Una giornata particolare

Esta es la descripción de un viaje breve, demasiado breve, pero tan intenso que desconozco si algún día me recuperaré de la ensoñación. Los protagonistas son seis individuos, yo entre ellos, volcados al mismo objetivo, una ciudad y un músico. Resulta que esa ciudad es el paradigma de “ciudad”. Resulta que ese músico es el paradigma de “músico”, del músico que gira en el sentido contrario del planeta. Los seis individuos no son paradigma de nada, si acaso de invertebrada lealtad a una idea, que no sé cuál es. La fecha es el 12 de noviembre, sábado.

Madrugada del 13 de noviembre, aledaños de Stazione Termini, portal de albergue sórdido en Via Gaeta. Frío del carajo la vela, cena, bocata infecto a cuatro leuros, cinco horas de sueño en 42 horas de paseística. Conversación:

-Y ‘Desolation Row’ con todas las estrofas.

-No, que va, no cantó la del Titanic.

-Hostia, es verdad.

-Ni la de Superhuman Crew.

-Esa sí.

-Es verdad, en staccato.

-La que tampoco cantó es la de Einstein.

-Joder, es verdad, entonces es como siempre, las siete putas estrofas.

La noche previa a esta giornata particolare pasó entre birras por Santa Maria Maggiore y caminando hacia el Coliseo a través del lugar menos conocido para hacerlo, el Parco Traianeo, abierto sobre el Colle Oppio y la Domus Aurea a horas intempestivas. El Anfiteatro Flavio va meciéndose a la vista del viandante, despacio y sin prisas, mostrando su rostro inasible y las huellas del maltrato de eras. Sin que nada ni nadie perturbara la procesión bullanguera de las huestes, los alrededores del gran Foro nos fueron dejando su aroma poco a poco. Bailamos sobre la Via Sacra, cerramos la vista en el silencio del arco de Tito, en el de Constantino, en las misteriosas proclamas del foro de Trajano y en los despojos de la columna más hermosa de todas. Quedaba pasmarse en el mítico Brasile, siempre presto para dar de beber al sediento y comer al hambriento. La pulga de Diocleciano nos esperaba en casa.

Salimos muy pronto por la mañana. Roma es particularmente bella tan temprano. Primera parada: Santa Maria della Vittoria. La Ciudad es barroca, yo no diría que en espíritu, pero el clasicismo está roto por la perla. Lo que hay en esa iglesia es la explosión más evidente de las ínfulas de la Contrarreforma. El éxtasis místico se proclama con la misma naturalidad que un mono vestido de Conde Drácula, pero esa artificiosidad te hincha las venas del motorino hasta hacerlas reventar. Ningún resto de voluntad. Las paredes atronan sin espacio para el descanso.

Segunda parada anecdótica, lúgubre y concesión a la sordidez: la cripta de los Capuchinos en Via Veneto dice recordarnos que el cuerpo no es más que un soporte material. Las osamentas de los antiguos frailucos dan, de facto, un discurso y el mal rollo es palpable. Restos momificados que encienden el morbo. Valentín dice que qué coño hacemos entrando en ese sitio si estamos en la Ciudad. Son diez minutos, tampoco es tanto, y al lado está el Tritón de Gian Lorenzo para quien quiera respirar.

Vamos andando por la Via del Tritone y nos desviamos a la izquierda hacia Trevi. Lo bueno de pasar por la mañana temprano por la Fontana del Acqua Vergine es que no hay demasiados turistas, aunque empiezan a verse por aquí y por allí. El remate y recuerdo de las aguas de Agripa empiezan a hablarnos de este personaje que será, hoy, el protagonista de muchos de esos paseos que te hacen levitar y no gravitar entre los caminos que en medio de la muchedumbre y los puestecillos de fotos te hablan de Sordi, Sophia, Totò. Ese universo ha desaparecido, los viejos cómicos son sólo una huella. Hay movimiento por las calles, resulta que Roma está viviendo un momento histórico y nosotros desfilamos ajenos, preñándonos de lo que planea hablando desde el pasado.

Cruzamos por la Via di Petra, por el Tempio di Adriano. Le trattorie están preparándose para recibir el aluvión, despacio y firmemente. Les enseño a los golfos estos el sitio donde me gustaba comer una pizza hace tanto, ya no, y embocamos la Piazza della Rotonda con el pasmo del que ha estado allí siempre y nunca. El Pantheon luce rutilante y, pese a la multitud, logramos hacer algunas fotos donde sólo están los que queremos. En la tumba de Raffaello, recordamos el llanto de la naturaleza (rerum magna parens), celosa en vida de los lienzos del pintor. Entrar de nuevo en el Pantheon es desquiciarse ante el portento, iluminarse, romperse en un sueño inviolable. Es aclimatarse al absoluto mientras el mundo pasa de largo.

¿El mundo? ¿Qué hace mientras? Parece que gira. La banca central echa chispas y las voces de los adocenados se preparan para el desfile de la vanidad. Se le da importancia a cosas que no la tienen y las que de verdad la tienen pasan desapercibidas. Existen rostros borrados por la damnatio memoriae en la Ciudad, yo querría borrar tantos rostros que no tengo sitio para numerarlos.

Embocamos Piazza Navona pero antes nos detenemos en San Luigi dei Francesi para admirar los Caravaggios del ciclo de San Mateo. Mi Rafa está que se sale, admirado por las luces que salen de las tinieblas reales del magistral tríptico. Es en ese preciso momento cuando me doy cuenta que Roma es verdaderamente inabarcable -como si no lo supiera ya-, capaz siempre de guardarse lo mejor para última hora. Paramos por entre las callejas que comunican Navona con Campo de’ Fiori. Unas pintas de Nastro Azzurro a precio de oro para enfrentarnos con el chispacito a una buena pasta, un vinaccio y un tiramisú de muerte en Piazza Farnese. Campo de’ Fiori está que bulle y pide retorno que, por desgracia, el cansancio impedirá más tarde.

La estatua de Pasquino nos hace una llamada mientras nos desplazamos a la última parada de la primera parte de la giornata: el Ara Pacis y la Piazza di Augusto Imperatore. Junto al Mausoleo sufrimos una impactante trasnmutación del espíritu. El vinaccio colabora, sin duda, a ello. El mazacote de Meier contiene la cumbre del arte. Ante el relieve de Tellus nutricia nos quedamos totalmente atónitos. Vemos a Agripa en procesión junto a estilizados flámines que denotan la esencia de lo que es la romanidad pura. Me hago una foto delante de Tellus, justo en el lugar donde me la hice hace doce años -aunque era el otro edificio, el de época de Mussolini. Se me ven las cicatrices. De estrambote, en el Museo dell’ Ara Pacis hay una exposición dedicada a Audrey Hepburn en Roma. Se trata de un pastiche más que aprovecha esta obsesiva y compulsa manía por la protagonista -inolvidable contra todo- de Sabrina. La mitomanía se cobra un precio porque podemos admirar de cerca el motorino de Gregory Peck en Vacaciones en Roma. No dejan fotografiarlo, no sé por qué, porque el Ara sí que se puede fotografiar.

Y llega el momento de pelearse con el imposible tráfico de Roma y marchar hacia el recinto de pallacanestro donde Bob Dylan hará esta noche presencia. Por una vez, hemos retardado la mítica cola de doce horas. La hemos hecho menguar a escasas tres, aunque eso nos prive de la preciada primera fila. No pasa nada, veremos el show en condiciones tras los obligados ajustes del entorno humano.

En la cola hace un frío que pela. Me veo obligado a comprar una sudadera feísima que un mercader siciliano me deja en quince lulus. Lleva el nombre Dylan escrito en serigrafía cutre a más no poder. Pero me salva la vida. Resulta que hoy, antes del plato fuerte, toca Mark Knopfler, que fue líder y cabeza de una banda de gran éxito en los ochenta, Dire Straits. Entramos en contacto con varios fans, la mar de simpáticos. Uno incluso se ofrece a llevarnos a la vuelta hasta el centro. Peccato que no aceptamos el ofrecimiento, dado el follón que había a la salida. La espera se pasa entre risas, charla y la base de datos de Placer, con más de 10000 shows registrados. El mamón se sabe hasta el número de referencia. En unos pone xxxx, que no es que sean porno, sino que todavía no tienen LB.

Knopfler no se lleva muchos aplausos nuestros. Era de prever. Toca una que parece de los Celtas Cortos. La única que nos gusta es una dedicada al gran Sonny Liston -especialmente emotiva dada la reciente muerte de Joe Frazier que toca él solo con contrabajo y bateria. Como me duelen las piernas y me entra calor, no paro de moverme y casi le saco los piños a Valentín, el pobre, al que puse un tanto nervioso -Pareeee, ¡¡tate quietecito!! Es alucinante la velocidad con la que el staff del músico deja apañado el escenario. Entre la marcha de Knopfler y la aparición del Músico, pasan escasos veinte minutos. De pronto…

‘Leopard Skin Pill-Box Hat’ está abriendo todos los conciertos de esta gira otoñal. Pero es que a medida que ésta ha ido avanzando la cosa ha ido a más. Aquello suena atronador. Nunca he visto un concierto sonar tan bien y tan fuerte a la vez. Que le den por culo al ingeniero de Wilco y a su puta madre de paso. Mark Knopfler debería dejar de dar el tostón y ponerse a tocar en esa banda. Hoy, Dylan va tocado con stetson, como en el 2004, lo cual le da un aire mucho más amenazante y roquero. Hete aquí que viendo un show en directo te das cuenta de que lo que hay que hacer ahora es precisamente verlo, escucharlos los priva de su real baza, la presencia escénica de un hombre pletórico y seguro en su arte. actuando como si estuviera en una película más que como si estuviera en un concierto. Es el puto Song and Dance Man de verdad, en persona misma. ‘Honest With Me’, una canción tocada hasta la extenuación desde hace una década, toma otra dimensión dado el número que se marca nuestro hombre. Guitarra a un lado, colgada, que no toca hasta el final donde en la mezcla se hace visible y potente un riff de cagarse por las patas abajo.

Sólo hay un pero: el obsesivo retorno, una y otra vez, de la canción probablemente más aburrida de todo el canon, ‘Spirit On The Water’. Uno se pregunta y no entiende qué es lo que ve Dylan en ella. La banda se aburre, se aburre el público y fijo que él se aburre. Pero sigue dale que dale. En la calle la Ciudad ardía ajena a nosotros. Los mensajes los pones tú. Esta noche tenemos el ‘Hollis Brown’ de la era y un ‘Highway 61’ que casi tira el escenario abajo. Ahora es cuando hay que ir a verlo, no pierdas la oportunidad si pasa cerca de tu casa. Nos encontramos al mejor Dylan de los últimos años, desde el 2004, desde que Larry se fue con Levon. Quizás los set lists sean previsibles, quizás las limitaciones vocales le impidan tratar ciertas canciones como se merecerían, pero esas mismas limitaciones le permiten tratar otras como siempre se habían merecido. Dos, en concreto, traspasan una barrera a día de hoy. Él lo sabe e insiste en ellas: ‘Forgetful Heart’ y la épica ‘Ballad of a Thin Man’ que nos maldice desde el centro del escenario. Además, no se veía a Dylan tocar la armónica así desde hace mucho, mucho tiempo.

Mientras el viento aúlla al final de ‘Blowin’ In The Wind’ resulta que se acabó lo que se daba. Sólo queda el regreso. Sólo queda volver a enfrentarse a cuestiones cotidianas, hacer cuentas, cabrearte con el retrato de la falsedad omnipresente, madrugar y esperar a que haya otra parecida -como si fuera posible conjugar toda la componenda. In attesa, a ver cuándo cuelgan en HC el show y a quedar con Rafa, con Marcos, con Sanders, con Guim, con Valentín, para seguir rememorando, sin nostalgias ni moñarracadas, questa giornata particolare.

~ por Antonio en noviembre 18, 2011.

3 comentarios to “Una giornata particolare”

  1. Sólo os faltó robar un rato el motorino y dar una vuelta para que el viaje fuera perfecto…;)

  2. Imperial crónica. ¿Dónde has aprendido a escribir así?

  3. Lo que se pierde Maricospe sin aquel equipo, ¿a que sí, Pareeee?

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