Universo paralelo


fringe-raro

El emotivo final de Fringe (spoiler ligerito, oiga, sólo en este primer párrafo), que recuperaba con ingenio distintas constantes de las aventuras de Walter Bishop & co., además del impresivo poder simbólico del tulipán blanco, motivo del mejor capítulo de toda la serie, “White Tulip” (S02x18), me sumió en una cierta clase de nostalgia. Tres años acompañado de estos personajes, mágico ritual de noche de Fringe, habiendo viajado desde el empacho de las dos primeras temporadas y media, que devoré en un par de meses, a la pausada tribulación de varias líneas temporales y una vomitera de incoherencias y paradojas deliciosas. Como alguien ha dicho, el final no tiene sentido, puesto que la existencia de Peter Bishop en la línea de referencia sólo se explica en virtud de la acción del propio Walter, que ya no estaría. Pero eso a mí me da igual, dudo mucho que no hayan caído en la cuenta. La licencia se permite porque hay un tulipán blanco más elocuente que toda la física del mundo. La poesía impera, a la larga, sobre la ruptura de coordenadas y el ciclón mitológico de los Observers. Pues el aparente “hiper-cientificismo” de Fringe es lírico donde quiere, en la cuerda que pulsa, la de los conflictos humanos que subliman la capacidad de sus actores.

Pero la nostalgia del final de Fringe lo es, en gran medida, porque con su extinción alcanzas la certeza de que ese tipo de placer se ha acabado para ti. La gran eclosión de las series de televisión ha modificado el orden de cosas. Ahora te llega un amigo y te dice “¿No has visto The Shield?”, y si quieres hacer caso a su recomendación debes reservar tiempo para ver una película de 3960 minutos o, lo que es lo mismo, de 66 días de duración si la ves de corrido. A estas alturas de la vida, eso es mucho tiempo, quedando menos y menos, con mucho pendiente por hacer. No es como si te dicen, “Oye, ¿no has visto Magnolia?”, y en tres horitas de tarde de domingo está despachada la cuenta pendiente.

kinogallery-fringe-58Cosa distinta son las series con las que, como Fringe, vas al día. Llega el capítulo, lo ves y a esperar el siguiente. Cuando estás metido de lleno en una trama así, la relación que estableces con los personajes es casi afectiva, aunque el actor sea tan inexpresivo como el Joshua Jackson que aquí ha dado vida a Peter Bishop. Dedicas tiempo a leer reseñas, a mirar en foros, a elucubrar teorías, a tertulias -en cierta forma, es como si pertenecieras a una logia iniciática cuando eres fan de una serie. Pero cuando acaba, bye, bye. Quiero decir, ¿tiene sentido comprar un costoso cofre de Fringe en Blue-Ray? ¿En qué momento vas a volver a ver las cinco temporadas de locuras de Walter Bishop? Es probable que en algún momento del futuro, en un universo alternativo, me anime a recuperar algún capítulo, por reencontrarme con viejos amigos, pero con su consunción ha pasado una etapa de mi vida.

Sólo hay tres series que veo probable recuperar alguna vez en su integridad, Los Soprano, Breaking Bad y Roma, acaso Yo Claudio -esa ya la vi tres veces. Esas series sí piden cofre en Blue-Ray, pero es que son las únicas que yo he visto -sin ver tantas- que merecen el eterno retorno. La cuarta de Dexter también. En realidad no sé si las volvería a ver pero tener el cofre en casa me daría más seguridad, estaría más tranquilo, más enfocado. Porque -no sé si te has dado cuenta- de lo que estoy hablando en realidad es de cómo la vida pasa de rápido, igual que una larga serie de cinco temporadas que crees que te durará ni se sabe y de pronto se termina, sin que siquiera haya llegado a tu buzón de correo el holograma de un blanco tulipán.

~ por Antonio en febrero 4, 2013.

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