El genio de Lapido

J.I.-Lapido1La opción escogida por José Ignacio Lapido para hacer humo de creencias en la portentosa lírica que inunda sus canciones es el politeísmo. Unos breves ejemplos demostrarán por qué, pese a las abundantes alusiones a Dios como ente en su obra, también con 091-‘Sigue estando Dios de nuestro lado’ me viene así de pronto a la memoria-, las más impactantes escenas con la divinidad tienen forma de dioses singulares de un panteón indefinido. El primer ejemplo sale de su último disco, Formas de matar el tiempo, contundente, breve y sólido, para mi gusto el mejor que ha hecho desde En otro tiempo, en otro lugar (2005) –probablemente éste el mejor disco de rock and roll facturado jamás en lengua española-: el estribillo de la primera canción dice

Vamos a esperar a que las nubes se abran 
Y que dejen pasar 
Esa intensa luz majestuosa y rara 
Como si un dios 
Nos mirara a la cara

Y respeto la disposición de los versos, tal y como hace Lapido en su página web, que por algo habrá de ser. Pues podría haber dicho “como si Dios / nos mirara a la cara”, cabría igual en el ritmo de la canción. Y no es de recibo pensar que un hombre tan cuidadoso con las palabras las ponga así al libre albedrío. A mí me recuerda la aparición de Venus en la Eneida, cuando en el libro primero ayuda a Eneas a llegar a escondidas de una nube misteriosa hasta la corte de la reina Dido. Eso me inspira, eso me recuerda esa intensa luz majestuosa y rara. Porque Lapido sabe que esa luz no puede emanar del Dios de las religiones monoteístas, ya que esa luz no es mística sino impuesta y dolorosa.

Así la luz está bien presente en otra hermosa oda a una divinidad, ‘El Dios de la luz eléctrica’, incluida en su menospreciado primer disco en solitario, Ladridos del perro mágico (1999):

De cobre son los hilos que transmiten confusión 
y bien ha de saber tu Dios que de cera son los cirios
Se ha parado el ascensor, ¿es así el paraíso
o es el capitalismo que nos nubla la visión?

Ando buscando al Dios de la luz eléctrica 
si tú lo vieras, ¿le podrías hablar de mí? 

Llevo catorce años escuchando esta canción y he tenido que leer ahora la letra para enterarme de lo que dice el verso “de cobre son los hilos…”. Siempre había entendido “Qué pobres son los siglos…”, lo cual enfatiza el hecho de que captar otra cosa de lo que se dice en realidad es un asunto de percepción que se puede llevar al infinito para mejor o peor fortuna de lo que se oye. He aquí un enfrentamiento frontal entre “tu Dios” y el Dios que busca el narrador que interpreta en su voz Lapido, Dios puesto en mayúscula pero que, dado el sintagma que lo acompaña, difícilmente puede vivir en otro sitio más que en un panteón de necesidades varias.

Y finalmente, la ambigüedad, desconozco si voluntaria pero real y efectiva, de lo que se dice en la que es, para mí, la mejor canción escrita en lengua española, ‘La Antesala del Dolor’, del referido En otro tiempo, en otro lugar. Allí, en el estribillo, se dice

Dile adiós a la tristeza
hay un bar que nunca cierra 
es la Antesala del Dolor

Dile adiós a la tristeza
el techo está lleno de estrellas en la Antesala del Dolor

El genio de Lapido radica en la forma de cantar este estribillo, remonte sublime de un breve ‘Desolation Row’ donde conviven la Venus del Espejo -otra divinidad-, el hombre de las cavernas y el pensador de Rodin: no dice “dile adiós a la tristeza” sino “dile adiós… [pausa] a la tristeza”. Cuando se escucha por primera vez -y pasados los siglos- uno se tienta de preguntar “¿qué le digo a Dios?”. La ambigüedad subraya que no hay nada que decirle porque no hay Dios, ni virgen a la que le importe.

~ por Antonio en septiembre 24, 2013.

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