Llueven balas por ahora

FullSizeRenderVivir en Andalucía en los noventa tu efervescente adolescencia rockera y no ser de los 091 era casi anatema. Pues eso me pasaba a mí. Ciertamente, cuando estás en los primeros veinte la imbecilidad y los prejuicios categóricos te exudan alegres por los poros, y mi caso no fue la excepción. A mí simplemente los 091 me caían gordos. La culpa era, creo, del videoclip de una canción llamada ‘La vida qué mala es’, que es lo más cerca que estuvieron de lograr en su día un hit de alcance comercial. Me daba coraje el puto vídeo. La canción me sonaba a pastiche. Suficiente para que me negara en redondo a descubrir las bondades que diversos amigos y conocidos, algunos auténticos proselitistas por no decir talibanes, que no pocos había, me pretendían mostrar. Hube de soportar luengos discursos apologéticos sobre la categoría lírica de sus textos, sin parangón al parecer en el rock español, e incluso estuve el 96 en un concierto que dieron en Utrera, en el Castillo, en su gira de despedida. Y ni por esas, me quedaba en la indiferencia, no entraba en el asunto, no me interesaba lo más mínimo.

Sin embargo, un día de 1999 llegó a mi casa un viejo amigo, mi compadre el Guindi, con una cinta grabada con el primer disco de Lapido en solitario, Ladridos del perro mágico. El revolcón fue importante. La primera canción, ‘Hablando en sueños’, ya me atrapó, inmediatamente. Aquello no tenía nada que ver con la preconcepción pesada que yo tenía de 091, era un modo de actuar lírico y estructural completamente diferente de lo que yo conocía, o eso me parecía a mí. Sin duda tenía mucho que ver el hecho de que la voz de Lapido, con sus supuestas limitaciones, tenía un alcance de elocuente sensibilidad que apelaba a mi psique de una forma bastante más contundente que la de José Antonio García, el frontman y vocalista de 091. De la tarde a la noche me volví un converso enfervorizado y pasé a ser yo mismo un talibán de la música de José Ignacio Lapido, sin faltar a sus giras ni saltarme una publicación, curradas todas hasta la saciedad. Su disco del año 2005, En otro tiempo, en otro lugar, me sigue pareciendo una de las cimas absolutas del rock hecho en castellano -y no sólo, pardiez.

La consecuencia colateral de esto te la puedes imaginar: revisión del fenómeno 091. ¿Qué me había perdido? ¿Qué había hecho mi admirado Lapido durante esos años en los que lo ignoré teniéndolo ante mis putas narices? ¡Pues vaya lo que hizo! Claro que lo descubrí tarde y a contrapelo, en el tiempo en el que, soterrada su leyenda más allá de la realidad, 091 se fueron convirtiendo en una especie de fantasma elocuente de nostalgia colectiva. Lo bueno es que como yo era ajeno por completo a esa morriña por un pasado explosivo, pude disfrutar de lo que aportaban sus discos con cabeza centrada, emociones contenidas y gusto voraz. No se trataba de regurgitar un pasado indefinido, sino de construir un futuro perfecto, el de mi equilibrio como oyente y consumidor de buen rock and roll, sin zarandajas.

FullSizeRender (2)

Por tal razón he disfrutado horrores el evento de esta maniobra de resurrección que veinte años después les ha devuelto pletóricos a los escenarios. Tuve la enorme fortuna de asistir al primero de los tres conciertos madrileños en la sala Joy Eslava, genuino debut de esta nueva etapa, pues el bolo logroñés que sirvió de punto de partida en un intempestivo enero hay que considerarlo más bien, dada la coyuntura, un preámbulo de engrase a trasmano. Y espero volver a disfrutarlos antes de que acabe el año, aunque es fácil sospechar que, dado el recibimiento y el jolgorio que ha rodeado su vuelta,  esta maniobra no se acabará, por más que digan, con las campanadas del 2017. No es descabellado pensar -y desearla- en la pervicencia simultánea de los distintos proyectos de sus componentes, fundamentalmente de Lapido, claro, cuya carrera en solitario ya forma parte de las mayores hazañas del rock español. Y no me cabe la menor duda de que, pese a la presunta democracia interna proclamada en diversas entrevistas, gran parte de la actitud y la puesta en escena, la sobriedad, el rigor, han de provenir del inmejorable criterio de Lapido. ¿Para qué llevarle la contraria si la sabiduría del hombre es garantía de saber ser y estar? Lapido debe de haber estado en muchos bolos de Dylan, seguro. Ha minimizado la jodida comunicación verbal con el público más allá de la mera cortesía formal de dar las gracias en la voz de José Antonio, quien además suele introducir las canciones recitando su primera estrofa. De esa forma se pone de realce su categoría lírica, esa con la que los talibanes, con más razón que un santo, me daban la matraca.

