Man of the Year

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El hombre del año es el símbolo de la credibilidad. Yo ya hace tiempo que dejé de hacer apuestas. Me he cansado de ir dando tumbos por las tinieblas del espectador, dudando entre tomar la senda de la acción o la cómoda postura del voyeur, copa en mano, humo que se desvanece. Así, he celebrado la salida y entrada del año viendo dos películas opuestas pero que, en el fondo, tienen mucho que ver: Rumble Fish (1983) de Coppola -será la décima o novena vez- y La bella gente (2009) de Ivano de Matteo. Las dos películas lidian con el fantasma de la dicotomía que justifica, en realidad, el hecho de que el ser humano merezca más o menos la pena: hipocresía frente a autenticidad. La película italiana expone con crudeza y sin paliativos la asquerosa máscara de la gente que se dice de bien, la ridícula mordaza de quienes calman  su conciencia donando un dinero a las organizaciones benéficas o adoptando niños para apaciguar su atribulada existencia. La de Coppola retrata a un héroe sin rumbo perdido pero real, entre el valor de haber sido y la hijoputez de una vida en blanco y negro.

Y ahí está el hombre del año, un tipo al que no verás salir el primero del naufragio. Lo que le pasa al hombre del año es que parte con ventaja. Nunca ha sido un best-seller -si acaso cuando con ‘Heart of Gold’ se convirtió por un momento en el héroe mainstream del Billboard-, y eso le permite no estar bajo la lupa, arriesgar sin exponerse y mantener el tipo pese a esporádicas veleidades. Ves su cara y te vuelve la fe de inmediato. Ves cómo se ilusiona con un aparatito y cómo reivindica la necesidad de recuperar la crudeza del sonido analógico, lo ves entusiasmarse con la posibilidad de volver a la pureza íntegra de la música hecha desde las entrañas y sin necedades, y la grandeza de ánimo torna, ves que hay uno que lo tiene claro. Cuando uno mira qué es lo que hacen los nombres totémicos del rock and roll que siguen vivos y en activo, se topa con la irrefutable realidad de que la congruencia, la pureza, la genuina vida del compromiso sólo está presente cien por cien en el hombre del año, pero no lo verás en la portada de ninguna revista -bueno, en alguna publicación musical, ¿qué menos?

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Lleva esta última década haciendo lo que le apetece pero pisando el motor, haciendo discos esquizoides como Fork in the Road (2009), experimentos extraños pero calientes como Le Noise (2010), descansando en el remanso cálido de la cosecha, como en Prairie Wind (2005), mirando hacia atrás sin ira, como en Chrome Dreams II (2007), peleando contra la estulticia de los gobernantes, como en Living With War (2006). Pero pones a Neil Percival Young al lado del Caballo Loco y arde Troya. En realidad, esa píldora psicodélica y ese paseo por la república invisible más sinvergüenza rezuman más verdad y autenticidad que cualquier otra cosa de este año que se ha lanzado por la borda. Y no creo que esto sea un asunto opinable. Pedí realidad y me dieron una ración de psicodelia. Con dos cojones.

~ por Antonio en enero 8, 2013.

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