El efecto Loli

No me gusta contar aquí mis viajes, tan sólo dejar retazos, algunas pinceladas porque eso lo llevas en tu gramática. The Right Profile no es un blog de viajes, de esos los hay a patadas y, como he podido comprobar este verano, resultan bastante útiles. No obstante, la naturaleza de mi recorrido veraniego me empuja, por insólito en mis costumbres, a reflexionar en voz alta sobre ello y, de paso, a recomendaros que, si tenéis oportunidad, viajéis a China. En realidad, todavía dura la sorpresa: lo que yo suponía un itinerario lleno de dificultades, fue un sencillo periplo donde ni el idioma ni las infraestructuras te impedían hacer lo que querías y llegar donde te apetecía. Dicen ahora que China será la superpotencia económica del futuro. En La rebelión de las masas, decía el maestro Ortega, allá por 1930:

La historia europea parece, por vez primera, entregada a la decisión del hombre vulgar como tal. O dicho en voz activa: el hombre vulgar, antes dirigido, ha resuelto gobernar el mundo.

Esta apreciación, tan atinada y, en contra de la presunta actualidad de las palabras del filósofo, premonitoria, toma un cariz terrorífico a la vista del acto en sí de la vida cotidiana del ciudadano chino, catapultado a hacer sin cuestionar y a reproducir fielmente toda la mierda que occidente ha ido introduciendo paulatinamente en su sangre. El auge de China es definitivamente el auge del hombre masa, la exitosa victoria de la mediocridad y la entrega a los absurdos valores del trabajo convencional que han definido la moral del vulgo profano desde no sé cuándo. El imperio de la economía en manos de una civilización que ya no recuerda lo que ha sido. La perspectiva es tremebunda, pero parece que eso es lo que hay, y no te lo pierdas que el festín promete.

Pero viajar por China es fácil y estimulante, además de muy barato. Comes por nada y bien, bebes por menos, qué fresquita la Tsingtao. La arquitectura tradicional se mezcla con delirantes proyectos capaces de arrumbiar directamente la herencia nostálgica de lugares que antes fueron símbolo de cierto embrujo, como el Bund de Shanghai. El campo, diseñado para el trabajo demoledor, ha sufrido el golpe del ingenio humano pero recompensa la mirada: así sucede cuando contemplas las terrazas de arrozales en las montañas de Pingan. Todo en China es grandilocuente pero habla despacio de manera atronadora. Pekín te empapa de sudor y efluvios, de engaños y propuestas, pero también te revela secretos, apartados como procede a la naturaleza del palabro. Pocas cosas han sido tan sobrecogedoras en mi vida como el ascenso a la Gran Muralla en el tramo recogido de Mutianyu: eres inmenso y nimio a la vez, eres una minúscula pregunta sudorosa que camina por inercia hacia cotas que simbolizan, a la vez, lo que esperas de tu ínfima vida. Todo es fácil, intenso, espiritual y terreno. Es China.

Pero procede un mensaje para viajeros aventureros: hay una constante en quienes prefieren caminar a su aire sin depender de los tour operadores -en China no hacen falta, de verdad-, y es la misma guía de viaje, la archiconocida Lonely Planet, popularmente conocida como la Loli. No cabe duda de que es la mejor guía que existe, para China, para Italia, y para la Chimbamba. La Loli te dice dónde comer, cuánto te va a costar y lo simpático o malage que va a ser el camarero. Te dice si hablan inglés en el hotel, lo que cuesta visitar a los guerreros de terracota de Xian, en qué parada de metro de Pekín te tienes que bajar para visitar el Templo de los Lamas. La Loli se actualiza constantemente, por lo que aunque a veces hay desfases -que en el caso de China son aberrantes, porque en tan sólo dos años han construido líneas de metro en Shanghai, por ejemplo, que en 2008 no estaban ni proyectadas-, el maridaje con las ventajas de la world wide web permite al viajero curioso salvar cualquier eventual dificultad.

Lo que pasa es que la Loli trae daños colaterales: buscas ese delicioso restaurante de Luxor donde ponen unos increíbles batidos de fruta en ambiente relajado y allí los tienes, la parejita italiana, el sueco solitario, la familia tedesca, todos bebiendo batidos. Que quieres comer el famoso pato pekinés, pues allí el Roasted Duck de Wanfujing aprovechando a tope el efecto Loli, a expensas de lugares donde se come mejor y sólo puedes conocer con información privilegiada o con la ayuda de esos blogs de viaje que antes te contaba. Pero peor es que, especialmente en las poblaciones menos conocidas, la hostelería que ha sido recomendada en la Loli por independientes viajeros lo explota y se lo cree. Y ahora resulta que son los más molones del mundo y tú te tienes que tragar su buen rollo servicial y entrar en las maneras de un viaje pseudo-organizado. Eso nos pasó en Pingyao, en el afamado Harmony Hostel. Rollito perroflauta garantizado, soy guay porque salgo en la Loli y te lo tienes que tragar. Eso sí, si pasas de su cara verás cómo la supuesta afabilidad se convierte en el epítome de la antipatía. Porque, amigos, de lo que se trata, aquí y en China, es de que el taco medre. Es el deporte favorito del hombre masa.

~ por Antonio en agosto 30, 2010.

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