Ten thousand dollars

La Mono Box Set con los primeros ocho discos de Dylan es de adquisición obligatoria. También para el simple aficionado a la música que no posea estos irrepetibles LPs en cualquiera de sus múltiples formatos. Evidentemente, echa para atrás pulirse ochenta euros en ocho discos que todos tenemos no una, sino varias veces. Cualquier “dylanita” tendrá, normalmente, Blonde On Blonde en versión vinilo, más de uno, con toda seguridad; tendrá el CD convencional que rulaba por ahí hasta la reedición remasterizada del 2003- al margen de las muchas ediciones alternativas que fueron apareciendo y que puedes ver en este enlace a Searching for a Gem-; tendrá al menos esa versión remasterizada -la que salió primero en los tan publicitados Super Audio Hybrid CD-, cuando no una versión en casette, más que nada para cuando en el coche no se podían poner CDs. Eso sin ser un ávido coleccionista, como es mi caso. Lo mismo puede decirse de cualquiera de los discos que contiene la Mono Box Set: vinilo -uno o dos o tres-, CD convencional pre-2003, edición remasterizada de 2003 -en el caso de Times y Bob Dylan no hay versión Hybrid y su publicación remasterizada data de 2005- y cinta casette para el coche -ese no es mi caso, pero sí de más de uno que yo me sé. Así que es normal que la onerosa adquisición te haga mirar para otro lado. Claro, que empiezas a oír lo que lleva el polvo de los rumores, lees, en internet, en fanzines no demasiado, ejem, imparciales -aunque críticos cuando procede-, en publicaciones profesionales como Uncut, de la mano de gente como Lenny Kaye; luego te ves con dos lerus en el bolsillo y… adivina qué pasa. Objeto precioso, cierto, filigrana de Columbia, la experiencia monoaural no es una coña, es de verdad, todo entra mejor en el cerebelo, la información se crispa mientras procesas todo de nuevo e, incluso, te molestas en comparar con lo que ya tienes. En ISIS #153 Roger Ford hace un análisis muy completo, que certifico casi al cien por cien, donde concluye que de los ocho, hay cuatro que obligatoriamente hay que escuchar de esta manera: Back Home, Highway 61, John Wesley Harding -juro que nunca antes había escuchado el bajo de “The Ballad of Frankie Lee and Judas Priest”- yThe Freewheelin’.

Eso es lo más curioso. ¿Hasta qué extremo las mezclas en estéreo de los discos “acústicos” pueden diferir de lo que se oye en este retorno a la cosa monoaural? Habida cuenta de que existen las recientes remasterizaciones del 2003 y 2005, teníamos ya una forma muy adecuada de disfrutar de Bob Dylan, Another Side, Times y Freewheelin’ en formato digital. Pero lo que pasa con este último es realmente sorprendente: la presencia de Dylan -mucho más cercana a la realidad en todos los ejemplos, como es lógico, porque la ubicación de instrumentos y voz es NATURAL- no es la única razón para decantarse por esta mezcla mono. Es otra cosa que, como no soy técnico, no puedo explicar RACIONALMENTE. No sé las veces que he escuchado este disco, miles seguro, fue el primero que me compré en vinilo, creo que en el 89 o por ahí; me costó quinientas pelas, que no estaba mal, que saqué de dos talegos que me dio mi tía Elo por mi cumpleaños. Por eso es más sorprendente que ahora me quede extenuado volviendo a él. Es la mezcla mono que más estoy escuchando. Crispamiento, enfermedad, ironía, una potencia inalcanzable por ningún otro músico en esta guisa. No sé cómo explicarlo, pero no hace falta, porque lo que quiero decir, EN REALIDAD, es que si una cosa te provocan estas nuevas mezclas es la necesidad y el apetito de volver a escuchar unos discos que significan para ti más que cualquier otra cosa que hayas podido leer, escuchar, ver o, simplemente, vivir.

Y es que al final deja de preocuparte el aspecto más veleidoso del nuevo proyecto. La realidad es que vuelves a escuchar The Freewheelin’ y no tienes respiro. Miles de discos se amontonan y vuelves a escuchar The Freewheelin’. Oyes la voz de ese tipo de 22 años, tan viejo, después de hacer el pacto en el cruce de caminos, y te vuelves a preguntar por tantas y tantas cosas, sin nostalgias ni moñarracadas. Entiendes que vivir con esto es un privilegio, que te ha tocado a ti y que sólo por ello merece la pena seguir la ruta. Y ahí es cuando aparece una canción olvidada, una canción que normalmente pasa desapercibida entre la multitud de obras maestras que The Freewheelin’ contiene: “Bob Dylan’s Dream”. Esa canción fue recuperada por Dylan en una de las temporadas más aciagas para su arte interpretativo, 1991 -puedes oír debajo una versión ejecutada en Stuttgart en junio-, lo que no deja de ser llamativo y revela, acaso, el estado anímico y la evidente atribulación de la persona en esa época. Porque “Bob Dylan’s Dream” dice mucho al que recita esas palabras y dice más al que las oye. Porque si hay una canción de Dylan cuyo texto impulsa la experiencia del oyente,  esa es esta, con nostalgia pero sin moñarracadas.

“Bob Dylan’s Drean” es una adaptación de una balada tradicional interpretada de manera sublime por Martin Carthy, “Lady Franklin’s Lament” o “Lord Franklin”. Del músico inglés , amigo suyo en los tiempos del Village, es de donde la aprendió Dylan, si bien él no la publicó en disco hasta 1966. La canción narra el desespero de la esposa de Lord Franklin por que su marido regrese vivo de una expedición al Polo Norte. Y la adaptación no es sólo de la melodía, sino que los versos más característicos de la canción de Dylan también retoman los de la balada:

I dreamed a dream and I thought it true
Concerning Franklin and his gallant crew […]

And now my burden it gives me pain
For my long-lost Franklin I’d cross the main
Ten thousand pounds would I freely give
To know on earth, that my Franklin do live.

Que son en Dylan:

I dreamed a dream that made me sad
Concerning myself and the first few friends I had […]

I wish, I wish, I wish in vain
That we could sit simply in that room again
Ten thousand dollars at the drop of a hat
I’d give it all gladly if our lives could be like that.

Pero esos versos robados son, sin duda, los más evocadores de una canción que habla directamente a tus entrañas. Cuando la escuchas con 15 años, te invade una sensación de extrañeza, porque los amigos están por llegar; con 22, tú estás arrancando y te sorprende que una voz de 22 tenga una experiencia ya de desarraigo tal, de violenta separación e irrepetible aspiración evocadora. Ahora sabes que esa letra está motivada por la nostalgia del país del Norte. Como explica John Bucklen a Robert Shelton y se narra en el libro de C. Heylin, Revolution in the Air, cuando aquél escuchó “Bob Dylan’s Dream”, no pudo evitar pensar en los momentos que Bob y él pasaron en casa de su hermana, como si esa nostalgia, ese deseo de que las cosas pudieran a volver a ser de esa forma se refiriera, precisamente, a las horas pasadas juntos cantando y riendo hasta las claritas del alba. Heylin define esto diáfana y certeramente: “La nostalgia por tiempos más inocentes estaba dando color a su visión de los momentos que estaba viviendo”. Otros -v. gr. H. Sounes-, piensan que esa canción no se refiere a Hibbing, sino a los primeros momentos en el Village. Pero en esencia, da igual. En cualquier caso, ese sentimiento de melancolía tan temprana, como de hombre viejo, es la cualidad más turbadora de “Bob Dylan’s Dream”.

Los meros mortales que no vivimos por delante de nuestro tiempo -más bien nos apañamos con un tiempo prestado-, cuando nos acercamos a la cuarentena, escuchamos “Bob Dylan’s Dream” -por lo menos yo- y nos quedamos atónitos  al ver que esta canción expresa con rotundidad lo que ahora ronda por tu cabeza. Y tú no lo puedes decir mejor. Querrías volver a estar encerrado en una habitacion con unos amigos que ya no están, cantando, riendo, bebiendo, diciendo tonterías hasta las tantas. Peor aún, ves que, aunque sabes que hay otros amigos que sí están, las cosas ya no podrán a volver a ser como solían.

“Bob Dylan’s Dream” (2010 mono mix)

“Bob Dylan’s Dream”, Stuttgart, June 17th 1991 (#310 NET)


 

 

 

~ por Antonio en enero 14, 2011.

4 comentarios to “Ten thousand dollars”

  1. Séneca

  2. Una vez más, Dylan canta en nuestro propio idioma. Adelantándose casi cinco décadas descubre lo que sentimos, pensamos y añoramos y se vanagloria de haber estado tanto tiempo mostrándolo en nuestras propias narices.

    Aquellos años son tatuajes, marcas, cicatrices que sentimos cuando cambia el tiempo aunque el tiempo siga inalterable y seamos nosotros quienes bailamos al son que canta. Pero a veces, a veces cuando más duelen parimos una sonrisa y descubrimos lo dichosos que somos al sentirlas.

  3. ¡¡¡Cuánto tiempo sr. Kuratti!!! Te envío el enlace a la web del corto que he rodado junto a un grupo de amigos de la zona de Valdepeñas. Hemos invertido bastante tiempo y trabajo buscando hacer una “road movie” tarantiniana pero en la Mancha. Aunque el resultado final se ve un tanto desmejorado por el trabajo de los actores (por llamarlos de alguna manera), y el hecho de que es la primera vez que nos metemos en el mundo del cine, la verdad es que ha merecido la pena. Échale un vistazo y luego me comentas: http://www.naufragoselcorto.com (creo que aún no puede verse el corto, el director está subiéndolo a youtube, pero no creo que tarde en estar disponible).

    Saludos desde Valdepeñas.

  4. Hola, chaval. Hay que ver cuánto escribes. Eres sabio.

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