Lo que cuenta en voz baja la ciudad

MercadodelacalleFeriaLa historia es, cuando menos, curiosa. Resulta que un día de las última vacaciones de navidad me pego una escapada a Sevilla con unos compinches de cuidado. Todo el día al lío y al exceso. Esto, que para unos es pan comido, es tan excepcional ahora en mi vida que me retroalimento del acto con fruición por largo y placentero tiempo, añorando la próxima, claro es. Además pueden ocurrir cosas que le dan punto mágico a un asunto tan mundano como la curda del año. Es el caso. Pues nos pusimos de grana y oro comiendo y bebiendo en el mercado del Arenal, mientras yo me decía que podíamos estar viendo al bueno de Chencho haciendo Dylan no sé dónde a esa misma hora. Chencho es, para que lo sepas, uno de esos colegas que veo más poco que mucho, de década en década casi, pero con el mismo amor y la misma pasión porque cuando estás con él sabes que estás con uno de los tuyos. Hay pocos, muy pocos de esos. Un hermano.

Y resulta que es músico, toca a Dylan de puta madre, me acuerdo hace mil años, no sé, un bolo en Las Sirenas, en la Alameda, de tarde, no salía el cabrón de la terna Bringin’/Highway/Blonde, pero bien bonito. Además, tenía una banda que era la biblia en verso del underground sevillano, Sick Buzos. No sé las veces que vi a Sick Buzos cuando estaba en la facultad y en las postrimerías de mi vida sevillana, no sé, diez, doce, mi memoria de aquella época es difusa la verdad, tengo lagunas importantes. Sí sé que por mediación mía llegaron a tocar en el añorado Bule Bule Bar de Utrera, el único bar de mi pueblo en el que de verdad me sentía como en casa, y también me acuerdo que la melopea y jarana consiguientes fueron importante, pero nada más que lo que solía.

Sick Buzos era una epifanía en la escena rockera de Sevilla en los noventa. Era lo más parecido a vivir tu particular Exploding Plastic Inevitable de paseo etílico por los bujíos menos glamourosos del lío. Estar en un show de la banda de Chencho te hacía venirte arriba, cago en el copón, por un momento sentías que la ciudad podía subvertir el espíritu oficial del postureo gominoso de la primavera resplandeciente, pero casposa por definición. Era como en Fringe, era una realidad paralela estimulante, dura, con pegada. Era una banda evocadora y la proyección de los efluvios velvetianos no eran disimulados, hasta tocaban ‘There She Goes Again’. Ahora han vuelto por lo visto y cruzo los dedos para toparme con ellos, cuando sea, supongo que será cuestión de justicia poética. En la cabeza se amontonan los recuerdos y el desolado paisaje de la evocación. Allí estaremos.

0003828365_10La cosa es que ese día de francachela y mamoneo le decía yo a mi compadre Miguelito, a.k.a. Dr. Lapi, un pájaro de cuidado, “Pare, que a ver si vemos al Chencho luego por ahí”, y me decía que si íbamos al Estraza, en la calle Feria, seguro que nos lo encontrábamos, que muchas veces andaba por tal garito. Cuando llegamos al tal Estraza no te digo cómo íbamos, pero allí estaba el Chencho. Oiga qué alegría. Y ahí que estuvimos con él por tugurios alamederos y rincones perdidos, hablando de Dylan, de Lou y de Gaingsbourg, cantando ‘Tom Thumb’s Blues’ entre efluvios etílicos y tumbos mal disimulados. La pena que tengo es lo rápida que fue la noche y lo difuminado que está todo, la brevedad del momento, un día esperado por meses y evaporado en un instante fugaz, como una estrella que viene y se va. En algún momento de la noche nos perdimos y, ya sabes, nos veremos “somewhere along the road”.

Entonces, ya de vuelta a la rutina, compro el Ruta 66 de enero y en las reseñas discográficas, pum, Chencho Fernández, Dadá estuvo aquí. Hostia Pare. Pero si no me dijiste nada, o sí, cago en Zeus, que no me acuerdo, que has sacado un disco y lo ponen por las nubes, no me extraña, claro, si es tuyo. Soy capaz de haberlo comprado esa misma noche y habérmelo dejado por ahí, pero no me acuerdo, madre mía. Así que me pongo a investigar y me lo pillo por una página web ad hoc: hazme caso y píllate esta obra maestra ipso facto. Porque eso es lo que es, una obra maestra. Y absoluta, de las gordas, una revelación. No sé cómo llegó a mis manos en su día una copia de su primer disco -que acabe perdiendo; no, se rompió-, nunca publicado oficialmente, pero aunque tenía bastante interés, lo de Dadá estuvo aquí es otra historia, de mayúscula y recia musculatura. Y es curioso, en la madurez del músico nos trae este discazo, muy Cohen eso, que no hace falta ser un pipiolo para decir grandes palabras rockeras, que aquí está un tío que en su equilibrio vital nos ha traído un regalo inesperado -o esperado-, de un nivel al que muy pocos músicos en este país pueden aspirar, así lo pienso y así lo digo. Pero no te creas que lo digo porque es amigo mío, no, es que es la puta realidad.

