Jeff Tweedy en la Capilla Sixtina

I believe I’ve seen / The finger divine extremity

Wilco, ‘Born Alone’ (The Whole Love, dbPm 2011)

Parece que hay un complot. No parece que haya comentarista que no tache el nuevo disco de Wilco como “apuesta segura”, “más de lo mismo” o “Tweedy es feliz, ya no crea como antes”. Cualquier disco de Wilco, después de A Ghost Is Born (2004), es medio puesto en la picota por, en el mejor de los casos, regurgitar los hallazgos del pasado, no estar a la altura y no sorprender ya, si bien todo ello va acompañado del obligado repaso a la solvencia musical de Tweedy and co., en especial en directo. Cierto es que en Wilco (The Album) (2009) el bajonazo fue de escándalo: pese a algún logro aislado como ‘One Wing’ -¡oh, aquel verso, You were a blessing and I was a curse, simple, trillado pero, en contexto, apoteósico!- las sombras abundaban como ese infumable truño, ‘Bull Black Nova’ o la pastelosa ‘You and I’. El propio John Stirrat reconocía recientemente que aquel disco no fue lo que se esperaba. Incluso el peligroso repecho se trasladó a una actitud mucho más complaciente en escena: paseantes, los niveles de decibelios descendieron evidentemente en la gira que siguió. Creo que por entonces apliqué el adjetivo “maravilloso” a Wilco (The Album). Me parece que desde ahora hay que pensar más el peso de los sintagmas.

Mi primera escucha de The Whole Love fue una noche, camino de Barajas. Iba en busca de un amigo que llegaba de Paris. Me lo había fusilado de una página que, a su vez, lo había ripeado de la reproducción gratuita que se podía oír en la página oficial de la banda de Chicago. El sonido era penoso. No había graves, el bajo había desaparecido virtualmente -anatema: el trabajo de Stirrat es excepcional, mejor que nunca-, a excepción de lo que sucedía con ‘I Might’, el single que llevaba algún tiempo rulando por ahí. Pero es que la primera canción, ‘The Art of Almost’, me pareció, de primeras, concentrar en sí misma todo lo peor de WTA y una insufrible pretensión de modernez mal entendida que no casaba, en absoluto, con nada de la trayectoria de Wilco. Y siguiendo, ¿dónde estaban las canciones, las grandes canciones, como ‘Hummingbird’, como ‘Impossible Germany’, como ‘War On War’, como ‘A Shot In The Arm’, como ‘Theologians’? Me quedé jodido de verdad. Al día siguiente estaba deprimido. Sabes que tarde o temprano tus héroes te pueden fallar, pero definitivamente no estaba preparado para ello.

Sin embargo, la cosa puso pronto remedio. Una vez que tuve ocasión de escuchar The Whole Love en condiciones, el asunto cambió. Hay que tener los huevos como un rinoceronte para plantear un disco en estos términos, en los tiempos que corren. Dos canciones hipnóticas, cada una a su manera, ‘Art of Almost’ y ‘One Sunday Morning (Song for Jane Smiley’s Boyfriend)’, dan el tono de un bloque macizo de temazos que, vale, dirás lo que quieras, pero son Wilco puro. Hay que tenerlos muy gordos para arrancar los conciertos de su actual gira con una de estas piezas magistrales, una de la desesperación de la nada, la otra una nenia del vacío. Y claro, hay que verlo. Si miras el concierto que dieron en Letterman y que se puede ver en su web, te enterarás del disparate de ese “arte de casi”. Porque he llegado a la conclusión de que este rutilante The Whole Love va de eso, de arte, sobre arte y arte puro en sí. La canción más contagiosa es ‘Born Alone’, tres minutos de endiabladas conjeturas sónicas, insertadas con uno de los textos más cuidados de Tweedy. Curiosamente, hasta el propio título del tema juega al arte del despiste, o del casi: cuando parece que lo que dice es “Nacer solo”, hay que recorrer sus intrincadas estancias para entender que para lo que nació el narrador es “para morir solo”. Es en esa canción cuando sucede esa visión de la divina extremidad que encabeza este texto. He aquí una peculiarísima práctica de metalenguaje: la música deviene cine, el cine pintura. Así la poesía.

Al contrario, el disco de “comeback” de la formación “original” de The Jayhawks no está a la altura esperada, sin ser un mal disco. Se escucha agradablemente, en algunos momentos Olson se viene arriba y te crees que estás en viejos territorios: así en ‘Mockingbird Time’, homónima del disco. Ahí tienes al viejo Mark dándole a una retahíla de puro mantra, There’s so much color in the sky that’s in your eyes / Moment that we see each other alone. Pero el resto no se disfruta igual. El último concierto que dieron en Madrid en verano lo avanzó. Allí cometieron la imprudencia de dejar los temas nuevos para el final, en una suerte de anticlímax que dejó al público desconcertado. No están Louris, Olson y co. para muchos experimentos. ‘Highwater Blues’, en especial, está pasada de rosca, pero eso no quita, claro, para que sigamos buscando el color en las aristas gastadas. Mientras, esperamos volver a ver la divina extremidad, ese dedo, por favor, de nuevo.

~ por Antonio en octubre 18, 2011.

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