Cry Baby Cry

Los comentarios vertidos por la prensa española y europea acerca de las lágrimas de la nueva ministra italiana de trabajo y política social, Elsa Fornero, son de todo pelaje. Hay quien las critica por cínicas a la par que censura la hierática actitud del primer ministro, Mario Monti; hay quien las encomia por mostrar el rostro humano de la nueva política italiana y, por ende, el nuevo rumbo que ha de tomar el estilo de la política europea; hay quien se mofa de una llantina improcedente, se supone, en la alta política; hay quien se conmueve por el regusto sensiblero de la escena. Pero como prueba de la medianía imperante en el acelerado y frenético ritmo de la reflexión periodística, se ve que a todo el mundo se le ha escapado el detalle más importante.

Y es que Elsa Fornero, al igual que Mario Monti, no es un político. Al margen de detalles presuntamente nimios, como es el hecho de que el nuevo primer ministro renuncie a su sueldo como tal, porque ya cobra bastante por otros menesteres; al margen de que el nuevo gobierno italiano sea resultado del más sorprendente golpe a los procedimientos democráticos en la vieja Europa desde los años treinta -perpetrado por un Napolitano al que la historia deberá poner en su sitio, cuando se quiera dar cuenta de la ladina revolución que ha planteado sotto voce-; al margen de que en Italia, por tantas razones, ya no haya margen para el margen, Elsa Fornero no es un político. Es una intelectual de probada solvencia, dispuesta como gestora al revuelo de la debacle presente. El gobierno de Monti es un gobierno de “sapientia” y, por tanto, el protagonismo de rock star le trae al pairo. Este gobierno es un gobierno de funcionarios en el mejor sentido de la palabra, de señores que no tienen más objetivo que conseguir lo que se les ha encomendado, que al fin y al cabo es sacar a su país -que no es un país cualquiera, cuidado- de una situación de la que los italianos hace muy, muy poco que son conscientes. Y punto. No quieren captar votantes, no quieren enriquecerse, no quieren inflar su ego, no quieren pasar a la historia.

Y eso es lo que pienso yo que deben ser los gobernantes. Y lo llevo más lejos, deberían ser seres anónimos, grises funcionarios que no dieran discursos como los imbéciles del Bonito, del Zapatitos, del de los fideos, de la Maricospe, que no se hicieran fotos con cervecitas ni me dieran más por culo, sino que se limitaran a hacer su trabajo anónimamente metiendo lo menos posible la mano en la caja. Eso es lo que reprocho a Fornero, il ministro -resulta que en Italia no hay memez, es il ministro, y punto, parece que allí entendieron que el gramático griego utilizó la terminología “masculino/femenino” como una categoría aleatoria, que el genus/tipo podía haber sido alfa y beta-: le reprocho haber puesto cara y nombre a esas lágrimas. El llanto no es por aplicar duras medidas económicas, el que se crea eso no tiene ni puta idea de lo que significa Italia: el llanto es por Italia, el rostro del mundo, el llanto es por un ideal, por la trascendencia, el llanto es porque la cosa se ha puesto fea en medio de los últimos estertores de la belleza.

Y, así, le dedicamos con todo el amor a Elsa Fornero este mítico temazo de Nicola Di Bari

~ por Antonio en diciembre 9, 2011.

Una respuesta to “Cry Baby Cry”

  1. Muy buena reflexión sobre de qué va la cosa y estupenda coplilla de mis tiempos ya lejanos. Interesante tipo el de Puglia, con relación a lo segundo y ninguna solución para la plebe con la llantina de la Fornero. Bacione.

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