensamiento que es su mejor disco post-Car Wheels. Más denso y con un sonido más pesado (a ratos me parece oir como sobrevuela el fantasma de A ghost is Born), sí, pero mucho más homogéneo, más “redondo” que Essence o World Wihtout Tears, que tampoco están nada mal.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
El blog de la novela 'Juana La Maliciosa'

'Juana La Maliciosa'. David Bowman. Ediciones del Serbal (Barcelona, 2014) ISBN: 978-84-7628-746-0

Crónica de la España negra

Blog de crímenes y sucesos de la España más oscura

WordPress.com

WordPress.com is the best place for your personal blog or business site.

A %d blogueros les gusta esto: