El perro de Las Virtudes

PLAZA DE TOROS CUADRADA LAS VIRTUDESVisitamos en un receso del camino la plaza de toros de Las Virtudes (Ciudad Real), tal vez el coso más antiguo que se conserva -data de 1641 y antecede por tanto a los de Béjar o Ronda, considerados generalmente los más viejos-. Tiene además esta plaza la peculiaridad de tener una ermita aneja, como sacralizando el edificio a la manera que, salvadas las distancias, burló Pompeyo la legislación vigente en materia de teatros para construir el suyo en la zona del Campo de’ Fiori, con un templo de Venus adherido a él. Y a más peculiaridades, la plaza de Las Virtudes es de planta cuadrada, una delicia sensorial que merece la pena contemplar en recogimiento, perdida como está a un lado del camino, jalonada por abundantes zonas verdes y espacios de merendero. Por desgracia, la belleza del sitio no encuentra un paralelo en la hospitalidad de sus habitantes, mejor dicho, en su educación. Desconozco si esa vida a trasmano está en la raíz de su comportamiento, pero mis ganas de volver a Las Virtudes en pos de algún evento en paraje incomparable se han atenuado desde que me sucedió el hecho que procedo a relatar.

Pues resulta que, después de que me hubieran metido una buena clavada en un chiringuito ínfimo situado a la entrada del coso por tres refrescos calentuchos, merendamos en unas mesas cercanas y entramos a visitar la plaza. Mientras yo me colocaba en el burladero, observando e imaginando la perspectiva histórica y estética del lugar, he aquí que escucho a mi hija pegar un grito de horror. Un perro joven y juguetón vino corriendo, sin malas ideas, parece, y le pegó a la muchacha un susto que todavía le dura: apenas oye en la calle ladrar un perro se viene corriendo a que la coja. En todo caso, el problema no es el perro, al que no pegue una patada en los hocicos de puro milagro, el problema es que el señor que vino por él y lo ató no abrió el pico, no pidió la mínima disculpa porque el puto bicho de los cojones le tocara los palillos a una niña de dos años. No es que no dijera “lo siento”, es que no abrió la puta boca. El problema es que los tipos del chiringo no hicieron el más mínimo comentario, se limitaron a mirar con conmiseración y gesto de complacencia, como si fuera lo normal no empatizar con el visitante y dejar a los chuchos joder la marrana con toda naturalidad.

Ya he experimentado muchas veces la lamentable falta de educación y la vanidosa altivez de gentes de pueblos perdidos que se ufanan de su falta de urbanidad, incluso en mi oficio. Y como estoy hasta los huevos lo digo y profetizo solemnemente que esa será la maldición de los rincones prohibidos de la geografía de ese país altivo y sobrevalorado -por sí mismo- que se llama España.

~ por Antonio en agosto 14, 2014.

2 comentarios to “El perro de Las Virtudes”

  1. Policía municipal y denuncia por no llevar al animal atado y sujeto. pero directamente y en el acto. Y en cuanto al chiringo… visita nocturna con unos referescos de gasolina y tea a las 5 la mañana, en cuando me presente yo por allí.

  2. Amigo, tan detestable comportamiento se debe a que el lenguaje de los habitantes de muchas poblaciones rurales es tan básico y rústico que no necesita el uso de expresiones de disculpa. Sus habitantes, en muchas generaciones, no han pedido perdón a un familiar o vecino en su puta vida, y por supuesto no se lo iban a pedir a unos forasteros porque un chucho asustara a una inocente niña. Forma parte de las costumbres pueblerinas. Un abrazo kuratini

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