La resurrección de mi tesis doctoral

220px-SatyriconPithou1587Mi querido Félix Chacón escribió hace algún tiempo, con su habitual agudeza de ideas, un resumen de las razones por las que nunca llegó a concluir sus estudios de doctorado. Es un texto muy divertido que, entre otras cosas, pone en la picota el desmedido ego de muchos de los insulsos mentecatos que tan populosamente colman las aulas universitarias de este país de María Castaña: habla por ejemplo de una tal Marina Mayoral que, durante los cursos de doctorado, tenía los santos cojones de aplicar las categorías de análisis narratológico nada más y nada menos que a sus propios relatos. Habla también de un trágico suceso, de un suicidio, y no sé si esto está teñido de literatura, pero lo que sí sé es que como metáfora del fin de una ilusión viene que ni pintado. Félix decidió no tirar por ahí, fundamentalmente, cuenta, porque tenía muchas cosas más interesantes que hacer en lugar de una tesis doctoral.

La cosa es que yo leí por fin el pasado 19 de noviembre mi tesis doctoral sobre el simbolismo en Petronio. Joder, ya han pasado diez días, y mi cabeza no ha terminado de asimilar el hecho y sus consecuencias en mi vida. Lo cierto es que yo no me privé de hacer lo que me apetecía durante muchos años, en lugar de tomarme en serio mi tenue aspiración de culminación de progreso académico. Mira qué cifras: empecé los cursos de doctorado en 1999, los hice en dos años, luego hice un trabajo de investigación que defendí en 2003 -sobre el humor en Petronio- y, en ese momento, empecé a mamonear y a dejar las cosas a medio hacer. Debí de tardar unos tres años en decidir sobre qué iba a trabajar y otros tres en ponerme a hacerlo medianamente en serio, y ya nos ponemos en el 2009. Siempre con cierta calma porque en la UNED había libertad de plazo: tan sólo en el horizonte la fatídica fecha de febrero del 2016, momento en el que se extinguiría el plan de estudios y nada de lo hecho valdría para nada. En todo ese tiempo pues me dio lugar a hacer todas las cosas que me apeteció, hacer música con amigos, ir a conciertos, chisparme, leer, escribir este blog, cosas sobre Dylan, viajar, crecer, amar, hasta componer algún pequeño trabajo sobre Petronio, poco a poco, lentamente.

Curiosamente el grueso de mi tesis se fraguó en el momento en el que otro cualquiera hubiera tirado ya todo por la borda, cuando en el 2012 llegó el crucial momento vital de la paternidad, otra vez luego el año pasado. Y no puedo dejar de pensar que, en el fondo, eso es lo que más me ha empujado a terminar mi trabajo: era como si ese viaje a lo esencial que es la paternidad, de vuelta a lo básico que es lo más complejo, me hubiera metido un petardo en el espíritu, como si la obligada renuncia a los placeres culturales cotidianos degustados con intensidad, no con dosificador, tuviera que tener un reverso tenebroso en la consecución de mi objetivo, robando horas al sueño y buscando cada recoveco del tiempo y el espacio para sacar jugo del texto del Satyricon.

Pero la cosa es que lo he conseguido, he logrado terminar y quitarme esa autoimposición que pesaba sobre mi cabeza, esa extraña necesidad de culminar un sorprendente viaje a los límites de mi propia capacidad. Necesitaba saber que podía hacerlo, sin más aspiración que la propia conciencia de querer saber y de querer ser el dueño mismo de mi avance individual. No hay más intención, no buscaba ningún rédito ni de tipo académico ni de tipo laboral. Está claro para mí. He tenido la suerte de encontrar un tema que me apasionaba, un autor y una obra fascinante sobre quien se ha escrito mucho, pero eso no me importaba. De hecho eso lo dije en mi defensa, o Petronio o nada, o Satyricon o nada, o ensueño fragmentario o nada, o un viaje a territorios insólitos o nada. Pero ahora es momento de empezar otra vez.

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Porque cuando uno termina una empresa así, después de tantos años de dar vueltas a lo mismo, sacrificando tantas otras cosas, lo que se queda es vacío como la nada misma. Es como caer a un barranco. Claro que a ese mismo trabajo se le puede exprimir, puedes sacar artículos, editar un libro interesante, volver sobre cuentas pendientes, pero cuando se concluye pues es hora de empezar desde cero. Y hay mil cosas que se me ocurren ahora mismo, y algunas habrá que ponerlas en práctica como y según se pueda, y tener dos hijas no es ningún problema en relación con ello porque una de las cosas que más me apetece es estar con ellas todo el rato: escuchar shows de Dylan sin sentirme culpable de estar robando tiempo a Petronio, volver a tocar, montar algún concierto, volver a ver las películas de Orson Welles y de Billy Wilder en vez de completar la cartelera a ratos robados, escribir en este blog, hacer algun programa de los Jinetes, preparar mejor mis clases de latín, leer todos los libros que tengo en espera, joder, hay un montón de ellos escrito por amigos, el de Borges de Peñalver, las Segundas personas de Félix, los relatos de Cisco, La vieja de Federico, Juana la Maliciosa de Bowman, copón, seguro que Rivera no tiene amigos tan interesantes, un montón de Dylan pendiente, ya me he puesto con el de Elijah Wald, pero tengo que ponerme con el de la isla de Wight y con el de Maymudes, y cómics, oh, qué gusto, volver a leer a Daniel Clowes, y a quien pille, y pienso escribir otro libro sobre Dylan, va a ir sobre Infidels, veréis, editar vídeos de los primeros meses y años de mis hijas, adornar el pasillo de mi casa, hacer con mi mujer lo que nos apetezca hacer a los dos, ver a los zombies, a Alicia, a Saul, sin remordimiento, escuchar todos los discos que me he comprado -he estado matando mi ansiedad comprando más discos que nunca, cuando ya nadie los compra, dice Ponce que si me hago de comer con una fogata-, claro, jugar al pilla pilla, llevar a mi Héctor a ver Star Wars, tomarme un chispacito con Valentín, ir a Londres con los chavales, hacerme unas basement tapes caseras, ver slasher y pelis gore, y otra vez todas las de la Universal, tomarme unas birras con Ralf en el Satriale’s de la Bellota, yo que sé, hacer otro corto, el del asesino del hacha de Talavera, no sé, ver a Tom Petty de una vez por todas, traducir los Carmina Priapea, leer a Salustio despacito, la Germania de Tácito, a Tibulo, muy despacito, leer de una vez por todas la Paideia.

Y ahora me doy cuenta de que ésta es mi vida. Ahora. Mi tesis estaba medio muerta pero de pronto se reavivó, fui capaz de terminarla, resucitó, Petronio me llevó de la mano hasta el punto final. Hasta que vi en mis manos el ejemplar físico que incluía los razonamientos de estos últimos cinco o seis años, que se dice pronto, todos los bocetos de mi realidad alternativa, la de mi ensueño poético petroniano. Y luego lo defendí y luego se acabó. Y aquí estoy. Vivo y coleando. Y ahora es momento de poner las cartas sobre la mesa. Vamos a ello.

~ por Antonio en noviembre 29, 2015.

2 comentarios to “La resurrección de mi tesis doctoral”

  1. No sabes cómo te admiro. Enhorabuena. Mi tesis cayó también por otra ventana, a cientos de kilómetros de la de F. Chacón, o incluso mil. Respiré hondo y profundo.

  2. Me has hecho llorar cabrón

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