CHENCHO FERNÁNDEZ - Dada estuvo aquí 3

Desde los primeros acordes de ‘La estación del Prado’ te sube por la médula espinal un escalofrío que ya no te abandona hasta que la galleta deja de dar vueltas. Pese a que los escenarios urbanos dibujados por Chencho como background de este periplo sentimental son sólo reconocibles para quien ha pasado sus años formativos en Sevilla, el lenguaje es tan intenso que se proyecta a cualquier escala y lugar. No te imagines excelsos giros poéticos, no, sino una sencillez verbal que va directa al grano y se nutre de referentes reconocidos pero sin caer en el cliché. La cima de este proceder es precisamente el tema que cierra el disco, ‘Una buena noche’, una especie de descenso a los infiernos que aprovecha por extenso los hallazgos que van jalonando cada una de las canciones que componen el disco. Esto es, todos los apuntes que se van desgranando en el recorrido, aquí se subliman: las propias visiones de una bohemia muy concreta pero, a la vez, general. Viejo canalla, cómo esta asumida aquí la enseñanza del divino Serge.

El sonido del disco no lo he escuchado en ningún otro cantado en lengua española. La banda de la que se ha servido Chencho no es cualquier cosa, es una filigrana en acción, un viaje evocador donde cabe una enorme variedad estilística y no hay línea que no se atreva a cruzar. Los tiempos poco acelerados, como el afortunado receso country de ‘Muchacha rural’ se combinan con la intensidad del reconocible retrato patético de ‘El rayo a punto de caer’ o los trallazos de dos temas complementarios, ‘Radio Fun Club’ y ‘Dadá estuvo aquí’, cara y cruz de una Sevilla subterránea que sigue existiendo y otra irremediablemente perdida. Porque en cierta manera de eso va esto, de una pérdida desprovista de nostalgia porque podemos seguir aferrándonos a realidades palpables. Pese a que el disco trasciende su eventual localismo, es inevitable plantearse la necesaria existencia de una Sevilla perdida al escuchar Dadá estuvo aquí: el daño que el postureo y la cultura oficialista han hecho a tan importante centro urbano es irreparable. Siempre tarde a todo, Córdoba, Granada y Málaga le dan veinte vueltas en diversidad y opciones por culpa de algún alcalde miserable derribasalas. En todo caso, la aventura de Chencho confirma lo que contaba en voz baja la ciudad: en alguna parte, había un genio perdido. Y como ese, pocos.

~ por Antonio en abril 5, 2015.

4 comentarios to “Lo que cuenta en voz baja la ciudad”

  1. Menudo homenaje. Sentido, bien escrito… Verdadero. Y encima llevas razón, porque el disco es una brutalidad.

  2. Pare, tu sabes lo que tengo yo que ahorrar con la ruina quer viene, pero me voy a dejar 10 euritos en Chencho del que tanta gloria sueltas

  3. Primero: ¿y tú no tienes ya en tu vida dos o tres responsabilidades mayores como para andar de francachelas con los compadres por los tugurios de Sevilla?

    Segundo: lo nuestro no tiene nombre. Nos encontramos por casualidad en un bar en Toledo hace algo más de 3 años (enero del 2012) y ahora me cuentas que estuviste “un día de las últimas navidades… en el mercado de El Arenal”. Seguramente ese día, mientras tú almorzabas allí con los colegas, yo también lo hacía en uno de los pisos que hay sobre ese mercado, pasando allí unos días que estuve para ver a mi familia.

    Creo que tengo darte la enhorabuena por segunda vez, según me ha dicho Mati, y tú me la tienes que dar a mí por primera.

    ¡Mira que andar ebrio cantando por La Alameda cuando tienes ya en tu vida dos o tres responsabilidades mayores.

    Te recuerdo, amigo. Un fuerte abrazo.

  4. ¿Quién ha dicho ebrio?? Pues te llamé un día, pájaro, para felicitarte. Te llamo en breve.

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