El conflicto de la dylanología

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Leo con atención el tan publicitado libro de David Kinney The Dylanologists (Adventures in the Land of Bob). No recordaba desde Chronicles Vol. 1 un texto dylaniano tan traído por prensa y afición. Lógicamente, el sujeto es el dylanólogo sajón y las principales hazañas son las que conciernen a usuales sospechosos que también el dylanismo patrio conoce a la perfección. Es curioso, en todo caso, saber más de la compulsiva manía coleccionista de Bill Pagel, quien para el común de los mortales pobladores del universo Dylan es ante todo el webmaster de Bob Links; es divertido seguir el curso del amor absoluto al repelús frustrado de Andrew Muir por más que sea conocido para cualquier suscriptor de, por ejemplo, ISIS; se agradece refrescar la memoria con las indagaciones en las ¿fuentes? del Dylan último de Scott Warmuth e, incluso, con la subnormal mierda soberana de Weberman, pese a conocidas -como las poco interesantes notas biográficas del propio Dylan que vienen-; es chisposo encontrar, si quiera de paso, a muchos de esos fans que pululan por las colas -siempre guiris, eso sí- y verte reconocido en algunas de las actitudes descritas. ¡Glup, ¿eso he dicho?!

Pues ese es el gran problema y la gran virtud de The Dylanologists, un libro, por otra parte, excelentemente escrito, con buen ritmo, un magnífico sentido del pathos y un estilo que hace muy digerible su lectura hasta para el lego. Y es que, dada la gran cobertura “mediática” dada al volumen, es de suponer que muchos ajenos a la ciencia dylanóloga lo leerán. No sería nada extraño que incluso se tradujera al español y a otras lenguas con el inmediato caudal de reacciones encendidas y arbitrarias que mimetizarán el fenómeno expandido en la prensa anglosajona. Derek Barker, editor de ISIS, explica cómo respiró calmado cuando el autor le comunicó su decisión de dejar fuera del proyecto los andares que había tenido con él. Como dylanólogo prudente, consciente de los límites de su propia locura, Barker es, sin duda, un personaje poco literario, no da chicha. Kinney prefiere quedarse con la insania de Charlie Cicirella en la cola de los shows neoyorquinos del 2011.

En esto, como en toda actividad que proporciona una alta dosis de insania y felicidad irracional al individuo, además de una complicidad y camaradería de raigambre vitalicia con otros -también repelús, todo hay que decirlo-, existe un importante peligro de explosión demagoga apenas se exponen las miserias y riquezas al ojo público. En el dylanologismo, dylaneo, dylanismo hay mucha bendita locura pero también hay peligros. El fanatismo descontrolado es un agresivo parásito de la sensatez pero desde mi punto de vista la mayoría de fans de Dylan que he conocido íntimamente han sabido controlar ese monstruo haciéndose personas mejores. Claro que también he conocido a muchos tronados, pero ese no es mi trago. Podría haber estado llorando ahora por no haberme podido hacer unos shows europeos este verano pero, tal la cosa, voy servido. Lo chungo es que los que lean a Kinney pensarán, sin duda, que todos somos así.

~ por Antonio en julio 18, 2014.

Una respuesta to “El conflicto de la dylanología”

  1. Que hay seres muy extravagantes por ahi, pare. Y ya está. ( En un año o dos nos marcamos un springsteen como está mandado y luego nos retiramos…)

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