Bagatela en sol menor

Tuve el privilegio de asistir el pasado martes  a una proyección en el teatro de Rojas, previa a su estreno nacional -en el marco del festival CIBRA con la colaboración del Cine Club de Toledo-, de la última película de Michael Haneke, Amour. Es ésta una película conmovedora. Lo es. Engaña porque parece que la subrepticia maldad que se desparrama en casi toda la filmografía de Haneke, sublimada en la dos veces filmada Funny Games (1997/2007) y en la sobrecogedora Caché (2005), no está presente y el director renuncia a sus señas de identidad, en pro de la lenta lectura de la esencia de la entrega de uno a otro, en una larga relación caída en el otoño de la vida. Parece un giro de tuerca, como lo fue The Straight Story (1999) en el caso de David Lynch en su momento -retrato también, casualmente, de la reconsideración de las opciones vitales cuando la muerte se cierne en natural concomitancia. Pero la sensación es engañosa. También la maldad y la estupidez del hombre se esconden entre los recovecos de Amour, sea en forma de una enfermera inepta, sea en reacciones incontrolables de sus protagonistas, sea en la putridez moral de una relación paterno-filial donde la hija -maravillosa Isabelle Huppert, y guapísima by the way– reconoce que escuchar a sus padres hacer el amor le daba confianza y seguridad porque así llegaba al convencimiento de que siempre estarían juntos.

Amour es un recital de mesura interpretativa, no cabe duda de eso. Trintignant esconde en su hieratismo y estoicismo a un héroe de otros tiempos. La actitud de su personaje tiene mucho de resignación, pero también en su entrega y sacrificio último se vislumbra la pesadumbre de lo inevitable, puesto ante nuestros ojos como un velo caído, vejez decadente, capacidad con suerte de mantener los principios pero imposibilidad de expandir el acervo adquirido más allá de lo que alguna vez se soñó. Porque el aspecto realista y vívido de lo que vemos ante nosotros es, hasta cierto punto, ficticio. Hay mucho de sueño, hay mucho de simbolismo que se desgrana sin que sea obvio en la película de Haneke, o a veces lo es demasiado -como esa paloma que entra reiteradamente y persigue Trintignant con parsimonia.

Es un alivio despertar y saber que en este mundo de mierda hay todavía un Michael Haneke con mucho que decir. Que su retrato no sea amable, una vez más, que no aporte soluciones a la infame hipocresía social que te obliga, en el mejor de los casos, a reducir tu universo al acopio de felicidad doméstica, siempre en el fino hilo del funambulista, eso no es algo que se le pueda reprochar. Mientras, quedan los pensamientos. Queda la música que se extingue hasta en el mejor aparato de alta fidelidad.

~ por Antonio en noviembre 21, 2012.

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