El repertorio va a lo seguro, hay pocos experimentos. El más curioso en el caso del concierto del día 10 de marzo fue ‘Nubes con forma de pistola’. Por lo visto, la canción no la habían interpretado nunca. La versión incluida en Todó lo que vendrá después es un prodigio de sensibilidad, un poema hecho canción con una metáfora absolutamente impensable en el rock actual: “sólo veo nubes con forma de pistola / no es raro, no es raro que sólo lluevan balas por ahora”. Su fundamento es una vestidura acústica y sutil que en su primera versión en directo fue arropada por una sección rítmica que, aparentemente, no acababa de cuajar. Fue probablemente el momento en el que se vio a Lapido más preocupado por el desarrollo actual de una de sus mayores obras maestras. Pero hay que poner riesgo, no va a ser todo miel sobre hojuelas. Ciertamente, se echó de menos en Tacho González, el batería de la banda, un poco de más delicadeza al momento de matizar la progresiva cadencia poética de las palabras, pero no pasa nada. Hay que intentarlo. En verdad parece más sencillo darle la vuelta a una canción en el sentido contrario, de la caña a la lectura acústica e intimista, como en la abrumadora ‘La canción del espantapájaros’ que mantiene los modos del Último concierto.

La elección del set list es, así, impecable, colocado cada tema en el lugar preciso, como si fueran balas de esa nube agorera. Sirva como ejemplo el último tirón. Cierran con ‘Qué fue del siglo XX’ con una energía pasmosa, con un sentido de la pertinencia inequívoco -y unos juegos vocales endiablados en los coros finales. El primer bis echa un vistazo a dos gloriosas joyas, ‘Esta noche’ y ‘La calle del viento’, además de a ‘La canción del espantapájaros’ en carne acústica, Lapido y José Antonio solos ante el apocalipsis. Pero es la traca final la que tiende los cables con alta tensión: será mi opinión pero la cumbre de la obra musical de 091 se llama ‘Cómo acaban los sueños’, y acaso sea esta la canción que pone en conexión directa aquélla con la de Lapido en solitario, con una cadencia épica que está ausente mayormente de los trallazos rockeros de los Cero y sí muy presente en todos los discos de aquél. Sin duda Lapido lo sabe, es consciente y trata la canción con un mimo simpar, olvidándose, acaso queriendo, de hacer siquiera los coros. Tras este apoteosis la despedida con ‘La vida qué mala es’ es coyuntural pero, en lo que a mí concierne, me reconcilia con la canción.

Otro cantar es el público. La gente que va a los conciertos hoy día está rozando la estupidez más supina. No sé. Que no beban si no saben beber. Nunca perdonaré la insolencia del gallito que gritó en mi oreja izquierda “Pitos, tío bueno”, durante la sentida y concentrada lección del espantapájaros. Tampoco perdonaré a la subnormal pareja que se hacía “selfies” de mierda para colgarlos en facebook, para contar lo mismo que cuentan mientras se desayunan su puta tostada de mierda. Y está bien que la gente coree las canciones, pero que no lo haga en mi puta oreja. Espero que, tarde o temprano, surja alguien con los móviles como el John Cale que dijo que en cuanto viera encenderse un puto cigarro en la sala se piraba. Lo siento pero ese tipo de público que paga 30 pavos para entrar y no sabe disfrutar de lo que está viendo, dando por culo de paso al que sí quiere hacerlo, no ha sabido envejecer. Siguen siendo los gallitos de la clase, los que no dejan aprender a los que quieren. No hay torre de la vela donde esconderse de esta mugre.

~ por Antonio en marzo 28, 2016.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
El blog de la novela 'Juana La Maliciosa'

'Juana La Maliciosa'. David Bowman. Ediciones del Serbal (Barcelona, 2014) ISBN: 978-84-7628-746-0

Crónica de la España negra

Blog de crímenes y sucesos de la España más oscura

WordPress.com

WordPress.com is the best place for your personal blog or business site.

A %d blogueros les gusta esto: